Santa Cruz

El Santa Cruz que no pudo conquistar Horacio Nelson

La ciudad tenía 8.000 almas en 1797 y era el barrio portuario de San Cristóbal de La Laguna

20.07.2015 | 02:20

Aunque resulte sorprendente, cuando los ingleses realizaron su ataque a Santa Cruz en 1797, la única población de Canarias considerada plaza fuerte, la de más rico comercio, la de mayor actividad en su puerto, la que era residencia de la máxima autoridad de todas las Islas, era sólo un "lugar" de no demasiada entidad. Aunque en habitantes ya casi se igualaba a la capital de la isla, continuaba siendo el barrio portuario de San Cristóbal de La Laguna. Pero, ¿cómo era este lugar y puerto a finales del XVIII? ¿Qué aspecto presentaba y hasta dónde se extendía su caserío?

Desde que se estableció el primigenio núcleo fundacional junto a la salida al mar del barranco de Santos, la villa comenzó a extenderse hacia el Norte a lo largo de la línea de costa y, mucho más lentamente, hacia el Oeste, ladera arriba. Las construcciones, aglutinadas al principio junto a la iglesia de la Santa Cruz, primera y original advocación de la actual de la Concepción, se fueron extendiendo hacia La Caleta de Blas Díaz como consecuencia de la actividad que se promovía en torno a este primer desembarcadero del lugar, y hacia el castillo de San Cristóbal, situado en lo que hoy es Plaza de España. Por Poniente, el primer vector de influencia lo sería el único camino de rodadura existente entonces hacia La Laguna, por la actual calle de San Sebastián. Más tarde, en el siglo XVII, los conventos de Santo Domingo y de San Francisco constituyeron los polos de atracción, en cuyo entorno comenzaron a levantarse nuevas construcciones y a nacer dos nuevos barrios –el de Vilaflor y el del Toscal–, que ampliaron el solar urbano.

Cuando Santa Cruz dispuso de su primer muelle desembarcadero junto al castillo principal, el fondeadero situado junto a él hizo que el barrio del Toscal se alargara hacia el Norte, por la calle de la Marina, como balconada natural sobre la bahía. Por último, al construirse el puente de Zurita sobre el barranco de Santos a mediados del siglo XVIII, este nuevo camino a La Laguna, cuyo eje inicial había sido la calle de la Luz –hoy Imeldo Serís– y posteriormente la del Castillo, contribuyó decisivamente a la vocación montañera del poblado e hizo que la villa comenzara a trepar ladera arriba.

Refiriéndonos ya a la centuria que nos ocupa, la del XVIII, el aspecto de este elemental trazado urbano puede esbozarse de la siguiente manera: Por el Sur, más allá del barrio del Cabo, unas pocas casas desperdigadas por la costa de Los Llanos, que todo lo más se alargaban hasta la ermita de Regla, castillo de San Juan y Casa de la Pólvora. Por el Norte, por la Marina Alta, las casas no pasaban del hospicio de los Agustinos, situado, más o menos, a la altura de la actual calle San Martín. Por el Oeste, es decir, ladera arriba, ya existían en el Toscal, guardando un cierto paralelismo con la línea de costa, las calles San Francisco y San Juan Bautista, desde las que, atravesando diagonalmente huertas con unas pocas y modestas construcciones, se podía llegar por Puerto Escondido hasta la calle del Pilar, antes Corazón de Jesús. Casi puede decirse que la calle San Roque –actual Suárez Guerra– era el límite del pueblo, pues más arriba sólo se encontraban el cuartel de San Miguel y el hospital militar, por donde hoy está la plaza Weyler. Así lo consideraba el cronista Juan Primo de la Guerra al referirse a su casa en la citada calle San Roque, de la que decía que le gustaba su situación como en el campo.

Por esta zona cruzaban, bajando desde el monte de Las Mesas, varias barranqueras que se unían para formar el barranquillo de Cagaceite o del Aceite, que atravesando cerca de su final las calles San Roque, la de la Gloria –hoy Juan Padrón–, la del Chorro –actual Teobaldo Power– y la del Norte –Valentín Sánz–, lamía la pared de la huerta de los Dominicos –Teatro Guimerá–, y llegaba al mar cruzando la calle de La Caleta –hoy General Gutiérrez–. Hacia arriba, por detrás del citado convento de Santo Domingo, las calles de la Consolación –antiguo nombre de Puerta Canseco– y la de Canales –hoy Ángel Guimerá–, no llegaban a la altura de San Roque. Hacia el mar, desde el convento dominico hasta la plaza de la Iglesia, y desde el barranquillo hasta la Vera del Barranco de Santos, ya estaba todo edificado.

