EN DIRECTO
Santa Cruz

Pensamiento inquieto

Alonso Fernández del Castillo fue presidente del Ateneo, Secretario General del Cabildo y profesor ayudante de Derecho Administrativo de la Universidad

 03:00  
Alonso Fernández del Castillo en su casa de La Laguna.
Alonso Fernández del Castillo en su casa de La Laguna.  andrés gutiérrez

SOL RINCÓN BOROBIA
SANTA CRUZ DE TENERIFE
Alonso Fernández del Castillo Machado se encontró con la Guerra Civil española al abrir la ventana del dormitorio de su tía Magdalena. Tenía siete años. Al asomarse la mañana del 18 de julio de 1936, vio como un camión lleno de soldados con mosquetones paraba justo en frente, donde había una sede sindical. También escuchó disparos provenientes de otras calles. Así, en pocos minutos, él y su familia estrenaron contienda.
Pero esa no fue la única ventana que Alonso Fernández del Castillo ha abierto a lo largo de su vida. También ha sabido sacar la cabeza a otros aires menos represivos y dramáticos que le han ido forjando a golpe de tertulias, estudio e inquietudes. Así, pasó de ajustar su infancia y juventud a la guerra y la posguerra, a licenciarse en Derecho y trabajar en distintas instituciones públicas hasta llegar al Cabildo de Tenerife. Además, fue profesor en la Universidad de La Laguna, presidente del Ateneo y director del Instituto de Estudios Canarios.
Hoy respira tranquilidad en su casa lagunera, pero sus 83 años han cosechado innumerables vivencias, algunas de las cuales siguen en su memoria como si hubieran ocurrido ayer. Durante la guerra civil, por ejemplo, pasó una temporada en La Gomera, ya que su padre era administrador de una finca familiar. En esos días, mientras sus padres intentaban tirar para adelante como podían, él correteaba por el campo sin más preocupación que divertirse.
Pero la guerra mermó las exportaciones y las pocas que había entre las islas estaban casi monopolizadas, con lo que los guacales de su padre se quedaban muchas veces en la costa, sin salida comercial. Finalmente, la familia regresó a Tenerife y vivió en Santa Cruz un tiempo, antes de instalarse definitivamente en La Laguna, en una casita al final del Camino Largo.
Allí, su madre montó una granja de gallinas y conejos para subsistir, y a Alonso se le veía a menudo empujando un carrito por las calles laguneras para transportar la comida de los animales.
En plena contienda española, la relación con la muerte y la enfermedad era estrecha. Muchos de los soldados que regresaban del frente estaban afectados por la tuberculosis, y muchas personas en Tenerife fueron fusiladas y amenazadas de muerte. Alonso rememora el horror que le produjo oír un día cómo invitaban a su padre a asistir a un fusilamiento, una invitación que su progenitor rechazó de forma inmediata. O aquella otra vez que, en la puerta de la casa de sus abuelos, apareció un papel pegado en el que se informaba que su abuelo era una persona a liquidar. Y hace un año escasamente, se encontró entre los papeles de la familia una notificación de la Guardia Civil, datada poco después del 18 de julio de 1936, en la que informaba a sus padres de que se había encontrado en una casa una lista de hombres que había que matar y en ella estaba el nombre de su padre.
Después de la Guerra Civil vino la II Guerra Mundial, y con ella más escasez. Recuerda que, como no había balones con los que jugar, él y sus colegas hacían pelotas con calcetines viejos rellenos. Eran los años 40, años duros donde se fraguó "la generación del traje virado", como la definió el escritor Alfonso García Ramos, que más que un amigo fue un hermano para Alonso.
"Vivir aquellos años nos permite comprender muy bien la miseria. Nada que ver con estos tiempos. Ahora estamos viviendo una crisis en medio de muchas comodidades", reflexiona desde la perspectiva de su experiencia.
