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Santa Cruz

Una atalaya con vistas al Atlántico

Los más de 1.200 vecinos de Los Campitos presumen de una vida serena en el campo y aire puro a solo cinco minutos del centro

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Una atalaya con vistas al Atlántico
Una atalaya con vistas al Atlántico 

ANDRÉS LOBATO
Dicen sus residentes que no hay lugar en todo Santa Cruz donde se respire un aire más puro, se tengan mejores vistas y donde nazcan mejores luchadores. Afirman que su barrio conserva lo mejor de un pueblo a menos de cinco minutos del bullicio y ajetreo del centro de Santa Cruz, donde es posible saludar por su nombre prácticamente a cada vecino, dejar las puertas abiertas de las viviendas sin correr riesgo alguno e incluso que las viviendas particulares alberguen a la Virgen durante una noche.

Y es que Los Campitos se trata de algo especial. Al menos así lo entienden con orgullo las más de 1.100 personas que duermen, habitan y se relacionan entre sí en este paraje marcado por las escarpadas laderas y las miles de chumberas y otras especies que las colorean.
Para muchos santacruceros, tan solo oír el nombre de Los Campitos los transporta mentalmente al Parque de Las Mesas, un espacio de ocio de los vecinos de la capital desde hace décadas. Sin embargo, muy pocos conocen que era un caserío hasta hace poco más de un siglo. Allí, al igual que sucede en la actualidad, acudían desde todo el municipio los jóvenes a practicar lucha canaria. Tal vez por eso la zona era conocida por todos como El Campo. No fue hasta muchos años después cuando el caserío dejó de ser tal para convertirse en el barrio que es ahora y cambiar su nombre por el de Los Campitos.

"Hasta aquí subían de todas partes para participar en las fiestas de El Carmen y algunos incluso se quedaban", explica Antonio Ramos, uno de los vecinos que más conoce la historia y las tradiciones de este núcleo poblacional. Con sus propias manos y acompañado por los entonces presidente canario y alcalde de la capital, Miguel Hermoso y José Emilio García Gómez, respectivamente, plantó hace más de 25 años tres de los primeros dragos que ahora crecen junto al Parque de Las Mesas.

Ramos reconoce que acudía hasta este privilegiado enclave cuando busca evadirse un poco de los problemas diarios o en esos momentos en los que precisa estar solo. "En Santa Cruz no hay una vista igual en ninguna parte", afirma mientras echa la mirada atrás hacia alguna de las cientos de instantáneas que conserva en su cabeza sobre este espacio.

"Esto era un sabinar hace más de 300 años, pero luego pasó a ser un espacio para los árboles y el pasto. Recuerdo como plantamos más de 5.000 sabinas aquí hace varias décadas con los niños del colegio del barrio", rememora a medio camino entre la melancolía y el orgullo.
Tal vez sean esos los sentimientos que hacen que este extrabajador municipal y político local ansíe tanto la finalización de las obras en Las Mesas. "Todos tenemos muchos recuerdos aquí, desde las chuletadas a venir con los amigos o las novias", apunta Juan Antonio Rodríguez, el presidente de la Asociación de Vecinos Los Campitos. Y es que no son pocos los vecinos de la capital que han aprovechado esta atalaya sobre el litoral sancrucero para encandilar a su media naranja o para dejar correr el tiempo contando los barcos que entran y salen en el Puerto capitalino.

"Pienso que las obras estarán finalizadas en un par de años y cuando las terminen no habrá lugar igual en el municipio. Pero hasta entonces hace falta más seguridad y vigilancia. Aquí ponen algo y a los dos días ya ha desaparecido", subraya.
Pero Los Campitos no es solo este parque. En sus laderas y cumbres ofrecen al visitante el lugar idóneo para prácticas tan diversas como la hípica, la caza, el ciclismo o el senderismo, una actividad ligada a la propia historia de este núcleo poblacional a través del Camino Real que comunicaba hace muchas décadas el entonces Puerto de Santa Cruz con La Orotava.

Tal vez por su orografía, Los Campitos también sobresale por encima del resto en lo que el mantenimiento de las tradiciones se refiere. La danza de palos, los juegos tradicionales, el folklore o la lucha canaria forman parte de estos vecinos casi tanto como esa sensación de tranquilidad solo interrumpida por el ladrido de los perros.

De esa serenidad saben mucho las hermanas Antonia y Dolores Suárez. Sentadas en las escalera de la casa familiar conversan durante horas mientras se dejan embelesar por el paisaje y el mar. Afirman que no podrían vivir en otro sitio. "Aquí vivía nuestro padre. Era herrero y hacía todo tipo de herramientas para trabajar", explica la menor de estas hermanas mientras señala a una pila de piedra de más de 200 años que descansa junto a un ajado muro.

Unos segundos con ellas bastan para comprender parte de lo que es y era Los Campitos. "Aquí estamos muy bien. Somos todos familias o casi", apunta Antonia. Ella todavía recuerda cómo trabajaban hace cinco décadas sus parientes y vecinos en las antiguas minas de polvo de aluminio situadas donde ahora se erige la presa. "Todavía me acuerdo de cómo mi tía bajaba a Santa Cruz a venderlo a lomos de la burra", apostilla.
Apenas a 200 metros de su vivienda, se levanta el edificio de la asociación de vecinos, uno de los lugares más concurridos del barrio en el que el sonido de las piezas de dominó es una constante. Allí acuden los residentes más veteranos, pero también los jóvenes y los recientemente llegados a este núcleo.

"Sobre todo destaco la tranquilidad. En Ofra no podíamos dejar la puerta abierta", destaca Tamara González. Junto a su pareja, Tomás González, decidieron dejar las prisas y la falta de espacio de la ciudad para mudarse a Los Campitos. Cinco años después, no se plantean el viaje de vuelta. "Aquí lo tenemos todo. El colegio, el parque infantil, las canchas y decenas de sitios para pasear", relata.

De los férreos vínculos en el barrio da buena prueba su participación en una de las tradiciones más especiales para los vecinos de Los Campitos. Con motivo de las Fiestas de El Carmen, que se celebran precisamente estas semanas, cualquier residente puede solicitar alojar la talla de la Virgen durante una noche en su casa; unas horas en las que la vivienda se convierte en centro de peregrinaje para decenas de personas. "Es un honor y una muestra de lo contento que estamos aquí", recalca Tomás.

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