Santa Cruz

La anciana del balcón

Olga, una chicharrera hija de militar a la que nunca le faltó de nada, lleva diez años, según los vecinos, encerrada sola en su casa

23.05.2016 | 12:22
La anciana del balcón

Iba prácticamente todo los días a la peluquería y sus tacones eran parte indispensable en su rutina. Era admirada por su amabilidad y por lo bien arreglada que estaba siempre. Su nombre es Olga Marcilla. Hoy es conocida por los vecinos y por los que pasan habitualmente por la Avenida Islas Canarias, en Santa Cruz de Tenerife, como la "anciana del balcón" que nunca sale a la calle y que a gritos, o golpeando con sus manos la pared, pide que le suban comida a través de una cuerda que ella misma facilita.

Prácticamente desde que se levanta hasta que se acuesta permanece asomada en su balcón viendo la vida pasar, con un pañuelo en la cabeza y con la mirada llena de nostalgia. Y así lleva unos diez años, encerrada en su hogar, según cuentan los vecinos, sin querer salir de allí por miedo a que le quiten lo que es de su propiedad, el edificio número 10 de dicha calle.

"La conozco desde hace más de 30 años y Olga era una mujer encantadora, una señora de familia con recursos que llamaba la atención por lo bien vestida que iba siempre. Nunca se casó porque dedicó su vida a cuidar a sus padres, ya fallecidos. De repente, todo cambió. Dejó de cuidarse, se encerró en su casa y no quería ver a nadie", cuenta Concepción Bethencourt, encargada de la hamburguesería Happy Burger, situada en uno de los locales del edificio de Olga.

Precisamente es Conchi, que así le gusta que la llamen, la que da de comer a Olga. "Me da mucha pena y cada vez que me pide algo, yo se lo doy. Pero tiene que ser a través de la cuerda que ella nos tira, porque no le gusta mucho que subamos a su casa. Le doy el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena y todos los caprichos que tiene. A mí esto no me lo paga nadie, ya me lo pagará algún día Dios", cuenta la encargada de la hamburguesería.

Olga la adora. "Conchi es la primera y la más especial para mí". Esta es de las pocas declaraciones que ofrece Olga cuando este periódico intenta hablar con ella. No quiere bajar de su casa y tampoco que nadie suba. Eso sí, cuando recoge el desayuno que Conchi le sube con la cuerda, una gran magdalena y un zumo, sonríe y manifiesta que "esto está delicioso, qué cosa más buena, qué maravilla".

La encargada de la hamburguesería y los vecinos de la zona aseguran que Olga padece desde hace tiempo el síndrome de Diógenes, por la gran cantidad de basura que acumula en su casa. "Subimos hace dos meses y sacamos 60 bolsas de residuos. Le compré ropa, la bañé y le corté el pelo", cuenta Conchi. Dice que se ha puesto en contacto con los Servicios Sociales para buscarle un centro a Olga o para que el Ayuntamiento de Santa Cruz le facilite la ayuda a domicilio, "aunque sabemos que es difícil que Olga deje entrar a alguien y marcharse no quiere, es imposible".

Los vecinos indican que Olga tiene un hermano que vive en Estados Unidos y que muy pocas veces viene a verla. "También tiene sobrinos pero estos pasan mucho de ella. Olga tiene miedo de que si se va, sus sobrinos le quiten la casa que durante tantos años ha cuidado", explica Conchi, aunque esta reconoce que "Olga ya no puede seguir viviendo así".

Olga se enfada cuando la llaman "doña". Dice que ella no es "vieja". No da explicaciones sobre su encierro, solo asegura que algún día bajará a la calle para atender a este periódico. Conchi señala que eso nunca ocurrirá, que solo lo dice para que la dejen tranquila. Los días pasan y Olga sigue asomada en su balcón, negándose a abandonar su casa y comiendo a través de una cuerda. Y la vida en la calle sigue su curso...

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