Un chapuzón a cuatro patas

El tradicional baño de las cabras de Puerto de la Cruz congrega a unos 300 animales

25.06.2013 | 13:31
Un chapuzón a cuatro patas
Un chapuzón a cuatro patas
Un chapuzón a cuatro patas

El comienzo de la semana en Puerto de la Cruz no ha sido de perros, sino de cabras. Eran las ocho de la mañana y el muelle pesquero de la ciudad turística ya estaba lleno, aunque no como otros años. Pese a lo chistoso que sea, la mayoría de los congregados terminaron haciéndoselo encima, quizá, por el miedo que les daba entrar en el agua. Y es que no a todos les gusta meterse en el mar a primera hora de la mañana, con frío y sin haber probado nunca lo que es una buena ducha. No hubo ni una sola cabra de las 300 que participaron en el tradicional baño del 24 de junio que se remojara con ganas, aunque todo era por su bien. Así lo marca la historia.

Este ritual milenario proviene de los guanches y se dice que el agua salada ayuda a purificar el ganado para aumentar la fertilidad. Aunque los protagonistas son las cabras, en cada edición participan diversos animales. Si es costumbre que los caballos también se den un chapuzón, este año no pasaron por el puerto. Una oveja fue la única que se zambulló junto a sus compañeras de fiesta, aunque a desgana.
Los balidos de desesperación resonaban en el muelle. Las cabras salían corriendo despavoridas por las piedras intentando escapar de sus dueños, pero todas ellas terminaron con el flequillo mojado. Al fin y al cabo, se trata de "darles un baño, y eso está muy bien".

Concepción Morales y Jesús González miraban desde el muro cómo los animales luchaban a la desesperada. Son de Madrid y vinieron una semana a Tenerife a pasar las vacaciones, porque "la crisis es la crisis", bromeó Concepción. Aunque el sol no les ha acompañado mucho durante su estancia en la Isla, en el hotel donde se hospedan les comentaron que ayer se celebraba esta tradición y no quisieron perdérsela. No les importó madrugar porque "estamos acostumbrados". Además, "esto es un espectáculo", dijo Jesús sin quitar la mirada de la playa. A muchos les parece una fiesta dura ya que estos animales no disfrutan en la celebración, pero el matrimonio madrileño aseguró que han visto fiestas mucho "más duras que ésta", como "tirar a una cabra desde un campanario o los toros embolados". "Eso sí que me parece fatal", agregó Concepción Morales.

Entre los espectadores también estaban Alexander W. y Katia L., un matrimonio germano que se ha asentado en Tenerife y que manejan muy bien el español. "Ahora tenemos poco trabajo y nos hemos escapado a verlo". A los alemanes les "parece duro" el baño de las cabras, pero la fiesta es "importante porque es cultura" y, a pesar de no ser tinerfeños de pura cepa, "entendemos la celebración", afirmaron.

Lo que los pastores tienen claro es que el agua salada "es muy buena" para la salud de los animales, subrayó Domingo Doniz, un cabrero de La Orotava que se levantó a las tres de la mañana. Por este motivo, aunque los rebaños salgan por patas, son metidos a la fuerza, ya sea cargando a hombros con cada uno de ellos o arrastrándolos por los cuernos. Domingo lo lleva en la sangre, porque "esta es la carrera que me dio mi padre", subrayó.

A paso ligero pero, sus 80 cabras caminaron montaña abajo hasta llegar al puerto cuando despuntaba el sol. "Participo en esta tradición desde hace 20 años. ¡Go, go!", explicó mientras llamaba a los animales con palabras ininteligibles para el ser humano.

Parece ser que este oficio se hereda, al menos en la mayoría de los casos. O si no que se lo pregunten a José Gregorio Farrays y Fabián Casañas, dos primos de 22 y 19 años respectivamente. Aunque la mayoría de los jóvenes estarían durmiendo la mañana, ellos decidieron madrugar para pegarse un chapuzón con su manada. Cuando comenzaron a arder las hogueras en la noche más corta del año, ellos iniciaron la marcha desde La Perdoma. "Esto es una tradición y hay que venir para que no se pierda". "Llevo ya 10 años participando", señaló José Gregorio jadeando después de llevar a una de sus cabras al agua. Estaba empapado y cansado, pero no dejaba de sonreír.

"Ése es mi primo. ¡Ven para que cuentes!", le dijo a Fabián Casañas, que estaba igual de exultante que él.

Si el mayor llevaba su cargo 70 cabras, el más pequeño no se quedaba atrás, con unas 60. "Cuando tenía nueve años ya estaba aquí", dijo Fabián Casañas mientras miraba a su primo sonriendo. También estaba empapado y por el rabillo del ojo observaba a su rebaño, que a su vez era controlado por los perros pastores. "Esto es de generación, porque mi abuelo también era cabrero", añadió José Gregorio.

