Vamos a la playa

Pescado fresco junto a una piscina única

La zona de baño de El Pris reúne a veraneantes y vecinos por su buena comida y aguas tranquilas

08.08.2016 | 11:11
Pescado fresco junto a una piscina única
Pescado fresco junto a una piscina única

El olor a pescado fresco invade el ambiente, los pescadores del núcleo costero de El Pris, en Tacoronte, acaban de terminar de limpiar y vender las capturas del día. Aún es temprano, los jubilados, que ocupan todos los bancos del paseo, charlan sobre lo mal que está la agricultura en estos tiempos y los bares sirven el café de mediodía y alguna que otra cuarta de vino tempranera. Abajo, en la piscina natural, vecinos y veraneantes, disfrutan de un chapuzón en sus tranquilas aguas mientras el oleaje bate frente a las rocas volcánicas. La ola de calor ha dado un respiro a esta escarpada costa norteña, pero el recalmón es más que suficiente para decidirse a ponerse el bañador. Será hasta la hora del almuerzo, momento en que el charco se queda vacío porque turistas y locales salen a la caza de una buena comida.

Sentado en el muro del paseo está Ignacio Dorta quien, a sus 85 años, recuerda que la piscina natura de El Pris fue, durante mucho tiempo, el charco de Los Muchachos. "Antes todo esto era callao, había un charquito donde nos bañábamos y aprendíamos a nadar", explica el vecino. Dorta, que está acompañado de un grupo de diez hombres, sostiene que "cabíamos unas 14 o 15 personas". "Pero el que mejor sabe de toda esta zona es aquel pescador que está allá", asegura mientras lo señala. "Nació y se crió aquí", añade.

Se trata de Pedro Dorta, según explica el mismo, "hijo de la primera niña que se fue a vivir a El Pris". "Mi madre se vino desde Punta del Hidalgo, todo el mundo la conocía como Carmen La Grande", relata. El pescador afirma que toda esta zona de baño "ha cambiado muchísimo". "Antes no habían ni casas, la primera que se construyó se la llevo abajo el mar y hasta que no hicieron este muro, no levantaron las demás", rememora antes de probar la cerveza que tiene en la mano. "Está fresquita", reconoce. Fue entonces, cuando se construyó también la piscina natural que hoy se ha convertido en todo emblema en la localidad. "Recuerdo que yo tenía 14 o 15 años, después empezaron a instalarse los bares y la gente", apunta.

Dorta se conoce como la palma de su mano todas las rocas, charcos y picachos que hay en El Pris. Poco a poco, los empieza a enumerar. "Eso ahí, donde está la grúa (a la derecha de la piscina), se llama La Laja Grande, la de detrás, algo más pequeña, La Laja Chica", aclara el pescador. Justo en frente de donde está sentado el tacorontero hay una roca bastante grande que en la zona denominan El Garajao. "Según me contaba mi abuelo es porque ahí se posaban unos pájaros llamados así. Está escrito en libros y todo", puntualiza. Por su parte, a la izquierda, de piedra más negra, está La Urraca o "así es como lo han llamado siempre".

Pero hay más. El santacrucero Fidencio Pérez, que veranea en El Pris, anima a Dorta a que siga contando. "Dile lo de la vereda y el agua dulce", grita desde uno de los bancos. "Ah, sí", prosigue el pescador, "a esa roca algo más blanca que está en la piscina y que tiene una escalera le pusieron Cha´ Rosa y el charco de agua dulce viene porque de ahí salía agua potable. Con ella hacíamos café, comida y de todo", recuerda antes de ponerse en pie. "Aquella roca que hoy casi ni se ve, es la Baja Felipe, allí iban a coger viejas", destaca antes de continuar el paso. "Me tengo que marchar", añade a modo de despedida.

Aquí todos se conocen. "Adiós Antonio, ¿echando la mañana?" se oye desde un banco. ¿Cómo está tu mujer, Pedro?", pregunta otro de los vecinos. Aunque la mayoría de usuarios de la zona de baño son locales, también hay algún que otro turista. "Yo he visto hasta rusos y americanos, los visitantes aparecen aquí y uno no sabe ni cómo", asegura uno de los jubilados.

