Quién es quién en el callejero

El amigo de las letras canarias

El maestro Ireneo González desarrolló una importante actividad pedagógica en la segunda mitad del siglo XIX

25.05.2016 | 17:08
Un rincón de la plaza Ireneo González.

Lucharon por el municipio, brillaron en sus campos o simplemente fueron vecinos humildes que por su generosidad merecieron el homenaje de Santa Cruz de Tenerife con una calle, plaza o parque con su nombre. Pero, ¿quién es quién en el callejero de la capital? la opinión de tenerife hace un recorrido por el mapa de Santa Cruz para ponerle cara a esos cientos de nombres y apellidos, muchos lamentablemente desconocidos. Hoy le toca el turno del lagunero Ireneo González y Hernández. El lingüista y maestro cuenta, en la actualidad, con una plaza en el centro de la ciudad.

La plaza Ireneo González hoy en día se abre en mitad de la ciudad para dar lugar a un espacio cada vez más activo y en el que confían cada vez más establecimientos para iniciar su negocio. Enclavado en una de las zonas más antiguas de la ciudad se revitaliza con cada día que pasa y, sin embargo, debe su nombre a una figura tinerfeña muy poco conocida.

Ireneo González y Hernández nació en La Laguna en el año 1842 y murió, en 1918, en Santa Cruz de Tenerife. Fue un maestro que desarrolló una gran actividad en el terreno pedagógico y escolar en la segunda mitad del siglo XIX y durante los primeros años del siglo XX, hasta su fallecimiento. Muchos coinciden en la actualidad en que se trata de una figura desconocida en la historia de la gramática española. Así, ha pasado desapercibido a lo largo de muchos años, a pesar de ser considerado uno de los mejores en su terrenos durante el siglo XIX. Pero su nombre no aparece en ningún de los grandes repertorios bibliográficos. En parte, esto se debe a las condiciones impuestas por la insularidad en la que vivió Ireneo González, que también provocó que su obra apenas haya trascendido fuera de las barreras locales.

El tinerfeño fue el autor de dos obras gramaticales muy destacables y que, además, fueron las únicas publicadas en Canarias en la época en la que vivió el lagunero. Estos trabajos tenían un claro afán didáctico y estaban destinados a los alumnos de segunda enseñanza. Sus títulos eran Nociones de gramática castellana conforme a los principios filosóficos (1882) y Compendio de gramática castellana (1895).

Así, el autor le puso especial atención a la cultura y a la educación, que fueron dos pilares en los que el tinerfeño creyó y que trató de fomentar. De este modo, la producción intelectual del tinerfeño no es demasiado amplia pero sus escritos tenían una variada temática y eran textos que, además, fueron publicados en periódicos de la época, en 1888, bajo el título de Cisma.

Siempre dentro de sus posibilidad, el trabajo de González giró alrededor de la idea de progreso en su tiempo. Participó activamente como socio del Gabinete Instructivo del que, además, fue presidente interino hasta su constitución. Esta institución fue fundada en octubre de 1876, donde ocupó el cargo de secretario, a instancias de los hermanos Domínguez Afonso.

En este organismo desarrolló una gran labor como profesor de varias materias humanísticas. En el año 1878 fue, además, catedrático del Establecimiento de Segunda Enseñanza de Santa Cruz de Tenerife. Allí puso en marcha su magisterio en varias disciplinas humanísticas como el latín, el castellano, la oratoria, la poesía y la religión. También desarrolló una importante labor religiosa. Y, así, fue también párroco de la Iglesia de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife en 1902.

A Ireneo González le tocó vivir en un momento de inestabilidad económica y social, política y de transición en Canarias, en la transición del siglo XIX al XX. En aquellos momentos, la enseñanza en el Archipiélago no gozaba de buenos resultados y las infraestructuras eran insuficientes, algo que afectaba en gran medida al sistema escolar. En esta época también destacó la escasez de maestros y todo ellos provocó un gran analfabetismo entre la población isleña.

A pesar de ser un gran desconocido en su propia tierra, muchos expertos del sector coinciden en que el tinerfeño Ireneo González y Hernández escribió una de las más bellas y detalladas descripciones del barranco de Badajoz, en el municipio de Güímar, y que fue publicada en la revista Ilustración de Canarias en 1883 con el título El Valle de Güímar.

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