Santa Cruz

El milagro de la cruz hecha con verodes

Canarias Territorio del Misterio desentraña las historias olvidadas y curiosas de Puerto de la Cruz en una ruta de tres horas

14.03.2016 | 11:28
El mural con supuestos símbolos masónicos en la Plaza del Charco.

El Fraile Juan de Jesús, amigo de La Siervita lagunera, se retiraba a un peñón del Puerto de la Cruz para meditar. Un día, cogió dos verodes totalmente secos y muertos e hizo una cruz en lo alto de la roca para poder rezar. Milagrosamente, la cruz floreció. Esta historia se dice que ocurrió en el siglo XVII en lo que hoy se conoce como El Peñón del municipio del Norte de Tenerife. Esta es una de las curiosidades que desentrañan los escritores Juanca Romero y José Gregorio González en la ruta de tres horas que organiza Canarias Territorio del Misterio, desentrañando los enigmas, personajes e historias olvidadas del enclave costero.

El Castillo de San Felipe es el punto de partida de esta expedición por el misterio, a la que ayer acudieron una veintena de curiosos. Romero y González lo primero que hacen es presentarse y dejar claro que ellos no son historiadores ni guías, sino unos comunicadores inquietos. Los autores del programa de radio Crónicas de San Borondón explicaron que es la segunda vez que realizan la ruta por el Puerto de la Cruz, pero lo cierto es que tienen bastante experiencia en los municipios en los que llevan tiempo haciendo estos recorridos: Candelaria, La Orotava, Güímar, Santa Cruz y La Laguna. "Tenemos una enfermedad incurable por lo insólito", reconocieron entre risas los comunicadores, quienes desearon a los participantes "que coloreen al Puerto de la Cruz que ya conocen con esta ruta guiada".

Tras contextualizar la importancia histórica del municipio, que fue puerto de la Isla, hablaron de su barrera defensiva, que tenía cuatro grandes fortalezas. "Quizá la que más les suene sea la de la Plaza de Europa, que es más grande, pero este Castillo de San Felipe, construido en cinco años a finales del siglo XVI también lo era, tenía tres cañones, puente levadizo, un foso y en él dormían una treintena de soldados al caer la noche", contó Romero.

La siguiente parada de la ruta fue un curioso, coqueto y escondido cementerio protestante. Cementerio inglés MDCCLVII. Así reza la placa de la entrada al camposanto, ubicando la época histórica: 1757. González destacó su importancia a nivel europeo y explicó que "esto es posible gracias a las particularidades del Puerto de la Cruz", dijo el periodista. Como el municipio comercializaba con el Imperio Británico y América, era normal que pasasen muchos protestantes por esta costa tinerfeña. Por eso se pueden distinguir influencias celta en muchas de las cruces.

"Se permitía enterrarlos aquí porque pesaba más en la balanza el hecho de que el comercio fuera el motor económico pero estas cosas no las solía permitir la Inquisición, era una tolerancia interesada, así que este cementerio es reflejo que lo que se vivía entonces", contaron los guías. Lo más curioso de esta parada fue descubrir la tumba –destartalada en comparación con lo impecable, cuidado y florido del resto– de un masón español, José Martínez Medina y Esquivel. Este comerciante proclamó su deseó de ser enterrado en camposanto, algo prohibido a su gremio, pero, tras una revuelta social que incluso inspiró a un poeta, el pueblo consiguió que se cumpliera el deseo del masón. Como en la lápida no existe ningún símbolo del enigmático gremio, los escritores de la ruta deducen que "quizá se llegó a un pacto en el que la Inquisición permitía el enterramiento a cambio de no poner estos símbolos en la tumba". González añadió que es una "sepultura discreta, comparada con la del masón enterrado en La Quinta Roja de La Orotava, cuya madre mandó a construir los jardines y el templete en una demostración de poder".

Nicho reservado

Como es normal, los enterramientos de suelo son los más antiguos, mientras que los nichos son tan nuevos que incluso en alguno cuelga el cartel de Reservado.

No es de extrañar el perfecto estado del camposanto teniendo en cuenta que no es de titularidad municipal, como suele ocurrir en el resto, sino que lo gestiona directamente la Iglesia Anglicana, sobre todo a través de donaciones.

Romero y González sostienen que si alguien quiere "poner los pies" en San Borondón, el Puerto de la Cruz es el mejor lugar. Los escritores contaron que se le dio este nombre a la leyenda de la isla que aparece y desaparece en costas canarias por la historia de un monje. Este clérigo irlandés comenzó un viaje iniciático en el que pasó pro varias islas. En una de ellas, San Borondón celebró junto a su tripulación la Pascua construyendo una ermita y haciendo un fuego. Fue entonces cuando descubrieron que no estaban en un islote, sino en una ballena. De ahí que se la relaciones con la leyenda canaria, porque aparece y desaparece. Coincide también, según los escritores, que la primera ermita del Puerto de la Cruz, en la zona de la Paz, se llama San Amaro, que es la versión española del monje irlandés.

