La ausencia de una red familiar ocasiona más riesgo de exclusión

28.03.2016 | 10:11
La ausencia de una red familiar ocasiona más riesgo de exclusión

"Ella se quiere venir conmigo porque sus hermanos también están aquí. Pero claro, yo, con una casa que no tiene ni luz ni agua, que tienes que ir a un centro por las mañanas a ducharte, que recibes cenas por las noches a través de Cruz Roja, que pasas días en los que no sabes si puedes comer... Yo, en esas condiciones, no puedo traer a mi hija". La narradora de esta historia es Belén. Es una madrileña de aspecto frágil y endeble que esconde un fondo curtido a base de supervivencia y superación.

Llegó a Tenerife hace dos años animada por su exmarido, que le prometió un trabajo y un lugar donde vivir. Al bajar del avión, comprobó cómo esas promesas caían en saco roto. Desde entonces, cada uno de los días de esta madre de tres hijos y okupa se tornan en una batalla por sobrevivir. La noche que Belén llegó a Tenerife la pasó en la calle. No conocía la Isla y cuando deambulaba por la Plaza del Charco, en Puerto de la Cruz, le dijeron que podía dormir en la estación de guaguas, "entonces, abrí una de las puertas y me metí en uno de los huecos, donde estuve entre dos y tres meses", cuenta sin apenas moverse. Su quietud solamente es turbada por su mano derecha, con la que gesticula de forma intermitente.

Posteriormente, Belén vivió como okupa en una casa de Los Realejos y, tras ser expulsada, probó suerte en el Centro de Atención Municipal de Santa Cruz de Tenerife: el albergue. Allí conoció a quien considera su hermano, un joven que sufre esquizofrenia y que cobra una ayuda de 360 euros. Desde entonces Belén lo cuida y, con ese dinero decidieron hacer frente al alquiler de un piso ubicado en La Cuesta. "Alquilamos una casa donde ahora somos okupas. Tuvimos problemas con el dueño que dejó de venir a cobrar. Además, nos hizo un contrato a mano y yo quería uno original. También quería los recibos del agua y luz, para saber qué estaba pagando y que constara el pago", expone Belén. Tras estas trifulcas, el casero de la madrileña dio de baja la luz y el agua hace ya dos años. Este motivo fue el que la impulsó a llamar a la puerta de Cruz Roja, "más que nada porque no tenemos lavadora, pensamos que aquí podría haber un servicio gratuito de lavandería". "Ahora estamos un poquito mejor. Al principio te cuesta, porque la gente te conoce y se enteran de que estás yendo a un centro de Cruz Roja. Ahora vengo todos los días e incluso echo una mano en lo que puedo".

Las necesidades básicas son la cadena perpetua de los sin techo. Un suplicio que Cruz Roja trata de mitigar con los servicios que presta para hacer más fácil la supervivencia a la intemperie de esas casi 350 personas sin hogar que se encuentran en el área metropolitana. El Centro de Día ubicado en La Cuesta es un lugar bastante pequeño. Tiene un despacho desde el que se realiza todo el papeleo, un diminuto habitáculo que sirve como almacén para la ropa que reciben a través de donaciones y un espacio reservado para unas cuantas lavadoras.

El centro de día da cobertura diaria a 182 personas y cuenta con la colaboración de 12 voluntarios. La coordinadora del mismo y trabajadora social, Eva Díaz, explica que, en general, el servicio que prestan tiene tres brazo. Por un lado está la atención social. Es decir, "esto es una oficina donde se da información sobre recursos sociales, ya sean internos, municipales o de otras ONG". En segundo lugar "nos preocupamos de cubrir las necesidades básicas de todas las personas que acuden a nosotros". Para conseguirlo, ponen a disposición de los usuarios un desayuno "variadito" que se sirven ellos mismos, compuesto por alimentos que compra la propia organización; un servicio de duchas, con todo lo necesario para un mínimo aseo personal; y un servicio de lavandería, secadora y ropero. Las personas que acuden al Centro de Día sienten las consecuencias de la exclusión social. Por ello, los voluntarios trabajan para reinsertarles en la sociedad a través de talleres educativos que van desde el teatro y la biodanza a la mejor forma de afrontar una entrevista de trabajo.

Belén, por su parte, vive con la persona a quien cuida, su novio y con sus dos hijos mayores, de 21 y 19 años. Todos ellos están desempleados y subsisten gracias a la paga de 360 euros. Mientras, su hija pequeña aún está en Madrid, bajo la tutela de la Comunidad. Los requisitos para poder estar con ella son "tener una fuente de ingresos que demuestre que la puedo mantener. Una vivienda, una estabilidad, algo que de momento no tengo y por lo que es imposible". En el pasado, su hija no quería estar con ella por sus adicciones al alcohol y las drogas pero. El testimonio de sus hermanos terminó convenciéndola para volver con ella: "mamá ya no bebe, mamá está bien, como antes".

La madrileña también es el fiel reflejo de la situación laboral actual en España, pues lleva casi toda su vida trabajando sin contrato, "solo tuve contrato cuando trabajé de seguridad". Además, "nunca me han despedido por faltar al trabajo, solo por las reducciones de plantillas". Belén ha trabajado como teleoperadora y en seguridad y ha realizado cursos de cajera. Ahora está en el paro y lleva dinero a casa vendiendo artículos en el rastro "cosa que me daba mucha vergüenza", indica.

Y es que la crisis ha traído consigo nuevos perfiles de sin techos. Son personas preparadas, formadas laboralmente, que a causa del paro se ven en una espiral de decadencia. Es una realidad palpable desde la Unidad de Emergencia Social de la Cruz Roja (UES), un servicio destinado a las personas sin hogar o que viven en situaciones precarias: sin luz, sin agua o sin cocinilla. Su objetivo es el de entregarles cenas en una furgoneta que realiza un trayecto que va desde La Laguna hasta Santa Cruz.

Concretamente, la comida se reparte en bandejas ya preparadas que los voluntarios calientan una a una en la sede de la ONG de la ciudad de Aguere antes de iniciar el recorrido a las 19:00 horas. El servicio es gestionado por profesionales contratados por Cruz Roja pero es ejecutado en su totalidad por voluntarios, que sin duda son el alma y corazón de la ONG.

Mientras, los tres voluntarios se apuran para que el furgón vaya bien dotado de alimentos, algunos donados y otros pagados por la propia organización. Parecen Reyes Magos vestidos de civil que, a diferencia de los de oriente, efectúan su labor todas las noches del año y reparten algo más básico que juguetes: el sustento para seguir peleando por una segunda oportunidad.

Para los usuarios, Cruz Roja les ha tendido la mano que otros escondían. Belén, no solamente está agradecida a la ONG por los servicios que presta y que ella demanda: ducha, lavandería, ropero y cenas. Lo que verdaderamente agradece es la presencia de personas como Eva, la trabajadora social de La Cuesta, "es muy importante, es muy cercana, te escucha, te da consejos y no te dice lo que quieres oír". Además, Belén encuentra en el Centro de Día una satisfacción que trasciende a las necesidades básicas y que son, a su vez, vitales para todo ser humano: "yo antes no salía de donde estoy viviendo, ahora me obligo a venir todas las mañanas porque, aunque no soy voluntaria, ayudo con los roperos o a poner los cafés y eso me hace sentir útil".

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