SANTA CRUZ

La abuela de la capital

Rosalba Castro afirma que la clave para llegar a sus 108 años es pasear y comer sano

31.12.2012 | 02:23
La abuela de la capital La abuela de la capital

Largos paseos por las calles de Santa Cruz y comer muy sano son las claves para llegar con buena salud a los 108 años. O al menos eso cree Rosalba Castro, la abuela de la capital, la mujer más longeva del municipio chicharrero.
Los que la conocen dicen de ella siempre ha sido una mujer elegante, coqueta y reservada, siempre preocupada por los suyos y por su entorno. Castro ha tenido una vida cargada de emociones, alegrías y algún que otro viaje. Las tristezas, aunque también ha habido muchas, prefiere no recordarlas.

Esta chicharrera, la tercera de siete hermanos y la única que aún vive, nació el 15 de febrero de 1903 en la casa de sus padres, él comerciante y ella ama de casa, en la Avenida de Las Asuncionistas. Durante otra época vivió también en la calle Cruz Verde, que entonces llamaban popularmente la calle de las tiendas. "Allí había dos hoteles, el Hotel España y el París House, que era donde iban a quedarse los artistas que venían a actuar al Teatro Guimerá", cuenta la mujer. "Eran los establecimientos de más prestigio, además del Hotel La Orotava, el mejor de la ciudad, que estaba donde el actual edificio Olympo", aclara.

Ahora, desde hace un año, reside en el Asilo de Santa Cruz, el hogar de Nuestra Señora de La Candelaria, que también ha cumplido ya el centenario cuidando a los mayores de la capital. Doña Rosalba lo tuvo claro. Desde hace varios años sabía que allí era donde quería estar. "Yo colaboraba económicamente con ellas todos los meses. Me gustaba la labor que hacían. Aquí se vive muy bien. Es casi como un hotel", afirma. Allí ocupa el tiempo con sus compañeras y amigas, entre tablas de gimnasia, viendo algún programa en la televisión y alguna que otra charla.

Pero ella no siempre ha vivido con tanta tranquilidad. Su sobrino, Joaquín Castro, dice de ella que en su juventud era "muy activa". "Siempre estaba paseando de un lado a otro. Y nunca cogía transporte ni para volver a casa", cuenta. Doña Rosalba recuerda sus largas caminatas desde la calle Tomás Morales, donde vivió durante muchos años, hasta el muelle y el posterior regreso a casa. En aquella época eran muy comunes los pateos por este espacio, porque según indica esta chicharrera "allí había un malecón muy bonito". Después tomaba los cortados en los paragüitas o el Café Atlántico, en la calle La Marina, "que entonces ya existía", aclara.

Entre tantos recuerdos, a Rosalba no le supone ningún esfuerzo rememorar cualquiera de ellos. Pero si hay algo que parece estar grabado en su memoria son los bailes a los que asistió cuando era joven. "Me gustaba mucho bailar e ir a las Fiestas de Mayo, al Baile de Magos y a las celebraciones del Círculo de Amistad XII de Enero", afirma la mujer al tiempo que se le encienden los ojos.

Pero si había algo que de verdad le gustaba a Rosalba era ir al Teatro a ver Zarzuela. "No dejaba de asistir a ninguna. Le encantaba", cuenta por su parte su sobrino Joaquín. La mujer afirma que la Plaza de La Candelaria era también un punto muy concurrido de la ciudad. Y lo sigo siendo. Allí se congregaban cada tarde los solteros para conseguir pareja. "Había un trabajador del Ayuntamiento, Dimas, que colocaba sillas a los laterales del recinto para que los chicharreros se sentaran a charlar y después nos cobraba. Alguno se escabullía sin pagarle", recuerda. La procesión de San Antonio, que salía de la Iglesia de San Francisco de Asís, junto a la Plaza del Príncipe, una de las parroquias más conocidas y más antiguas de la ciudad, era también punto de encuentro de las jóvenes de Santa Cruz que acudían a pedirle al santo un novio.

