La Laguna

50 años arrasados por el fuego

Un cortocircuito causa el incendio que destruyó la iglesia de San Agustín en 1964

01.06.2014 | 00:41
La colosal columna de humo que se elevaba sobre la iglesia de San Agustín durante el incendio del 2 de junio de 1964.
La colosal columna de humo que se elevaba sobre la iglesia de San Agustín durante el incendio del 2 de junio de 1964.

Era un templo paradigmático del catolicismo ilustrado y fue sede provisional de la Catedral durante dos periodos en sus cinco siglos de historia. Era uno de los más grandes de La Laguna y el único que, además de tener el artesonado de tea, también tenía el suelo de madera. Por eso, cuando aquel miércoles 2 de junio de 1964 un cortocircuito en el coro interrumpió la tranquilidad de la siesta con una chispa, la iglesia de San Agustín quedó sentenciada.

Las llamas se expandieron como si se tratara de una caja de cerillas. La columna de humo negro que generó el incendio parecía un macabro rascacielos sobre la ciudad. En 20 minutos, el calor que desprendían las lenguas de fuego que abrasaban el templo fue tan intenso que a las casas de la acera de enfrente en la ancha calle San Agustín se les explotaron todos los cristales y la pintura de puertas y ventanas se derritió.
La iglesia se volvió incandescente y las cenizas en llamas que comenzaron a sobrevolar el casco histórico quemaron palmeras y causaron pequeños conatos que fueron extinguidos sin causar mayores consecuencias. Los techos de San Agustín se desplomaron en medio de un gran estruendo que asustó a la muchedumbre que ya se había congregado en los alrededores y comenzaba a temer entonces que la tragedia se propagara a edificios del entorno.

Eran tiempos en los que todo el municipio tenía una población de 50.000 habitantes, un tercio de la que tiene ahora. Los medios para luchar contra el fuego también eran mucho más precarios. Además de los bomberos de La Laguna, acudieron como refuerzo los del aeropuerto de Los Rodeos, dotaciones de Santa Cruz, tropas de artillería y hasta los equipos especializados de la Refinería. Las dos turbo-bombas de Cepsa "contribuyeron poderosamente a la extinción de las llamas", destacaron las crónicas periodísticas de la época.

La iglesia se quemó por completo y también la residencia anexa de los Padres Paules, que eran quienes estaban a cargo del templo agustino. El Instituto de Enseñanza Media –actual Cabrera Pinto– estuvo a punto de incendiarse también pero la valentía de los bomberos y de los voluntarios, que entraron con mangueras de gran presión en los pasillos más cercanos de la iglesia, impidió la propagación del siniestro.

Las viviendas cercanas fueron desalojadas y cuando el presidente accidental del Cabildo, Tomás Cruz, llegó al lugar ordenó el traslado de los enfermos ingresados en el Hospital de Los Dolores, que también estuvo amenazado por la gravedad del siniestro. Los pacientes con dolencias leves fueron evacuados a salas improvisadas en la Catedral y el Ateneo, donde los atendieron médicos y hermanas de la Caridad. A los más graves los llevaron en ambulancias al Hospital Civil de la capital.

Aquella tragedia no fue mayor debido a que ese día no hubo mucho viento. Gracias a eso, el incendio pudo ser sofocado antes de que anocheciera. Al oscurecerse la ciudad, podían verse todavía los rescoldos del fuego entre los escombros. Algunos vecinos se habían atrevido a entrar en la iglesia para salvar objetos de culto, bancos y varias de las muchas imágenes sagradas que había en el templo, tales como el Señor de la Cañita, propiedad de la antiquísima Cofradía de la Sangre (fundada en el siglo XVI) y la talla gótica del siglo XVII del Cristo de Burgos. Entre las rescatadas había una Dolorosa, una Magdalena, una Milagrosa pequeña, un Crucificado y el paso del Nazareno, que quedó mutilado.

Con el incendio desapareció, además, el cuerpo incorrupto de San Fortunato, que se encontraba en la parte baja del altar. El cuerpo había sido extraído de las Catacumbas de Roma en 1680 y donado por el Padre Guerra a Alfonso Nava y Grimón. Llegó a la Isla el 30 de agosto de 1681, siendo instalado primero en el oratorio privado del Palacio de Nava y posteriormente en San Agustín. El cuerpo se encontraba en una urna de cristal con remates de plata.

Uno de los testigos del incendio fue el Padre Adán. En ese momento era canónigo de la Catedral. En su habitación de la residencia episcopal, el sacerdote recuerda que estaba en Litografía Romero cuando le avisaron de que la iglesia se quemaba. "Cuando llegué estaba en llamas. Vi a una monja entrar y salir quemada con los vasos sagrados para la eucaristía y correr a ponerlos a salvo en la librería Curbelo. Los bomberos no dejaban de rociar agua en la casa del doctor Enrique González –que vivía enfrente– y el resto de viviendas cercanas. Fue todo muy impresionante. Daba mucho miedo", admite.

El Padre Adán había estado muchas veces en el interior de esta iglesia. "Era alta, esbelta, preciosa. Como era tan céntrica y de mucho culto, siempre había bastante gente. Los domingos iban a misa uniformados todos los alumnos del colegio cristiano que funcionaba en la calle La Carrera", añade.

