La Laguna

Las propietarias de una cafetería sacan de la indigencia a un anciano alemán

Klaus pasó cinco años viviendo en la calle hasta que las dueñas del local del Cuadrilátero le tramitaron la jubilación y le buscaron un piso de alquiler

15.11.2015 | 14:14
Klaus rodeado de Claudia González (i), Carolina (2i) y Luz María, en la terraza de la cafetería de la calle Barcelona. | lot

La Laguna tiene una persona menos sin hogar. Klaus, ciudadano alemán de 67 años, llevaba cinco años viviendo en la calle. Los últimos dos años durmió acurrucado entre cartones en un banco de la plaza de La Milagrosa. En aquel rincón céntrico recibió la ayuda de muchos vecinos que le daban comida y mantas para combatir el frío pero también sufrió agresiones, robos y vejaciones. Esos malos recuerdos ya forman parte del pasado gracias a tres jóvenes emprendedoras que gestionan una cafetería de la calle Barcelona, en el Cuadrilátero, que durante el año que les llevó gestionarle una ayuda en Alemania le pagaron una habitación en una pensión. Ahora, Klaus es un jubilado más y sus ángeles de la guarda le han encontrado un piso de alquiler donde, dicen, "ha vuelto a ser feliz".

Claudia Rodríguez fue la artífice del plan junto a su hermana y su cuñada. La joven veía a diario a Klaus deambulando por la ciudad con unas pocas pertenencias a cuestas. Nunca mendigó y aunque hubiera querido no podía hacerlo porque no habla castellano. Claudia recuerda que veía pasar por la puerta de su negocio a este hombre grandote y con cara de bonachón, al que le costaba respirar porque el frío lagunero que pasaba a la intemperie le había calado hasta los huesos y tenía tocados sus pulmones.

Su aspecto triste e indefenso conmovió a las tres jóvenes, que comenzaron por un tímido acercamiento, convidándole un plato de sopa caliente, primero, y luego invitándole a desayunar todos los días en la cafetería que ellas mismas regentan. El alemán básico que maneja Claudia le permitió empezar a comunicarse con él. Así descubrieron que Klaus había llegado a Tenerife para pasar unas vacaciones. Durante su estancia lo asaltaron y lo dejaron con lo puesto. Sin dinero ni documentos, se sintió acorralado y acabó quedándose en la calle. En Alemania tampoco lo esperaba nadie. Su única familia era una hermana con la que tampoco tenía una buena relación.

Su primera etapa en la calle la pasó en el Sur. Luego se mudó a Santa Cruz. "Por lo que me ha contado es el peor lugar para estar en la calle. Por eso hace dos años se vino a La Laguna", comenta Claudia.

El año pasado, un equipo de este periódico acompañó durante una noche del mes de abril a los voluntarios de Cruz Roja que recorren el área metropolitana para dar comida caliente, abrigo, atención sanitaria y un poco de cariño a los sin techo. Una de las escalas fue en la plaza de La Milagrosa en busca justamente del que todos conocían como El alemán. Pero no estaba allí sino en la estación Padre Anchieta del tranvía, donde recibió gustoso un vaso con caldo y un bocadillo.

Poco a poco, las tres jóvenes del bar comenzaron a entablar una amistad con Klaus e, indignadas con su situación, decidieron ponerse manos a la obra. Los Servicios Sociales les ofrecieron llevarlo al albergue de Santa Cruz, a lo que él se negó alegando que "el banco de la plaza era más seguro y acogedor".

El siguiente paso fue una hucha en el negocio con un cartel que rezaba: "Un hogar para Klaus". Con las propinas de esa hucha y la donación de una parte de los salarios de las propias jóvenes, hablaron con la dueña de una pensión de El Coromoto y consiguieron que accediera a arrendarles una habitación para que el indigente dejara la calle. Esta habitación se convirtió en su hogar. Sus benefactoras lo visitaban, bien por Navidad para hacerle su regalo y llevarle su cena especial, bien para ofrecerle ropa nueva o libros en alemán. A pesar de la distancia, el hombre asiste fiel a su cita diaria para el desayuno en la cafetería de sus amigas y se lleva algo para el almuerzo. "Daba gusto ver cómo se aseaba ara tener buena presencia", recuerdan sus amigas.

Durante un año estuvo hospedado en la pensión. En paralelo, Claudia Rodríguez comenzó a hacer los trámites en el Consulado alemán para solicitar su jubilación. "El papeleo parecía interminable. Tuvimos que mover cielo y tierra en distintas oficinas y entidades hasta que logramos que su gobierno le concediera la jubilación", detalla la joven, convencida de que Klaus "no merecía terminar sus días en un banco de la calle".

Sus tres ángeles de la guarda lo ayudaron también a encontrar un piso de alquiler cerca de su establecimiento. Klaus continúa desayunando en la cafetería todas las mañanas pero ahora, con la llave de su casa en el bolsillo y una sonrisa dibujada en el rostro, "está tranquilo y contento de volver a ser una persona autosuficiente". "Es otro ahora", concluye Claudia.


Klaus es atendido por voluntarios de Cruz Roja cuando vivía en la calle hace dos años. | carsten w. lauritsen

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