Icod de Los Vinos

La venta del vino y la nostalgia

Casa Inés lleva 45 años atendiendo al público en Llanito Perera. Su dueña de 85 años ha despachado a varias generaciones de icodenses

03.08.2016 | 01:57
La venta del vino y la nostalgia

Un escalón alto precede a la pequeña estancia de no más de una quincena de metros cuadrados. Hay un escaso mostrador principal con altura suficiente para que la clientela se apoye, como si de una barra de bar se tratara. Y es que aquí, en Casa Inés, en el barrio icodense de Llanito Perera, se despacha desde hace 45 años vino, blanco, rosado y tinto, de la zona del Miradero, hecho a la antigua usanza, en barricas de madera, sobre las madres.

El blanco tiene buen color, a paja de trigo húmedo; se cuela. El rosado es néctar de dioses, y el tinto recuerda la sangre del Drago. Sorprende en todos su calidad, ese acento que deja en el paladar un lenguaje de siglos, el tiempo transcurrido desde que los colonos portugueses se empeñaran en hacer de Ycoden la cuna del vino. En Casa Inés se despacha el de la cosecha familiar, acompañado de pan bizcochado, aceitunas, o algún aperitivo casero. Esta venta tiene sus parroquianos, sobre todo en las tardes, cuando se regresa del trabajo. De mañana, lo más frecuentes es algún abuelo jubilado.

La de Llanito Perera es una ventita de cariño, donde los clientes preguntan por Inés, la matriarca, que a sus 85 años conserva la memoria colectiva del lugar y el cariño a generaciones de icodenses que han ido por los "mandados" a ese pequeño mostrador que guarda tantos secretos. Un mostrador por el que va y viene Tomás, su yerno, él es el bodeguero y el que propone otra ronda a los conocidos, atento, servicial y orgulloso de sus buenos vinos.

¿Quién no fue alguna vez por una cajetilla de cigarros, media docena de huevos, golosinas o pan a Casa Inés?, seguramente todos y cada uno de los niños de Llanito Perera, de 45 años atrás, han ido a por jabón, del azul, que se podía comprar por porciones y que servía para todo; a por un estropajo, un chorizo perro o un pan. Niños que prendían sus ojos en el pequeño cristal del mostrador para ver las golosinas, para descubrir los chicles Bazooka, el chocolate La Candelaria, los caramelos de la "vaca" o las pastillas de goma.

Se contaban en "perras gordas chicas; pesetas y duros" las monedas que se necesitaban para hacer la compra. Monedas que se guardaban en una caja de madera cuando "la cuenta no quedaba pendiente", anotada en un trozo de papel vaso.

Hoy la venta de Casa Inés, la lleva su hija Mary, que responde cuando alguien llama por Inés, pues su vida ha estado tan ligada a esas estanterías en las que convive de todo, eso sí ordenado, que hasta algo de identidad se ha quedado por el camino de la vida. Las baldas mantienen por un lado los fideos, los paquetes de café, el dulce de guayaba de la marca Conchita; las latas de atún y sardinas; las de pimiento; los productos de aseo personal y limpieza, entre los que no falta el jabón en pastilla; los insecticidas, la sal y el harina.

Por el otro lado, una botella de parra convive con los refrescos, la cerveza y los jugos. Y atrás, en la historia, quedan el azúcar que se despachaba por kilos; la lata grande de pimentón, la del gofio, el garrafón de las aceitunas, el tonel de las sardinas saladas o la caja con la carne de cochino. También aquel plato con queso fresco y el medio paquete de mantequilla, protegido de las moscas.

Tras la barra de la venta y en mitad de la estantería, una puerta custodiada por un escobillón rojo señala el camino al improvisado comedor. En él destacan unas cajas en el suelo y varias mesas con manteles de hule listas para ser ocupadas. La pulcritud lo invade todo, la comida que ahí se sirve es de calidad, hecha en el momento y carece de carta. Siempre hay pescado salado con papas peladas, ensaladas y queso.

Y aquí no hace falta caja registradora, la ventera tiene en su memoria los precios, es capaz de hacer largas sumas sin error, de recordar que cliente le debe la "copita de parra", pero sobre todo, es una persona de trato cercano, que invita a las confidencias, que guarda ese cariño antiguo por sus vecinos, pues les ha visto crecer, enamorarse, casarse y en algunos casos hasta morir.

Es un oficio tan personal, que en su memoria atesora los nombres y apellidos de todo un barrio, los acontecimientos más relevantes de la historia local, las alegrías y desgracias que el vino saca en secretos de confesión, y hasta la nostalgia del tiempo que pasa y vuelve impersonales los lugares. En Casa Inés hay buen vino, buen pescado, un trato familiar y el tesoro de la historia viva de un barrio, Llanito Perera.

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