Tiempo récord

Las informaciones periodísticas de esos días destacaron que los teléfonos se habían colapsado por la gran cantidad de llamadas que se produjeron durante el incendio. El servicio funcionó "con mucha irregularidad", apuntaban, aunque poco a poco se recuperó la normalidad. El alcalde lagunero en aquel entonces, José Luis Maury, convocó un pleno extraordinario esa misma madrugada. Durante la sesión se acordó donar 100.000 pesetas para la restauración de la iglesia. Además de ordenar que se modificara el presupuesto para disponer de esos fondos, Maury ratificó su compromiso con el proyecto y animó al municipio a apoyarlo asegurando que "sería un orgullo para todos los habitantes de La Laguna que el templo se levantara en un tiempo récord".

La pérdida del histórico edificio había generado gran impacto en la Isla y pronto comenzaron a sucederse los donativos. En unos tiempos en los que un obrero ganaba 6.000 pesetas al mes, una blusa costaba 265 y un periódico apenas dos, el Ayuntamiento de Santa Cruz, con Amigó de Lara como alcalde, se sumó pocos días después aportando otras 100.000 pesetas.

Pero, según apunta el Padre Adán, la idea de que la iglesia de San Agustín resurgiría de sus cenizas pronto comenzó a diluirse. "La ciudad ya tenía suficientes templos y comenzó a decirse que sería mejor convertir aquel espacio en una plaza pública".

El historiador lagunero Carlos Rodríguez Morales explica que la iglesia que se incendió era la tercera que construyeron los agustinos en esa parcela. La congregación llegó a La Laguna con el Adelantado Fernández de Lugo antes de que se produjera la Conquista. Su primera sede, de la que hay constancia documental desde 1501, era una casa de madera en la que abrieron un oratorio bajo la advocación de Convento del Espíritu Santo. Más tarde quisieron ampliar sus instalaciones y optaron por tirar abajo lo que había y construir un nuevo templo. "Lo que hicieron en la Catedral entre 1905 y 1913 ya lo habían hecho los agustinos un siglo atrás", recalca Rodríguez Morales.

Según detalla, esta congregación estaba muy conectada con las ideas de la Ilustración y quería hacer un templo moderno. Esto quedó reflejado, por ejemplo, en el altar mayor donde reemplazaron el habitual retablo por un tabernáculo eucarístico, igual al que después se hizo en la Catedral. "Esto representaba una religiosidad más intelectual", indica el historiador. Así surgió el diseño final, retranqueado para dejar espacio libre para crear la plaza que existe en la entrada del Cabrera Pinto. La iglesia fue inaugurada en abril de 1748. El Padre Machado fue el encargado de bendecirla un Domingo de Resurrección. Según narró el cronista oficial de la ciudad, José Rodríguez Moure, la emotividad de aquella jornada fue demasiado para el sacerdote y murió ese mismo día.

En el templo funcionó la célebre Universidad Agustina, en la que cursó sus primeros estudios San José de Anchieta. La labor devocional y de enseñanza de los religiosos fue muy importante en La Laguna. "Los frailes y los conventos son fundamentales para entender la historia entre los siglos XVI y XVIII en una sociedad marcada totalmente por la religiosidad", afirma Rodríguez Morales. Pero todo este mundo cambió en 1835 con la Desamortización. La expropiación forzosa de los monasterios por parte del Estado dejó a las congregaciones religiosas sin sus propiedades. Desde entonces, los agustinos quedaron desvinculados del convento, que se convirtió en un centro educativo, y de la iglesia, que quedó bajo la tutela de la Diócesis.

Hasta el siglo XIX, las iglesias se utilizaron como cementerios y esta no fue la excepción. Bajo sus cimientos hay 1.197 enterramientos documentados por un grupo de investigadores locales. "Ahí hay antepasados de toda La Laguna. Es un gran yacimiento arqueológico que lamentablemente no ha sido excavado", se queja Rodríguez Morales.

En 2005, el Ayuntamiento de La Laguna convocó un concurso internacional de ideas para definir el futuro de las ruinas de San Agustín, que ganó el estudio SIC. Su proyecto convierte la parcela en un centro sociocultural. Las ruinas se transforman en una plaza pública cubierta dedicada al esparcimiento de los vecinos y el inmueble aledaño, que ocupaban los Bethlemitas y que ahora está vacío, es un espacio cultural y de congresos. Anunciado a bombo y platillo, el proyecto lleva nueve años en una gaveta por falta de financiación.

Cuatro décadas después del incendio de San Agustín, otro cortocircuito y mucha madera de tea volvieron a causar el desastre. A solo 200 metros de las ruinas, el 23 de enero de 2006, se quemó el Palacio Salazar, construido en el siglo XVII y sede del Obispado Nivariense. Entre las valiosas piezas de arte que se perdieron estaban las esculturas genovesas de San Agustín, su madre, Santa Mónica, y la Virgen de la Cinta. Las tres habían sido rescatadas de las llamas en la iglesia agustina y trasladadas primero al Hospital de los Dolores y luego al Palacio Salazar. La talla de San Agustín tenía como símbolo iconográfico de su pasión religiosa un corazón en llamas.

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