Vamos a la playa

La caseta de Nereida y el charco de antaño

En el núcleo costero de La Barranquera los vecinos 'sacan el sol' y disfrutan del agua cristalina

21.08.2016 | 03:41
La caseta de Nereida y el charco de antaño
La caseta de Nereida y el charco de antaño

Lejos del caos de las ciudades y tan cerca del mar que el olor a salitre lo inunda todo. Entre casas castigadas por el paso del tiempo, barcas de pescadores que acaban de volver de faenar, y kioscos donde los vecinos juegan a la baraja contando las partidas con piedras. Ese es el sitio de La Barranquera, un núcleo costero de Valle Guerra donde el tiempo se detiene. En sus tres o cuatros calles, todo el mundo se conoce -aunque Nereida y su caseta sean los locales más populares-, nadie falta a su cita diaria con el mar y algunos hace cola para que los mayores "les saquen el sol" y acaben con su malestar. Allí, el agua cristalina es sanadora, la comida fresca y saludable, y las tardes bajo el sol interminables.

"Una más para mí", se escucha decir desde el interior de una caseta de madera. Fuera, la losa enjuagada gotea sobre unos barreños, la mesa, con piedras puestas sobre el mantel para evitar que se vuele, están aun sin poner, y las cortinas de la entrada cerradas. Dentro, Nereida Hernández, Carmen Hernández y Victoria Díaz, echan la mañana con unas partidas a La Ronda. "Jugamos todas la mañanas, pero con piedras no con dinero, si no ésta que está aquí ya estaría rica", explica con humor Hernández señalando a su hermana.

La dueña de esta pequeña casa es Nereida y no hay nadie de La Barranquera que no la conozca a ella y a su caseta. "Aquí soy la persona más feliz del mundo. Cuando a la gente le hace falta algo pasa por mi casa pero también recibo regalos a diario", asegura mientras se levanta de la mesa y destapa uno de los cubos que tiene en la cocina. "Me acaban de traer estos pescados. Aún dan saltos", añade. Hernández lleva 30 años veraneando en la caseta que preside la playita y los charcos de La Barranquera, aunque su construcción se remonta a unos años atrás. "Fue mi suegro el que la hizo en el año 58 para poner el barco y luego la cogió mi marido que en paz descanse", relata haciendo un parón en el juego.

Normalmente Nereida, de 72 años, está sola en su particular vivienda. "Me levanto sobre las 10 de la mañana y después de que las chicas vengan para la baraja nos damos un baño", señala para añadir que "luego las echo para yo hacer la comida y descansar". "Todo le sale bueno: las garbanzas, el conejo, el pescado...", apunta una de sus amigas. Los fines de semana es otra historia. "Esto se llena de gente. Me vienen los nietos y preparo la mesa grande", asegura mientras muestra algunos bártulos de la casa. "Tengo televisión y nevera, lo único que me falta es el baño, pero con las duchas de fuera y un cubo me apaño", comenta.

De repente, una vecina se acerca a la caseta. "Buenos días Nereida", saluda nada más entrar. Se trata de Olga Canivel, otra vecina del núcleo costero. "A Nereida todo el mundo la conoce como la de la caseta, la gente hace cola para que le 'saque el sol'. Yo no creía en esas cosas pero ya lo he comprobado por mí misma", destaca la residente. Hernández relata cómo se realiza esta práctica tradicional en la que se ayuda a aliviar los dolores de cabeza y el malestar que aparece después de estar muchas horas al sol. "Se utiliza un pañuelo blanco y una botella de agua transparente. Se ponen sobre la cabeza y se echa un rezado hasta que salen las burbujas", detalla. "Antes mismo hizo uno, mira la botella que tiene ahí", apunta su hermana.

Tras las cortinas de la casa de Nereida, los vecinos cargan sandías y botellas de agua al hombro, los bañistas cogen sitio en la zona conocida como las tablas y los pescadores terminan de entrar sus barcos. Andrés Hernández, nacido en La Barranquera, explica que aquí "se vive muy bien, como siempre". El vecino detalla todos los secretos que esconde esta rocosa costa norteña. "La zona de La Barranquera nosotros la llamamos la playita, es el mejor sitio para darse un chapuzón", asegura. A la izquierda, están Los Cubitos, una formación algo más pequeña que un charco y El Charco de Las Mujeres. "Esa parte ya pertenece al barrio de La Caleta", aclara Hernández.

