Proyectos de inserción

Buscarse las habichuelas en el campo

Cáritas desarrolla un programa de empleo para personas en exclusión social, a los que forma en agricultura y asesora para crear su propia empresa en el sector

11.07.2016 | 02:20
Buscarse las habichuelas en el campo
Buscarse las habichuelas en el campo

Ahora se le llama emprender pero hace unos años era tan solo buscarse las habichuelas. Se le llame como se le llame, ocho tinerfeños en situación de exclusión social están trabajando día a día para conseguirlo. Entre cebollas, papas y zanahorias, los isleños aprenden los entresijos de la agricultura ecológica, la rotación de los cultivos y la comercialización de los productos en un mercado que cada vez más busca la calidad y lo natural. Su objetivo: montar su propia empresa y encontrar un camino laboral. A ello les ayuda Cáritas Diocesana, que creó hace cuatros años este programa denominado Buscándome las habichuelas para potenciar la inserción laboral de las personas en situación de vulnerabilidad. Desde entonces, 18 de los 31 que han participado en el proyecto lo han conseguido.

La finca de la última edición del proyecto está en Santo Domingo, en el municipio de La Guancha. Allí, en apenas siete meses, los ocho alumnos han convertido un terreno abandonado en una parcela de 7.000 metros cuadrados fértil y repleta de cultivos. A la entrada, la vista se va hacia unas enormes cebollas apiladas al lado de un torre de cajas. "Hoy hemos estado limpiándolas", explica uno de los técnicos del programa, José Antonio Saiz. El experto detalla que cada aprendiz tiene su propia parcela. "La idea es hacerlo lo más cercano posible a la vida real de un agricultor. Cada uno es el encargado de su parcela, trabaja todos los cultivos y realiza su cuaderno de campo", aclara Saiz.

En el terreno levantado por Cáritas hay de todo. Desde cinco variedades de coles, pasando por pimientos, remolachas, tomates, sandías, melones o perejil y cilantro, y hasta los diez tipos de plantas aromáticas y medicinales. "Hace poco recogimos 3.000 kilos de papas plantadas en 900 metros cuadrados. Al estar en un clima costero con muy buena temperatura, tenemos la suerte de que se dan todo tipo de cultivos", señala el técnico mientras acompaña a la opinión de tenerife en una visita por la finca.

La jornada, de lunes a viernes, empieza sobre las ocho de la mañana. Saiz recoge a los alumnos en las respectivas casas de acogida de la entidad social y media hora después llegan a La Guancha. "Como buenos canarios, lo primero que hacemos es tomarnos un cafecito rápido y luego cada uno se dirige a su parcela", sostiene el especialista. Eso, cuando no hay trabajos comunes que realizar, como plantar plataneras y papayas o recolectar papas y batatas. "Los quehaceres cotidianos son deshierbar, podar y acolchar", destaca Saiz, quien añade que "los chicos también realizan formación en manipulación de alimentos, productos fisiosanitatios y prevención de riesgos". Los cultivos que recolectan se venden en mercadillos locales, herbolarios y restaurantes que comparten esta conciencia ecológica.

La mayoría llega al campo sin conocimientos en agricultura. Otro de los técnicos del proyecto, Emilio Brito, revela que en la selección, esto es lo menos importante. "Se valora su situación personal y, sobre todo, si les gustaría emprender en este sector y convertirlo en su medio de vida. El aprendizaje se va adquiriendo, lo esencial son las ganas", apunta el experto.

En esta cuarta edición del proyecto, los beneficiarios son personas en una situación de exclusión social máxima que viven en los centro de acogida que Cáritas tiene repartidos por toda la Isla. La coordinadora del departamento de Acción Social de la entidad, Úrsula Peñate, explica que con este perfil de beneficiarios han decidido ampliar el apoyo y el asesoramiento durante tres años más. "A través de la creación de una empresa de inserción podemos contratarlos, que cobren un sueldo y adquieran la capacidad de gestión necesaria durante esos años como para dar el paso a la emprendeduría", detalla Peñate.

Durante el proceso de aprendizaje, los alumnos adquieren conocimientos sobre los cultivos pero también evolucionan a nivel personal. Así lo reconoce Saiz, quien revela que "es increíble ver cómo los chicos mejoran psicológicamente". "Yo siempre digo que el campo es terapéutico pues mientras te duele la espalda, no tienes tiempo de pensar en los problemas que te dan vueltas por la cabeza", añade el técnico. En este sentido, la coordinadora del departamento de Acción Social apunta que en estos grupos, donde hay tinerfeños desde los 22 a los 55 años, "vienen con la autoestima tocada". "Aquí se les ayuda a tener retos, a ser útiles y vislumbrar un futuro mejor", sostiene Peñate.

Y no solo lo dice ella. Uno de los integrantes del grupo, el italiano Geri Gjakoya, se deshace en halagos hacia este proyecto. "El programa da un futuro de bienestar a aquella gente que está pasando un momento difícil. Además, la naturaleza es terapéutica: te da tranquilidad y paz", afirma el agricultor sin dejar de limpiar cebollas. Su historia se remonta a tres años atrás, cuando Gjakoya decidió hacerse vegano. "Para mí es una protesta personal por el medio ambiente y la masacre y el abuso que las multinacionales realizan sobre los animales", destaca el italiano. En su ciudad de origen, Turín, llevar ese estilo de vida era "muy complicado". "No tenemos terrenos donde cultivar y el clima no acompaña; es muy frío", detalla Gjakoya.

Fue así como el italiano decidió emigrar a la Isla. Aquí, y después de varios meses sin encontrar trabajo, no tuvo más salida que acudir a Cáritas,donde conoció el proyecto que cumpliría su sueño. "Esto es lo que yo quiero: tener mi cultivos y vivir de ellos. No es un trabajo que te hará rico pero sí te permitirá vivir", asegura Gjakoya. El italiano reconoce que, aunque pensaba que sabía mucho de agricultura, cuando empezó en Buscándome las habichuelas se dio cuenta de que aún le quedaba bastante que aprender, y apuesta porque "los terrenos abandonados de la Isla se empiecen a plantar". "Es paradójico que aquí haya muchas fincas sin cultivar y mucha gente sin trabajo", destaca el agricultor.

Y luego hay otros, como Toñi González, que ya lo han conseguido. Esta icodense, que participó en la tercera edición del programa, se presentó en el campo "sin tener ni idea". "Yo veía las papas en el plato pero no sabía nada más", reconoce la alumna. Sin embargo, González contaba con unos terrenos familiares y decidió que había que intentarlo. "Me quedé en paro y pensé que tenías posibilidades ya que tenía una finca, un buen clima y agua", recuerda la isleña. Después de su paso por el proyecto de Cáritas, González se lanzó a la aventura de hacerse emprendedora. Ahora vende sus habichuelas, calabacines, bubangos o puerros a través de las redes sociales. "Si yo lo he hecho, otros también podrán", concluye la icodense.

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