Sin embargo, a pesar de que Rosalba tuvo tres parejas, ninguno fue del agrado de sus padres, por lo que nunca se casó. "Entonces eran otros tiempos y el consentimiento de los progenitores era fundamental", explicó. No obstante, volcó todo su cariño en sus sobrinos, a los que cuidaba, educaba y llevaba a jugar a los parques de la capital acompañada por su hermana Concepción. "Tiene sobrinos para los que ha sido una madre", asegura Joaquín.

Se puede decir que lo que menos le gustaba era cocinar, aunque con los años, tras muchas horas a cargo de sus sobrinos, aprendió por necesidad. La abuela de Santa Cruz admite que a pesar de que no tiene un plato favorito, si que le gustaba degustar alguna receta acompañada por un fisco de gofio. Las lentejas, confiesa, es lo único que apenas come. "No me gustan nada. Cuando me las ponen en el asilo solo me como un par de cucharadas", afirma con cierta resignación.

El cine era otra de sus debilidades, aunque asistía con menos frecuencia que al teatro. El Parque Recreativo, el Royal Victoria o el Toscal, "que era muy barato", eran sus salas favoritas. Entonces con tan solo unas pesetas, llegaba para la entrada y algo para comer. "Incluso llegué a pagar con las pesetas y las medias pesetas de plata", manifestó la mujer.

Castro afirma que la ciudad ha cambiado mucho desde entonces, y en algunos casos a peor. Por ejemplo, recuerda la Plaza de España, donde había un parque al que todos los niños de los alrededores iban a jugar. "Enfrente del Cabildo había unos jardines preciosos". Sin embargo, confiesa que después de tanto cambio ve a Santa Cruz "más triste". "Antes el centro era más tranquilo y seguro. Incluso había gente que se dedicaba a cuidar los espacios más emblemáticos por la noche, por si por algún casual pasaba algo", asegura.

Por eso, cuenta, el Carnaval chicharrero ya no le gusta nada. En aquella época existía la tradición de comer truchas y pestiños. "Era mucho más divertida la fiesta con las máscaras. Yo alguna vez me disfracé de mamarracho, ataviada con sábanas y un sombrero", relata.

Entre sus aficiones también estaba la costura, a la que dedicó muchos años, sobre todo durante la Guerra Civil, entre 1936 y 1939, y en la posguerra. "Todas las mujeres de Santa Cruz íbamos a trabajar a un lugar que se llamaba Taller Patriótico, donde cosíamos camisas y pantalones para enviar a la Península a los soldados canarios que estaban luchando en el frente", indicó.

La mujer cuenta que la posguerra fue "horrible", entre otras cosas porque no había nada para comer. Pero por suerte, rememora, durante la guerra venían muchos barcos ingleses que traían galletas, mantequilla y bombones, entre otras cosas. "Para conseguir telas para sábanas y almohadas había que hacer cola en la Plaza Weyler". Entonces también las familias se alimentaban gracias a las cartillas de racionamiento que se les entregaba a cada miembro. "Pero apenas daban algunos alimentos básicos. Un litro de aceite, un kilo de azúcar...", explica Castro.

Barcelona, Alicante o Madrid fueron algunos de sus destinos. Nunca viajó más allá de la Península. Sin embargo, en algunas de estas provincias llegaba a pasar hasta un mes. "El barco a Cataluña tardaba tres o cuatro días. A mí me gustaba el avión. Es más rápido", indica Castro.

Aunque ya no puede viajar, disfruta de las visitas de voluntarios y grupos de baile y música que acuden a su querido asilo para conocerles y actuar. Sin embargo, si hay algo que le hace desplegar una amplia sonrisa es escuchar música de su época. "El año pasado, cuando vino la tuna, me pusieron una capa sobre los hombros y me dedicaron una canción", relata. Ahora que ha llegado la Navidad es el turno de algunos colegios que acuden a cantar su repertorio de villancicos. "Aquí vivo muy bien", dice en un suspiro antes de continuar disfrutando de las voces de los chicos.

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