Cuando no producía inundaciones, el barranco de Santos no creaba demasiados problemas a la población, pues en cierta forma constituía su límite por el Sur. Por ello, hasta que no se construyó el puente Zurita, sólo lo cruzaba uno de madera a la altura de la parroquia y del hospital civil de Nuestra Señora de los Desamparados. Pero este único puente, que también comunicaba con el barrio del Cabo, era el mismo que había que utilizar para trasladarse a La Laguna, cuyo camino se iniciaba cerca del castillo principal, seguía por la calle de La Caleta y plaza de la Iglesia –también conocida como calle Ancha–, cruzaba el citado puente y, por el barrio del Cabo, iniciaba el ascenso hacia la Ciudad de La Laguna por la calle o camino de San Sebastián. Esto quiere decir que, cuando el puente era destruido por una avenida del barranco, lo que ocurría con alguna frecuencia, La Laguna, la capital, quedaba aislada de su puerto. Y eso sí que era un grave problema, sobre todo para La Laguna.

Este es el motivo por el que, hacia 1750, se decidiera hacer otro puente en lugar más seguro. Se buscó, se pensó, se discutió y, al fin, se eligió un paraje en los denominados llanos de Perera, en la pasada del medio llamada de Sorita. Y allí se hizo.

El otro barranco, el Barranquillo, aun siendo de menor importancia, creaba mayores problemas a la población, puesto que su curso atravesaba el sector más habitado. La única forma de cruzarlo era por pequeños puentes de madera, a modo de pasarelas peatonales. Desde la pedregosa playa hacia arriba, había hasta siete: en la calle de La Caleta, en la de los Malteses o de la Candelaria, en la de las Tiendas o de la Cruz Verde, en la del Botón de Rosa –hoy Nicolás Estévanez–, en la calle del Norte, en la de la Gloria y en la San Roque. Más arriba no hacía falta puente alguno, puesto que casi nada había.

Este era el lugar de Santa Cruz en la segunda mitad del XVIII, cuyas calles más largas y rectas eran la del Castillo, que desde la plaza de la Pila subía hasta la calle San Roque, y, perpendicular a ella, hacia el Norte, la San Francisco, que naciendo en la citada plaza principal, venía a morir en el barranquillo de San Antonio, hoy calle de su nombre.

Una viajera de aquellos años nos dice que las casas de las gentes acomodadas eran amplias y con las habitaciones en la parte alta construidas alrededor de un patio con una galería que las comunicaba, es decir, el tipo de arquitectura tradicional. Le llama la atención que las ventanas no posean vidrieras sino celosías, que tienen la doble ventaja de admitir el paso del aire y, además, dan la oportunidad a las señoras de mirar hacia afuera sin ser vistas. El capitán Cook, que pasó por Santa Cruz en 1776, alaba la utilidad del malecón que se prolongaba en el mar facilitando la carga y descarga de los navíos, en un puerto en el que el agua era escasa pero de muy buena calidad.

La mayor parte de los visitantes alaban también la plaza principal, con su esbelta columna de mármol en honor de la Virgen de la Candelaria y la fuente o Pila de lava negra, a la que llegaba el agua a través de una docena de kilómetros conducida por canales de madera desde Monte Aguirre, en la cordillera de Anaga. También citan una hermosa alameda cerca del mar, la de Branciforte, espacio adornado también con una pequeña fuente de mármol y esculturas, en el que habitualmente disfrutaba de paseo vespertino la sociedad del puerto.
André-Pierre Ledru, que visitó Santa Cruz dos años después del frustrado ataque de la escuadra mandada por Horacio Nelson, nos facilita otros detalles tales como que la población tiene alrededor de 1.364 metros de largo junto a la línea de la costa, por 680 hacia el interior. Por tanto las calles más largas y rectas son las que transcurren de Norte a Sur, que son atravesadas por otras más cortas en sentido Este a Oeste. En total calcula que hay entre 800 o 900 casas, la mayoría construidas con piedras, pintadas de blanco, y con una sola chimenea, la de la cocina. Y añade que el empedrado de las calles no es muy cómodo; son pequeños guijarros de lava negra, aplanados, colocados en el suelo por su parte afilada... En algunas calles apartadas se camina sobre piedras de lava sin pulir, muy desiguales, que hacen imposible el uso de coches. También hace Ledru acertadas observaciones sobre las fortificaciones que jalonaban la costa de Santa Cruz, que encontraba ventajosamente situadas para proporcionar un fuego cruzado contra cualquier enemigo.

Antes de finalizar el siglo aún contamos con otro testimonio, salido de la autorizada pluma de Alejandro de Humbold: Santa Cruz de Tenerife es una ciudad bastante linda, cuya población se eleva a 8.000 almas. Y, en una profética opinión, añade: Puede ser considerado el puerto de Santa Cruz, como un gran parador, situado en el camino de América y la India.

Podríamos seguir recopilando impresiones de gentes propias y foráneas, pero consideramos que con lo expuesto ya es posible hacernos una idea bastante exacta de lo que Horacio Nelson pudo observar desde su navío insignia, el Theseus y pretendió conquistar sin éxito.
*Tertulia Amigos del 25 de Julio

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