La Laguna

Monumento a la desidia

Los imponentes palacetes que levantó la familia Rodríguez López en La Cuesta agonizan a punto de desplomarse tras 30 años bajo la tutela de la Universidad

15.06.2014 | 00:20
Salón de la casa que perteneció a Álvaro Rodríguez López, que sucedió a su padre al frente del negocio familiar.
Salón de la casa que perteneció a Álvaro Rodríguez López, que sucedió a su padre al frente del negocio familiar.

Un imponente portón de entrada, hecho por encargo en los mejores talleres de herrería de Sevilla, mármoles de Carrara en los baños, boiserie de roble francés revistiendo las paredes de los salones, baldosas pintadas a mano. Toda una serie de detalles delatan el esplendoroso pasado de los palacetes enclavados en una urbanización de 26 hectáreas en La Cuesta. El lujo que se respiraba en las viviendas, construidas en los años 30 por la poderosa familia Rodríguez López, parecía una ilusión óptica en medio de un entorno de fincas. Hoy, sus ruinas se asoman como monumentos de la desidia a la que han estado sometidas en las últimas tres décadas en manos de la Universidad de La Laguna (ULL).

El pasado 25 de mayo, un incendio arrasó la casa que habitó Conrado Rodríguez López. Las paredes han quedado derretidas y los techos se desplomaron por efecto de las llamas y del agua a presión utilizada por los bomberos. Entre los escombros, impregnados aún de olor a quemado, se acumulan guías de estudios de la ULL del año 1997, listados de calificaciones de alumnos de la Facultad de Derecho de los años 90, archivadores de créditos de libre elección del curso 94-95, tesis doctorales... Hay montañas de papeles renegridos.

Cuando la Universidad compró las casas, en los años 80, se dijo que aquellas fastuosas dependencias albergarían el rectorado. Pero luego se ubicó en el casco y comenzó a usarse como depósito de pupitres rotos, sillas cojas y archivos que ya no le interesaban a nadie.

Abandonadas, las casas fueron durante décadas un coladero de saqueadores, vándalos y toxicómanos. En el interior casi no queda nada más que latas vacías, colillas y basura académica. La menor de las tres casas perteneció a Adalberto, hermano de Conrado e hijo de Juan Rodríguez López, fundador de uno de los mayores emporios navieros que han existido en el Archipiélago. La vivienda está totalmente abierta. La puerta principal la robaron y faltan ventanas y puertas por todos lados. Dentro se acumulan centenares de tarjetas perforadas de IBM y miles de rollos de cintas. Parecen de vídeo, pero un coleccionista consultado confirma que son memorias, abuelas de los actuales pen drive, que se utilizaban para guardar archivos con los primeros ordenadores que tuvo la ULL.

De la instalación eléctrica no hay ni rastro. Tampoco de los interruptores y mucho menos de las elegantes lámparas que iluminaban las estancia o de cualquier objeto decorativo. Los baños están pelados. Queda algún toallero de cerámica y grandes huecos dan idea del descomunal tamaño que tenían las bañeras. Sorprende que los azulejos todavía brillen aunque cargan con la suciedad de décadas.

La vivienda principal perteneció a Álvaro. Fue quien sucedió a su padre el frente de la empresa familiar que tenía sus oficinas en la calle La Marina, donde hoy funciona Radio Nacional. Nunca se casó y vivía solo en una mansión de tres plantas. Su casa era la única que tenía piscina. Todavía tiene agua dentro, aunque está verde y flotan todo tipo de desperdicios. El salón parece haber sido escenario de una guerra. No hay un rincón que haya escapado de las pintadas. Ni siquiera los revestimientos de madera de las columnas, los muros de la escalera que preside la sala o la chimenea. En medio de aquella barbarie de garabatos furiosos, también hay hueco para frases con toques filosóficos. "Enciende la luz y no verás nada", anuncia una. Tampoco faltan las declaraciones de amor: "Eres la persona más bella del mundo, mi gran tesoro".

La mitad de los techos de madera, cargados de figuras talladas, bajo los que estuvo el primer televisor que llegó a Tenerife, se han desplomado y los suelos están levantados como si alguien hubiera estado buscando un tesoro oculto. La escalera que conduce a la segunda planta tiene una grieta que amenaza con tirar abajo toda la estructura y poner un pie encima parece demasiado arriesgado. Cuando días atrás un equipo de este periódico entró a la vivienda, un grupo de adolescentes se había instalado en la planta baja para fumar porros y beber vino de tetra brik. Viendo que buena parte del techo de la habitación contigua estaba en el suelo hecho añicos, era sorprendente la tranquilidad que mostraban los jóvenes respecto el material que colgaba sobre sus cabezas.

Solo quedan vestigios de este bastión del refinamiento que comenzó a languidecer en el mismo instante en el que la saga naviera salió por la puerta, en 1982. Uno de los protagonistas de esta etapa esplendorosa fue Conrado Rodríguez Braun. Durante casi 40 años fue su hogar. Allí nació, creció y vivió hasta que se vendió. Ahora ronda los 70 años y vive en Gran Canaria. La noticia del incendio fue para él "algo muy triste". "Todo lo que ha pasado me da mucha pena", lamenta. Recuerda los "peculiares" chalés que habitaba su familia asistida por un batallón de empleados de servicio que sacaban brillo a diario a cada rincón, conducían sus coches importados, vigilaban el acceso y preparaban sus alimentos. Lo hacían en cocinas que funcionaban con bombonas cuando todas las demás del barrio todavía usaban leña o petróleo.

Cuando se fueron, en la casa de Álvaro se instaló la sociedad recreativa Hogar Gomero. Por distintos motivos, el negocio no funcionó como se esperaba y CajaCanarias terminó quedándose con todo. Fue así como más tarde la urbanización acabó siendo traspasada a la Universidad.

Además de encerrar la historia de una de las familias más ricas y poderosas de las Islas, las casas también tienen valor arquitectónico al ser uno de los únicos ejemplos de arquitectura de estilo montañés, muy evocador de la cornisa Cantábrica, presente en el Archipiélago. Fueron diseñadas por el arquitecto palmero Pelayo López y Martín Romero por encargo del patriarca. El actual Plan General de Ordenación (PGO) del municipio las incluye dentro de un catálogo de bienes protegidos por su interés patrimonial dada "la riqueza arquitectónica que aportan al entorno". Sin embargo, en 2011 se anunció que las tres casonas serían derribadas para construir el Parque Científico y Tecnológico (PCT) de La Laguna. En este proyecto participan el Gobierno regional, Cabildo, Ayuntamiento de La Laguna y Universidad.

Para iniciar las obras del PCT, la ULL firmó el pasado mes de febrero un acuerdo de cesión del complejo por 50 años al Cabildo tinerfeño. Portavoces del área de Innovación del Cabildo aseguraron tras el incendio que los palacetes serán rehabilitados y formarán parte del Parque. Según detallaron, los trabajos de restauración de estas casas serán adjudicados antes del fin de año. La fecha viene dada porque en diciembre acaba el plazo dado por la Unión Europea para la concesión de un crédito sin intereses al Gobierno de Canarias para financiar la construcción de la tercera sede del PCT, que se sumará a las de Granadilla y Cuevas Blancas, en el Sur y Santa Cruz respectivamente.

Pero después de una visita a las ancianas y exhaustas ruinas de los Rodríguez López parece evidente que el tiempo de rehabilitar ya pasó. Ahora, como después de los grandes bombardeos, la única esperanza es la reconstrucción.

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