Pero aún hay más. A la derecha, El Charco Azul, El Charco de Las Monjas y la piedra de El Roquillo. "Toda esa zona se conoce como Los Tarajales ya que está llena de ese árbol", comenta mientras señala una a una a las caprichosas formaciones de lava bañadas por el Atlántico. Ese lado esconde otros tesoros como la cueva guanche de El Calabaza y una playa de arena dorada, la playa del Apio, a la que solo se puede llegar andando.

Y es aquí todo se mantiene como antaño. "Recuerdo que antes la gente se venía a bañar con unos trajes que llegaban hasta las rodillas pero por lo demás, todo sigue igual", asegura Hernández. Este vecino resalta que, desde entonces, "se ha ensanchado la playita, se han puesto algunas escaleras de metal y se ha colocados las casetas y las duchas". "Durante el invierno vivimos unas 60 personas pero durante el verano la población se multiplica", añade antes de continuar el paso. "Me está llamando aquel señor", apunta a modo de despedida.

En el mar, mayores y pequeños disfrutan de unas de las aguas más limpias de la Isla. O eso es al menos lo que ellos defienden. Saliendo por las escaleras después de un buen remojón en los charquitos está Blas Cairós, de 80 años. "Esta agua sirve hasta para beber. Es increíble", destaca mientras se seca la cara con la toalla. El vecino asegura que hoy el día "está perfecto". "El mar está lleno y el agua limpia y cristalina", aclara. Cairós recuerda cuando era joven y salía nadando hasta alta mar para ver la antigua iglesia de Valle Guerra. "Mi abuelo tenía una choza de piedra aquí para guardar el barco y me llevaba hasta Taganana, La Punta o El Pris", rememora antes de sacar el peine y pasárselo por el cabello.

Cairós detalla que normalmente la gente de La Barranquera "viene por la tarde, traen la merienda y se las hace de noche". "Antes me estaba contando un amigo que estos días cogieron erizos. Ahora hay un aparato para abrirlos pero antes lo hacíamos con un cuchillo y metíamos la lengua", explica y coge asiento en una de las rocas. "Aquí todo el mundo se conoce. Aunque ya los pueblos se van mezclando y hay gente de toda la Isla", señala Cairós.

Unos metros más allá, su hija, Mónica Cairós, reconoce que como La Barranquera "no hay nada". "Lo saludable y natural que es este sitio no se puede comparar con otro", recalca. Para ella, el núcleo costero tiene hasta su propio olor. "Es un olor a musgo que no hay en otro lugar", puntualiza. Cairós revela que su familia tiene un apartamento en el pueblo y por eso se pasan el día en el agua. "Venimos por la mañana, regresamos a comer y luego, por la tarde, volvemos a darnos otro baño", detalla tumbada bajo el sol.

A lo lejos se ve un palo de madera. "Es una estaca que sirve de guía", explica Cairós. "La pusieron ahí para que cuando los pescadores entren tengan una referencia", añade otra vecina. Porque La Barranquera tampoco podría existir sin los pescadores. "Casi todos los días traen pescado fresco", apunta Cairós padre. "Ahora, o venden en el kiosco que está aquí, que lo abren en verano, o lo colocan en la cofradía de Punta del Hidalgo", sostiene.

Los residentes también destacan que, aunque La Barranquera hay que conocerla, "no es un sitio peligroso para los niños". El pescador Juan Hernández señala que "nosotros sabemos que si sales hacía fuera y te vas a la izquierda no hay que regresar por ese lado porque las corrientes son fuertes".

Unos y otros continúan hablando de los entresijos de la costa, de sus virtudes y también de sus defectos. "Pedimos que se preste más atención a esta zona. No tenemos bares ni supermercados y la gente de aquí, desgraciadamente, se acaba marchando", concluye Hernández.

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