Ya de adulto, tras estudiar Derecho, montó su propio despacho de abogados y luego se pasó al sector público ejerciendo distintos cargos en la Audiencia Provincial, en los ayuntamientos de Santa Cruz de Tenerife y Güímar y en el Cabildo de Tenerife, donde llegó a ser Secretario General.
Además, fue ayudante de profesor de Derecho Administrativo en la Universidad de La Laguna, donde vivió una de las épocas más interesantes de su carrera. Allí participó en un seminario de donde surgió la idea de publicar, con la ayuda del Cabildo, una colección de libros sobre el Derecho Administrativo de Canarias, en la que él aportó su propia investigación sobre las mancomunidades provinciales interinsulares.
Seminarios, tertulias, debates, conferencias, reuniones culturales y políticas han sido una constante en su vida, en su afán de escuchar todas las opiniones y sacar brillo a sus propios pensamientos e ideas. La gestación de todo esto tuvo lugar en Madrid, cuando residió en el colegio mayor César Carlos para preparar oposiciones.
Allí tomó contacto con personas de sólido ideario, como el jurista y político Raúl Morodo, con el que compartió habitación en el colegio mayor; el sociólogo, político y escritor Enrique Tierno Galván; el sociólogo Jesús Ibáñez; el filósofo José Luis López Aranguren; o el escritor y político Dionisio Riduejo.
Así, en corrillos de este calibre, Alonso Fernández del Castillo fue haciendo amistades y cultivando la mente. De hecho, todas estas vivencias le sirvieron de mucho cuando entró a formar parte del Ateneo de La Laguna. Antes, durante y después de presidir esta entidad, trajo a muchos conferenciantes punteros, a pesar de que sus perfiles progresistas no coincidían con el régimen dictatorial de la época.
Cuando se hizo socio del Ateneo, a la primera persona que invitó fue al padre José María Díez-Alegría. Según recuerda Alonso, su discurso progresivo causó escándalo entre cierta gente y a los Jesuitas de Santa Cruz no les gustó nada el mensaje desinhibido del religioso.
Hasta entonces, no había en Tenerife ninguna institución que trajera conferenciantes fuera de los cauces del régimen, pero todas las charlas tuvieron gran éxito en La Laguna y en Santa Cruz, ya que un día se hacían en una ciudad y al día siguiente en otra.
Una vez nombrado presidente del Ateneo, este lagunero logró que José Luis López Aranguren diera una charla y, unos meses más tarde, invitó a José Luis Sampedro. Así que estrenó su cargo en la directiva a lo grande.
Alonso Fernández del Castillo guarda en su memoria infinidad de reuniones, tertulias y conferencias de personajes que luego se convirtieron en amigos. Por ejemplo, aún recuerda una comida en Madrid con Joaquín Ruiz Jiménez, cuando éste ya no era ministro y Cuadernos para el Diálogo estaba en pleno auge.
El político pasó gran parte del encuentro hablando sobre las gestiones que tuvo que hacer para intentar, sin éxito, salvar la vida a Julián Grumeu, un político comunista condenado a muerte por Franco. Esta y otras conversaciones con tantos y tantos pensadores, escritores, economistas y políticos enriquecieron la vida de Alonso, ávido por saber mucho más de lo que los periódicos contaban. "Era otro mundo sobre el mundo impreso", explica.

  HEMEROTECA
  LA SELECCIÓN DE LOS LECTORES
 LO ÚLTIMO
 LO MÁS LEÍDO
 LO MÁS VOTADO

Suplementos

 
 
  CONÓZCANOS:  CONTACTO |  LA OPINIÓN |  LOCALIZACIÓN     PUBLICIDAD:  TARIFAS |  CONTRATAR  
laopinion.es es un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de laopinion.es. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 

  

Aviso legal
 
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca | El Diari  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Granada  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  |  La Nueva España  | Levante-EMV  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad | Oscars | Premios Goya