Un tinerfeño en el corazón de la tragedia de los refugiados

"Sueño con el terror de los padres al darme en brazos a sus hijos"

El portuense Jorge Fariña pasó dos semanas en la isla de Lesbos ayudando a los refugiados sirios

13.12.2015 | 18:21
El portuense en la isla de Lesbos, en Grecia, donde pasó dos semanas de sus vacaciones ayudando a los refugiados sirios que llegan a la playa huyendo del terror de la guerra y en busca de un futuro mejor.

Han pasado dos semanas desde que regresó de la isla griega de Lesbos pero el rostro de la tragedia sigue estando nítido en su memoria. "Desde que volví sueño con la mirada de terror de los padres al darme a sus hijos. Son imágenes reales, de rostros que conocí durante esos días. Muchas veces sostenía en brazos a bebés sin saber si estaban vivos o muertos". Así es como describe el joven portuense Jorge Fariña sus recuerdos de la odisea que vivió en la playa de los sueños rotos, el lugar donde arriban a diario cientos de refugiados sirios que huyen del horror de la guerra de su país en busca de una vida mejor en Europa. Él llegó como voluntario, como tantas otras personas anónimas, a ofrecer un simple abrazo.

Todo empezó con una imagen. "Cuando vi las fotografías del niño Aylan, que apareció muerto en aquella playa de Turquía, algo se me removió por dentro. Tengo un hijo de 18 meses y el pequeño sirio me recordaba demasiado a él", detalla Fariña. Fue ese momento cuando el joven lo decidió. "Tenía que hacer algo. Tenía que irme a ayudar", añade el portuense de 36 años. Fariña se puso en contacto entonces con varias ONG pero todas acaban diciéndole que necesitaba hacer cursos antes de partir. "Al final encontré un grupo de voluntarios independientes a través de Facebook", explica el tinerfeño.

Fariña no tardó en comprar los billetes. Fue el único instante en el que titubeó. "Me entró la incertidumbre. Me preguntaba qué iba a hacer allí yo y si lo iba a soportar psicológicamente", reconoce el joven. Su familia, en lugar de llamarlo loco, le apoyo desde el primer momento y le animó a seguir adelante. "Ellos ya me conocen y están acostumbrados a que haga este tipo de cosas", confiesa Fariña.

En noviembre aterrizó en Lesbos. La isla le pareció el escenario de una guerra. "Es verdad que no estaban en guerra pero dependiendo de donde miraras era lo que parecía: gente llegando a cada momento, incertidumbre, barcos abandonados, puestos de emergencia sin suelo...", apunta el portuense, quien añade que "eres consciente de que estás ante algo excepcional, algo a lo que no te terminas de acostumbrar".

Su tarea en Lesbos consistía en clasificar los materiales que iban llegando, hacer guardia en la noche por la inminente entrada de embarcaciones y hasta dar un abrazo. "Te das cuenta de lo importante que es este pequeño gesto", confiesa Fariña. El tinerfeño asegura que el día comenzaba muy temprano. "Solía ir a un centro logístico de almacenamiento que una pareja de ingleses había montado en su propia casa. Allí seleccionábamos y ordenábamos la ropa y todo lo que traían los refugiados", rememora el joven.

Buena parte de la jornada la pasaba en la orilla, sin quitar la vista del mar. "Intentábamos adivinar el rumbo de las embarcaciones pero era errático. El que estaba al timón no sabía llevarlo", explica Fariña. El objetivo era que la patera llegara recta. "Si se tumbaba para algún lado, podía volcar y que la gente se fuera al agua", detalla el portuense. Por eso, cada vez que una de las embarcaciones cambiaba su dirección, los voluntarios corrían por la playa de callados hacía ella. "Ahí tenía ventaja porque como me crié entre barrancos era el más rápido. Todos me miraban", recuerda con humor Fariña.

El tinerfeño revela que en cada barco llegaban niños y bebés. "Las mafias obligan a sedarlos para que no lloraran y no les molestaran ni llamaran la atención. Al final llegaban tan dormidos que no sabías si estaban vivos o muertos", relata Fariña. El portuense asegura que había quien pisaba Lesbos "alegre" con la esperanza de lograr un futuro mejor en el continente europeo y quien lo hacía "absolutamente derrotado". "Besaban el suelo y rompían a llorar", confiesa el joven.

Ahora, con el paso del tiempo, Fariña asegura que recuerda "los montones de chalecos en cada esquina de Lesbos", pero también "las sonrisas". "Encontrarte con que mucha gente de muchas partes del mundo está ayudando de forma voluntaria a otra es emocionante", reconoce el joven. Fariña destaca que "esta otra parte" no sale en los telediarios y los periódicos. "Es verdad que en la playa hay mucho drama pero también hay alegría. No todo es llanto, también pasan cosas muy bonitas", añade el voluntario. Fariña todavía tiene mucho más que dar. "Sé que voy a volver y será pronto", concluye.

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