La Laguna

El realejero que creó La Verdellada

Los vecinos rinden un homenaje póstumo a Félix Pérez, dueño de la finca que dio origen al populoso barrio lagunero en los años 50 - Su busto preside la nueva plaza de la Calle Real

30.07.2015 | 12:54
Los vecinos de La Verdellada durante el homenaje que le rindieron ayer a Félix Pérez.

Félix Pérez Linares nació en Los Realejos, en 1894. En 1953 adquirió por 250.000 pesetas (1.502 euros) la finca dónde hoy se levanta el casco viejo de La Verdellada. Sus vecinos lo consideran el promotor del barrio. La Asociación de Vecinos Los Verdeños, su familia y el Ayuntamiento de La Laguna llevan cuatro años preparando el homenaje que tuvo lugar ayer con la inauguración de un busto en su honor en la nueva plazoleta de la Calle Real.

Según apuntó el concejal de zona, Jonathan Domínguez, en la actualidad el perímetro del terreno de Félix Pérez estaría delimitado por la avenida de La Salle, el Camino Real de La Verdellada y las calles Cruz de Marca y Domingo Pérez Minik. La finca, mayormente sembrada de trigo, servía también para criar ganado vacuno. Habían higueras y almendros, algunas chumberas y piteras y restos de viña verdella al borde del barranco. La explotación estaba a cargo del medianero Cipriano Rodríguez Alonso. Cuando este enfermó, poco después de que Félix Pérez comprara la propiedad, como señal de gratitud este le cedió una parcela junto a la que era la antigua cuadra y apero de la finca, en la actual avenida La Salle número 4. El medianero construyó allí su casa y pronto se corrió la voz de que su jefe le había "regalado" el solar y que la finca estaba abandonada ya que ninguno de los siete hijos del patrón querían dedicarse a la agricultura.

Empezó entonces a acudir gente a la casa de Félix Pérez, en la avenida de Calvo Sotelo, preguntándole si les vendía un "solarcito", como recordó Domínguez que los más veteranos del barrio relataban. Viendo el interés de sus vecinos, el agricultor optó por vender la finca en solares a partir de 1955 y mantener a su familia con esos ingresos. El metro cuadrado se vendía a 25 pesetas (0,15 euros). La gente le pagaba como podía, haciendo entregas a cuenta semanales, quincenales o mensuales. "El hombre les daba muchas facilidades ya que la mayoría de los compradores eran personas necesitadas con hijos y no quería hacer negocio con la venta. Les quería ayudar, tanto fue su generosidad, que muchos terminaron escriturando con el perdón de cuotas pendientes", señaló el concejal lagunero.

Esa generosidad y su profunda convicción religiosa hicieron que ganara popularidad entre los habitantes de La Verdellada como un "hombre bueno", calificativo que es recordado en la placa instalada bajo el busto inaugurado ayer ante sus familiares y una amplia representación de vecinos.

En poco tiempo, Félix Pérez vendió media finca, hasta lo que sería años después la calle Gabriel García Márquez. De la otra mitad, de esta calle hacia abajo, se extrajo la piedra que se vendía para la pavimentación de carreteras. Para eso instalaron una máquina de moler piedra y se cobraba en función de los viajes que daban los camiones. Una vez vendida la piedra, le vendió al gerente de Grundig en Canarias el terreno para que el empresario lo urbanizara. La operación se cerró a 100 pesetas (0,60 euros) por metro cuadrado. Como la gente seguía yendo por la casa de la familia Pérez preguntando si vendían solares, don Félix los remitía al nuevo propietario, quien los vendía a 200 pesetas el metro cuadrado, el doble de cómo los compró. De esta manera, el citado promotor vendió el resto de la finca y queriendo compensar a Félix Pérez le ofreció un televisor en blanco y negro, todo un lujo para la época.

En 1963, el obispo Luis Franco Cascón tocó a la puerta de don Félix para pedirle un solar para una familia muy humilde y con una gran prole y él accedió y se los regaló.

Aunque las primeras referencias a La Verdellada datan del siglo XVII, se considera a este agricultor como el promotor del barrio en los años 60, ya que fue su iniciativa de vender su finca en parcelas fue la que dio origen urbanístico al actual núcleo. Después de cuatro años de trabajo para recaudar fondos para la escultura, realizada por el taller Bronzo, y para definir su ubicación, vecinos y familiares le rindieron un sentido homenaje que concluyó con una cena comunitaria de cochino negro y papas arrugadas.

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