Santa Cruz

El obrero de las profundidades

El submarinista Ángel Luis Díaz fue uno de los primeros profesionales de la Isla que trabajó en los muelles de Canarias

01.09.2013 | 02:00
Ángel Luis Díaz junto a la escultura de los pescadores de chicharros en el Mercado de Santa Cruz.
Ángel Luis Díaz junto a la escultura de los pescadores de chicharros en el Mercado de Santa Cruz.

Ángel Luis Díaz Beltrán es el más veterano de los submarinistas del Puerto de Santa Cruz. El chicharrero de 75 años intervino en importantes trabajos durante su carrera, como el rescate del remolcador Cepsa Segundo, momento en el que desempeñó su oficio a 54 metros de profundidad. También participó en la construcción de la base para el soporte de los bloques en el Dique del Este y en la Dársena de Los Llanos, además de trabajos de limpieza de buques a flote.
La vida laboral de este chicharrero siempre estuvo basada en el mar, de una forma u otra. Su relación con el gran azul comenzó en la Playa de San Antonio –donde ahora se encuentra el Muelle de Ribera–, cuando se zambullía y dedicaba sus días a coger marisco. Junto con su hermano y los amigos, se fugaba del colegio para ir a la costa.
Con 17 años ya se ponía un narguile –un tubo por el que se puede respirar aire de la superficie– y alcanzaba los 14 metros de profundidad. Allí se dedicaba a buscar algunas de las cosas que se caían de los barcos. Además, aprovechaba para hacerse con centollos que después vendía en un restaurante, así como el resto del marisco con el que se hacía, como los hostiones, las lapas o los burgados.
Su aventura con el submarinismo comenzó a los 24 años, un día que paseaba por el muelle chicharrero y se encontró con un buzo italiano que salía del agua. Le llamó la atención la profesión que desempeñaba el hombre y entabló una conversación con él, explicándole que tenía algunos conocimientos sobre ese oficio. Dio la casualidad, además, de que el italiano estaba buscando empleados para la empresa en la que trabajaba, propiedad de Antonio Pintor, y le ofreció trabajar con ellos. Ahí comenzó su vida de submarinista y ahí, además, le enseñaron muchos de los secretos de la profesión, de la que, en esos años, no era más que un aprendiz.
Años más tarde conocería al que ahora es su gran amigo, José Luis Samper Sepúlveda –propietario de Samper S.L.–, que lo contrató para viajar a África para trabajar. Se trataba de una campaña internacional en la que Díaz entró en contacto con submarinistas alemanes, franceses y estadounidenses. Allí estuvo entre dos y tres meses y allí siente que empezó su verdadera aventura en el submarinismo.
Gracias a su relación con Samper, Ángel Luis Díaz trabajó durante varios años en Las Palmas de Gran Canaria. Durante ese periodo, disfrutó mucho del trabajo que desempeñó y también le dio tiempo para hacer amigos. "Después de terminar de trabajar siempre íbamos a comer al mismo restaurante, donde ya conocía a todos los camareros. Guardo buenos recuerdos de esos años", asegura.
Durante sus años de trabajo, Ángel Luis Díaz realizó numerosas limpiezas de buques a flote, un trabajo muy sacrificado que solo con la aparición de nuevas tecnologías se ha visto mejorado. Se encargaba de desprender el marisco que de adhería al casco de los barcos para permitirles que avanzaran más rápido durante sus travesías. "Gracias a estas limpiezas, los barcos llegaban a ahorrarse horas e incluso días enteros de viaje", explica. Pero las herramientas eran escasas en esos años y el chicharrero únicamente podía aprovecharse de pequeños cepillos y espátulas con las que tenía que realizar todo el trabajo de forma manual. Sin embargo, reconoce que ahora el trabajo se ha simplificado mucho con la aparición de grandes cepillos mecánicos que pueden abarcar varios metros de limpieza en una sola pasada.
Además, durante su carrera realizó recuperaciones de anclas, llegando hasta los 81 metros de profundidad. Además ayudaba en las tareas de balizado, engrilletando las cadenas. También participó en algunas soldaduras.
Muchos de los trabajos que se realizaron en los años en los que se inició Díaz Beltrán fueron gracias a la mano de un buen equipo italiano que se asentó en Canarias durante ese tiempo. A pesar de que muchos jóvenes tenían la costumbre de zambullirse en las aguas que bañaban la capital para hacerse con centollos, cangrejos y todos los animales que se pudieran atrapar en las aguas chicharreras, eran pocos los que decidían consagrar su vida a este oficio.
Se trata de una profesión con un cierto riesgo, en el que el proceso de descompresión se hacía imprescindible al término de muchas de las jornadas laborales. Los trabajos que realizaba el submarinista chicharrero podían durar muchas horas, lo que suponía pasar un largo período de tiempo bajo el agua. En dos ocasiones, Ángel Luis Díaz temió por su vida ya que sufrió dolorosas en el hombro y tuvo que acudir a la cámara de descompresión que se encontraba en la Refinería chicharrera para que lo trataran.
Pero el profesional chicharrero asegura que "los buzos son gente experta, muy profesionales en su trabajo porque sabes que se trata de una profesión arriesgada".
A pesar de tratarse un trabajo arriesgado, Díaz explica que a los submarinista les quedaba tiempo para las bromas y las muestras de compañerismo. Fueron muchas las ocasiones en las que, cansados de esperar por los intervalos de descompresión sujetos a una cuerda, él y sus compañeros organizaban pequeñas peleas en las que los golpes quedaban amortiguados por el agua que los rodeaba.
Durante los años en los que trabajó de submarinista adquirió muchos conocimientos que, más tarde, transmitió a los jóvenes que querían consagrar su vida a esta profesión. A pesar de ello, Díaz jamás dejó de formarse en este oficio. Él recuerda con especial cariño un viaje que realizó a Cartagena para acudir a un curso al que acudieron submarinistas de diferentes nacionalidades para asistir a la Escuela Naval del Ejército Español.
A los jóvenes que llegaban llenos de ganas de aprender todos los secretos sobre el submarinismo no dudó en enseñarles, por ejemplo, cómo se hacían de forma adecuada los enrases –el proceso por el cual se nivelaba el fondo marino para después poder construir en él– bajo el agua.
Ángel Luis Díaz Beltrán ejerció durante gran parte de su vida una profesión dura y de alto riesgo donde los medios técnicos de la época eran muy limitados en lo que a seguridad y el tipo de trajes utilizados se refiere. A pesar de las duras jornadas de trabajo que tuvo que soportar, no duda ni un momento al afirmar que "si me quitaran 20 años de encima volvería a meterme en el agua", asegura.

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