Son conscientes de que "a los pibes de nuestra edad" no les gusta ser cabreros. "Es un trabajo perro, porque tienes que dedicar tu vida a esto, pero ahora mismo todo el mundo está en el paro" y, además, "es lo que nos gusta", indicó el mayor.

Ellos vivieron una noche mágica de San Juan muy diferente a la de la mayoría, pero también tuvieron su hoguera, según indicó Fabián. Se pusieron en marcha desde La Perdoma hasta el muelle a la medianoche y durmieron a la intemperie. "Nos quedamos al aire libre, sin mantas ni nada". De ahí que terminaran picados por los mosquitos, por lo que ese baño a primera hora de la mañana no solo sirvió para despertarse, sino también "para curar" las ronchas, dijo el más pequeño mientras bromeaba con su primo.

Mientras los jóvenes se zambullían en el agua con las cabras, Manuel Farrays observaba el panorama con su sombrero negro y su vara de pastoreo. De vez en cuando daba golpes en las piedras con el palo para ayudar a controlar las cabras, ya que en cuanto veían que alguien se les acercaba, salían corriendo al suponer lo que les esperaba. Él es el padre de José Gregorio y acude a esta fiesta portuense desde que era un niño. "Venía con mi padre, que también era cabrero". "Antes atendía yo a los animales, pero ahora lo hace mi hijo y así se entretiene". Con este legado, además, si libra del baño mañanero, porque está claro que "yo no me meto", comentó con una sonrisa.

Mientras los más jóvenes demostraban su energía cargando cabras para arriba y para abajo durante un buen rato, Moisés se lo tomaba con más calma. Estaba sentado en las piedras viendo cómo sus compañeros purificaban el ganado. También salió desde La Perdoma el día anterior y, aún así, "se me hizo tarde". Explicó que es un reto dirigir a los animales por esta "jungla", entre los coches, los jardines y las urbanizaciones que rodean el puerto. Otra de las complicaciones de ayer de madrugada fue que estuvo sin agua hasta las dos de la mañana. "¡Chuchín, cuidado!", dijo de repente a su perro de color azabache, que estaba sentado en las escaleras junto al rebaño. Aparte de Chuchín, también estaba Catalina, que descansaba plácidamente en las rocas después del largo trayecto realizado. "¡Qué bonita Catalina tan pequeñita y buena ella!", le dijo su dueño mientras la presentaba. Como no podía ser menos, Constantino tampoco quiso perderse la fiesta. "Él es el hijo de los otros dos perros", explicó Moisés, aunque, por tamaño, le sacaba unos cuantos centímetros a su madre.

Señaló que cada vez que puede acude a esta celebración, y lo cierto es que el año pasado "no llegué a tiempo". "A las tres de la mañana se me desparramaron las cabras". "Por eso hay que hacer el trayecto programado y como nómadas, no venir forzados", puntualizó. Lo importante es que "no se pierda la tradición, porque ha quedado sepultada y muchos ni conocen esta fiesta". Afirmó que es un amante de los animales, sobre todo de las cabras y los caballos. "Me gusta lo que hago y prefiero vender leche que alcohol o gominolas". Es un modo de vida "sostenible" y lo triste es que "no se tiene en cuenta", lamentó Moisés S.

A esta fiesta, sin embargo, no solo acuden cabreros, sino también personas como Julián Rodríguez, a los que les gusta beber leche fresca. El septuagenario pudo disfrutar ayer de un buen vaso, ya que algunos de los pastores ordeñaron a sus rebaños junto a la orilla del mar. "Este año hay menos gente, pero lo importante es que siga la tradición", recordó el asistente, que acude a esta fiesta desde hace muchas ediciones.

Julián Rodríguez estaba sentado en el muro del muelle junto a Bernarda Yanes y su nieta Ainoha, que se mostraba indiferente a la fiesta. La pequeña, de tan solo dos años, se entretenía jugando mientras su abuela y el acompañante conversaban. "Allí está el cabrero más mayor del Norte", dijo el hombre señalando para Paulo, de 87 años. El abuelo de los pastores estaba sentado en frente de ellos con su sombrero y su bastón de madera. Rápidamente, se dio cuenta de que Julián estaba hablando de él y le espetó: "¡Qué habla usted!".

Entre bromas, su amigo le contestó: ¡Mira que no te quiero!". Esa frase arrancó una sonrisa a Paulo., que seguidamente volvió a mirar hacia el mar. "Llevo toda la vida viniendo y todos mis hijos tienen cabras", explicó el anciano sin dejar de mirar los rebaños. "Antes venían más animales, caballos y todo, pero ahora participan menos", agregó el abuelo de los pastores.

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