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SOL RINCÓN BOROBIA
SANTA CRUZ DE TENERIFE
A José Domingo Herrera le dio por enamorarse del vino en Barcelona y en 1969. Podría haberle dado por hacer otras cosas, pero no. Se enganchó a la profesión de sumiller y la arrastró por la vida, incluso mucho antes de que la comenzara a ejercer.
Todo comenzó cuando unos amigos lo invitaron a hacer un curso de cata que ofrecía Bodegas Torres en un hotel de la capital catalana. Una vez terminado, el vino no volvió a salir de su vida. Años más tarde se convirtió en el sumiller del hotel Mencey, en Santa Cruz, donde estuvo 36 años trabajando, hasta su jubilación en el año 2009.
La retrospectiva de José Domingo comienza en el antiguo barrio de El Cabo, entre el barranco de Santos y el mar, en tiempos en los que la niñez se hacía en la calle, las casas ponían fin a sus fachadas con pequeñas tejas, y por las noches los vecinos se sentaban al aire para charlar.
De esos días, recuerda también los baños que se daba en el Charco de la Casona, una pizca de mar que quedaba atrapada tierra adentro y que alegró los juegos a los niños. Y tampoco olvida la fraternidad que se respiraba en el barrio, una camaradería que echa en falta hoy.
Su padre, mecánico en la refinería, y su madre, ama de casa, trabajaron duro, centrados en sus cuatro hijos, a los que había que sacar adelante, darles una educación, cuidarles, atender sus necesidades, y también algún capricho. José Domingo, por ejemplo, tenía una voz bonita que quería mostrar al mundo. Y aunque a regañadientes, su padre accedió a ello. Así, a los siete años ya cantaba en Radio Club Tenerife.
Con el micrófono a su altura y un pianista como acompañamiento, lanzaba a las ondas canciones de Antonio Machín y otras muy conocidas, como Clavelitos o La Campanera. Y lo hacía gratis, sin cobrar un duro. "Eran programas por amor al arte", indica.
También hizo otros trabajos por amor al arte, como ayudar en la cafetería Orly, que la regentaba una tía suya en la calle Callao de Lima. Y le encantaba. Todo lo que fuera tratar con la gente le gustaba. Como era un niño cuando empezó a echar una mano a su tía, tenía que subirse encima de una caja de cervezas para llegar a la máquina del café. Pero, además, fregaba vasos y todo lo que se terciara.
José Domingo nunca fue una persona de quedarse en casa sin hacer nada. Inquieto de nacimiento, y también por convicción, después del colegio decidió estudiar Mecanografía y Taquigrafía, gracias a lo que pudo acceder a su primer trabajo remunerado en un empresa de la calle La Rosa. Pero, ansioso por aprender más cosas, sacó el Bachillerato y se matriculó en Psicología.
La música continuó siendo parte de su vida durante unos años. De hecho, llegó a vivir de ella hasta el año 73. Y hasta participó en el festival de primavera que cada año se organizaba en el Parque García Sanabria. El año que él concursó defendió una canción compuesta por Eduardo Bastardi, el autor de la célebre Farola del mar. Incluso acudió como invitado Antonio Ruiz Soler, El bailarín. Fue toda una fiesta, de las que ya no se hacen, dice.
Para José Domingo, Santa Cruz no es lo que era. "Antes era una ciudad más divertida y animada. Era perfecta para vivir. Ahora, Santa Cruz no está en su mejor momento", opina. Y un consejo que da a los profesionales del sector servicios es que traten con amabilidad a los clientes, ya sea en un hotel o detrás del mostrador de un supermercado. "Acabo de venir de Jaén y estando allí en una pescadería, al entrar, aunque había mucha gente, la dependienta enseguida me dijo: Señor, en un momento estoy con usted", explica como ejemplo de cómo recibir a un cliente. Y habla por propia experiencia, ya que él ha dedicado su vida profesional a este sector. Antes de ser sumiller en el Hotel Mencey, fue camarero. La canción quedó atrás en una época de su vida y jamás volvió a ella. Se dedicó por completo a la hostelería, y no le fue nada mal.
Comenzó en el Hotel Victoria de Mallorca. Este trabajo le permitió conocer a gente célebre, como por ejemplo a los reyes de España, cuando aún eran príncipes. Incluso tuvo en sus brazos a las dos infantas y al príncipe Felipe cuando eran unos críos. Los días en aquel hotel los recuerda con mucho cariño y asegura que lo pasó muy bien. "Fue una gran época". Sin embargo, un día decidió volver a Canarias. Su intención era trabajar en Lanzarote, en el hotel San Antonio, pero el destino le reservó otra cosa.
En Las Palmas de Gran Canaria se encontró con un conocido al que le explicó su intención de marcharse a Lanzarote, pero éste enseguida le quitó la idea de la cabeza. "Me dijo que qué iba a hacer alguien tan joven como yo en Lanzarote", así que le recomendó irse para el hotel Mencey.
Y allí se fue, con una previsión de estancia de tres meses como máximo. Pero el caso es que el tiempo fue pasando y los tres meses se convirtieron en 36 años. Unos años de mucho trabajo, que lo auparon hasta ser sumiller del hotel.
Para ser sumiller hay que tener, ante todo, un buen olfato. Pero no es lo único. Lo que hace de un sumiller un buen profesional son otras muchas cosas, que tienen que ver con la vista, el gusto y la psicología. Esto último es fundamental porque se trata de ir un paso por delante de los gustos de los clientes en cada momento.
Y en eso, José Domingo Herrera se aplicó lo suyo, fiel a sus convicciones. "Cada cliente tiene su vino, su mundo, y hace falta mucha mano izquierda", afirma. Según su experiencia, los santacruceros son clásicos en sus gustos y raramente cambian de vino. Por eso, el mejor momento del día para él era cuando los clientes, antes de marcharse del hotel, lo buscaban para despedirse personalmente. "Esa noche, yo era el hombre más feliz".
En el hotel Mencey no paraba. Sus responsabilidades pasaban por llenar las neveras, controlar la temperatura en la bodega, llevar un registro de los vinos, ayudar a la elaboración de los menús de bodas, comuniones, bautizos y demás celebraciones, atender a los clientes, encargarse de los licores y de los puros, organizar degustaciones... Y, además, como sumiller también tenía que hacerse cargo del café, el azúcar y el aceite, ya que hay infinidad de clases y sabores.
Pero ahora, hace ya tres años que disfruta de una jubilación tranquila, aunque sigue colaborando con medios de comunicación y, además, escribiendo. José Domingo es autor de un docena de libros de poesía, relatos cortos y de psicología.
Parar, no para. Además de escribir, sigue viajando todo lo que puede, disfruta de su casa en el sur de la Isla, pasea con su perro y, en definitiva, vive. Pero vive con alegría. Al menos, ese es su lema: intentar vivir cada día como si fuera el último, siempre respetando a los demás y sin olvidar una copa de vino al día.
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