Las gotas de las olas llegan hasta las escaleras que llevan a la piscina. Una vez se va descendiendo, lo mejor es echarle el ojo al mejor sitio para colocar la toalla. Hay varias opciones, desde un muro de piedra en el que sentarse tranquilamente a contemplar el Atlántico, hasta una especie de solarium donde tumbarse a coger sol. Eso sí, los fines de semana, cuando la piscina se pone de bote en bote, no queda otra que ocupar hasta las escaleras.

En el muro del fondo, Antonia Lorenzo y sus amigas disfrutan del sol. "Los hombres están en los bares y nosotras poniéndonos morenas", sostiene entre risas una de las bañistas. Este es su punto de reunión. "Venimos todos los veranos, ya nos conocemos y aquí nos podemos pegar hasta las 11 de la noche alegando", asegura Lorenzo. Algunas son de Tacoronte, otras de La Matanza, de Santa Úrsula o de El Sauzal. "Llevamos viniendo más de 40 años", añade otra de las usuarias.

No les falta de nada. Pamelas y gafas de sol para protegerse del calor, escarpines para no resbalar en la piscina y algo de comida para picotear hasta el almuerzo. Y es que para Lorenzo, por ejemplo, el día empieza bien temprano. "Primero me voy a caminar un poco y a las 8 de la mañana me doy el primer baño", relata. Después, vuelve al apartamento, prepara el almuerzo y baja a la piscina para compartir un rato con sus amigas. "Después de comer descanso y sobre las 6 de la tarde vuelvo a bajar hasta bien entrada la noche", añade.

Lorenzo, que lleva veraneando en El Pris ocho años, lamenta que "cada vez haya menos ambiente". "Antes habían bailes y parrandas. Se jugaba al bingo, a las cartas... Los sábados no cabía ni un alfiler, ¿verdad Conchita?", pregunta a una señora que acaba de salir del agua. "Es verdad", contesta. "No habían coches y todo el mundo se quedaba aquí, ahora los jóvenes salen del pueblo", apunta.

Conchita, que lleva un coqueto bañador de leopardo, asegura que unas de las primeras casas que se construyó en El Pris la hizo su abuelo. "Recuerdo que veníamos caminando cargando sacos de piñas para guisar, y si se te acababa el fuego tenías que subir hasta la ventita que estaba en el risco", rememora la tacorontera. Conchita destaca que "cuando eran jóvenes" nadaban hasta El Garajao. "Muchas parejas iban hasta allí para besarse ya que estaba mal visto hacerlo en público. Aquí nacieron matrimonios que aún hoy en día siguen juntos", sostiene mientras se termina de secar con la toalla. Justo encima de la piscina, presidiendo uno de los riscos, se observa un retraso. "Es José Almenar", revela Conchita. "El fue el que tuvo la iniciativa de hacer la piscina y también la vereda que lleva hasta Mesas del Mar", añade. Abajo, en el fondo marino, se dejan entrever algunos peces. El agua es limpia y totalmente cristalina. "Yo suelo entrar con gafas y tubo y es una gozada", afirma una amiga de Conchita.

El Pris cuenta con un embarcadero, un polideportivo, un parque infantil, varios complejos de apartamentos y un puesto de socorro, primeros auxilios y salvamento marítimo. Por ello, es el lugar perfecto tanto para mayores como para niños. Así lo cree Alfonso García, un tacorontero que vive en La Laguna. "Hay mucha gente local porque la piscina está bien acondicionada", asegura.

García y su mujer han venido hasta El Pris para pasar el día. "Ya le hemos echado el ojo al pescado para el almuerzo, lo tenemos reservado, así que ahora toca un buen baño", explica. El tinerfeño reconoce que el mar "está algo movido". "Hay que tener un poco de cuidado", aclara antes de lanzarse escaleras abajo hacía el charco cristalino. "Esta es mi tierra y como esto no hay nada", destaca antes de remojarse. Una vez de vuelta en tierra, García agradece que "se haya frenado la construcción en la zona". "Hubiera crecido demasiado y se hubiera masificado", concluye.

Además, en El Pris, cuando la marea está lo suficientemente alta, el muro que separa la piscina del mar abierto apenas se aprecia y el agua del charco natural se confunde con la inmensidad del océano, una sensación única que hace de esta costa un sitio especial.

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