La mayoría de los tinerfeños han olvidado o desconocen que El Peñón del Puerto, ubicado a la entrada de los aparcamientos del muelle junto al campo de fútbol, se llama El Peñón del Fraile. Este nombre de debe a un personaje real, el icodense Fray Juan de Jesús Hernández y Delgado, nacido en 1687. El Peñón fue mejorado en el siglo XIX pero con la intención de seguir recordando al franciscano.

Se dice que fueron las charlas del franciscano con Sor María de Jesús donde la posteriormente conocida como La Siervita encontró su vocación religiosa. Juan de Jesús era feo y el pobre se quedó tuerto por culpa del bruto de su tío, que un día lo lanzó a una hoguera mientras dormía como castigo por su holgazanería. Tras su milagro con los verodes muertos, le siguió otro suceso aún más increíble que los periodistas cuentan alertando de que "nos movemos en el terreno de las creencias". Se dice que un día el fraile icodense salió levitando de la Iglesia de la Peña de Francia tras un mensaje revelador de un predicador franciscano, pasó por la Plaza del Charco y llegó hasta la costa hasta alcanzar más de un kilómetro de recorrido. "Su historia merece una película", sugirieron los guías. No hay filme aún pero hace unos meses se exponía en la Iglesia de la Concepción de La Laguna una serie de cuadros del profesor Domingo Martínez de la Peña, quien lleva años sacando a la luz la olvidada historia de este franciscano a través de sus libros.

Los jubilados viajeros

Pilar Díaz, de 75 años, es una forofa de los misterios y por eso los fotografía. Para esta ruta guiada se trajo su álbum con sus imágenes tomadas en el municipio y resultó que muchas coincidían con los lugares visitados durante el recorrido. Eso sí, las fotos las saca con una cámara de carrete. "Tengo dos digitales pero nada como llevar el carrete a revelar y tenerlas directamente en papel", asegura la chicharrera, quien, junto a su marido Miguel, de 76 años, ha recorrido medio mundo. Turquía, la Isla de Pascua, Israel, Grecia, Túnez y Egipto, su preferido, son solo algunos de los países que han visto. "Llevamos unos años sin viajar por la inseguridad que hay ahora en los países que nos gustan, porque Europa ya la hemos visto", cuenta Díaz, que acudía por primera vez a una ruta de este tipo, a las que su marido y ella se van a hacer asiduos.

Una de las fotos de esta aventurera que coincidía con una parada de la ruta fue la de los dos chorros que se encuentran en una callejuela y datan de 1839. Romero y González contaron que San Juan es una de las principales festividades del municipio, que antaño se vivía con más fervor y de la que actualmente quedan resquicios como las hogueras o el baño de las cabras en el muelle como acto de purificación. Los periodistas radiofónicos contaron que se hacían grandes arcos con vegetales y alimentos como "evocación de la abundancia" que luego formaban parte de un gran festín público. A los que se llamaban Juan les hacían unas sillas enramadas, en las que los alzaban a modo de celebración. Además, se creía que la primera agua que manaba de los chorros tras la noche de San Juan era mágica, daba belleza y servía para bendecir. "Era costumbre que esta primera agua se usara para regar la calle y nosotros lo interpretamos como un acto de generosidad", caviló González. Por último, los portuenses creían que en la noche de San Juan se podía ver San Borondón.

Los organizadores del recorrido pusieron en valor al Museo Arqueológico del Puerto de la Cruz, de gestión municipal que cumple en mayo 25 años. Este centro de cinco salas exhibe una colección de cerámica guanche y tiene uno de los pocos ídolos que se conservan de la cultura aborigen isleña, el Guatimac. Romero reivindicó que "el pueblo guanche no era retrasado, la realidad dista mucho de lo que se dice en los libros".

En una de las esquinas de la Plaza del Charco, que los escritores contaron que antes se llamaba la Plaza de los Camarones, hay un mural, hecho en los años 60 con la técnica de mosaico, al que se la acaba de descubrir un posible sentido masónico, prohibido en esa época.
Romero y González contaron que esta pieza que embellece un edificio de viviendas es obra de Manuel Fernández Padrón, un reconocido alfombrista de La Orotava que vivía en la Casa de Chocolate. Con algo de imaginación se descubre la estrella de Venus, un sol naciente, un ojo de Horus e incluso el compás o escuadra, típicos de este gremio. También se puede interpretar la letra ge, de geometría, representada en multitud de ocasiones en la simbología masona. Este mural de 14 por cuatro metros tiene forma rectangular, muy común en las construcciones masonas. "Lo valioso del símbolo encriptado es que esté a la vista de todo el mundo", sentenció González. Esta virtud se cumplía también en la Iglesia de la Peña de Francia, que también tiene símbolos masónicos en su fachada principal.

Entre una parada y otra, Pilar Díaz le confesó a González que siempre lleva un libro suyo en el bolso. "¿Pero cómo le voy a pagar yo a usted esa fidelidad?", le preguntó el periodista, a lo que la señora contestó: "Con estas rutas".

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