Santa Cruz

Con Chinijo en el corazón

Luis Toledo Hernández, práctico del Puerto de Santa Cruz, habla de su vida en La Graciosa

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Luis Toledo Hernández en el puerto de Santa Cruz.
Luis Toledo Hernández en el puerto de Santa Cruz. andrés gutiérrez

SOL RINCÓN BOROBIA
SANTA CRUZ DE TENERIFE
En La Graciosa, uno nace, crece, madura, experimenta la vida en la isla y, finalmente, acaba por adquirir una solera que ya quisieran muchos. Eso es así, casi irremediable, como si se tratara de una ley no escrita. Un ejemplo es Luis Toledo Hernández, "nacido y ensolerado en La Graciosa". Él es capitán de la Marina Mercante y lleva 15 años de práctico en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Su vínculo con la mar no fue una opción, ni fruto de un flechazo. Fue de obligado cumplimiento. En esa isla, si no se zarpa no se sale de allí. Así de sencillo. Además, su padre era pescador y Luis aprendió a mantener el equilibrio a bordo de sus barcos desde muy pequeño. Se puede decir que la mar corre por sus venas desde el día en que nació, hace 63 años.
Tuvo una niñez descalza y libre, curtida al aire, formada en las clases de Primaria de don Juan Pérez Mesa y muy entretenida gracias sus seis hermanos y tres hermanas.
Dejó La Graciosa cuando se marchó a Las Palmas de Gran Canaria para estudiar el curso previo al Bachillerato. Entonces tenía 10 años y tuvo que quedarse interno en el colegio Claret, durante el curso 1959-1960. Fue el año que ajusticiaron a Juan El Corredera, un opositor del régimen franquista. Luis nunca olvidará aquello. Un hombre iba a morir en el garrote vil y para eso habían traído a la ciudad a un verdugo profesional. Si ya de por sí el acontecimiento proyectaba una sombra turbia y dramática, a los ojos de un niño aquello adquiría unas dimensiones gigantescas. La noticia de la condena a muerte corrió como la pólvora y a Luis le quedó grabada en la memoria como una mancha indeleble.
No fue el único suceso que le impresionó durante su estancia en la capital grancanaria. Aquel año también tuvo lugar un eclipse total de sol. Ocurrió en plena mañana y, de pronto, el día se volvió noche. Luis recuerda perfectamente el cantar de los gallos cuando la Luna dejó en paz al Sol y la luz volvió a inundar todo.
Finalizado el curso preparatorio en la capital grancanaria, se trasladó a Lanzarote para estudiar el Bachillerato. Desde ese momento, su vida en La Graciosa se limitó a las vacaciones. De hecho, su familia acabó por mudarse a la isla conejera. Mientras tanto, su padre se pasaba meses y más meses pescando frente a las costas africanas, algo que Luis admiraba. De hecho, uno de los mejores regalos que pudo hacerle su padre cuando aprobó el cuarto curso del instituto, en el año 1964, fue dejarlo ir con él a faenar a Mauritania. Todo un placer para el joven, enamorado de la navegación y empeñado en estudiar Náutica.
En aquellos años 60, La Graciosa tenía una flota grande de barcos de pesca. Eso es algo que Luis ha retenido bien en su memoria, como una época dorada de su querida isla. Sin embargo, con el paso del tiempo, los barcos eran cada vez más grandes y aquella tierra se les quedaba pequeña. Sin un varadero ni talleres que cubriesen sus necesidades, acabaron yéndose a Arrecife.
Lanzarote y La Graciosa son hermanas, familia. Su relación, sellada hace años con un buen apretón de manos, se estrecha en el brazo de mar que las separa, llamado El Río por los lugareños. De jovencito, Luis lo cruzaba a remo para ayudar a su tío con la cartería. Iba hasta Lanzarote, recogía las cartas destinadas a los habitantes de La Graciosa y volvía.
Ahora, las comunicaciones con Lanzarote son diferentes, mejores y más rápidas. Pero antes, la necesidad agudizaba el ingenio. Luis explica que para poder mandar mensajes de orilla a orilla se hacían "tegalas", que es como llamaban a los montículos de piedras que la gente de La Graciosa ponían en la costa lanzaroteña. Cada familia tenía su tegala y, cuando alguien colocaba un pañuelo en ella, sus parientes sabían que tenían que navegar hasta allí para recogerlo y traerlo de vuelta a la isla. Peor era cuando veían alguna hoguera en la costa de Lanzarote. Eso significaba que alguien había muerto. Eran años en los que en la isla del Archipiélago Chinijo no había camposanto y a los muertos se les daba sepultura en Lanzarote.
Luis Toledo recuerda cuando se construyó el primer cementerio que tuvo La Graciosa. Lo recuerda porque jugaba en él de niño, cuando todavía no había tumbas. Casualmente, su bisabuelo Jorge fue el primero en ser enterrado allí. Con él, quedó estrenado.
Al terminar la carrera de Náutica y trasladarse a Tenerife, se llevó con él todas las viviendas en aquella isla, adonde vuelve a menudo para disfrutar de la tranquilidad, la familia y los amigos.
A punto de jubilarse, cuando piensa en pasar más tiempo en La Graciosa se le ilumina la cara. Cuando va allí se quita los zapatos y, tal y como hacía de niño, se pasa el día descalzo, sin televisión, sin radio y sin reloj.
La niñez y la juventud en aquel lugar paradisíaco le ha dejado huella. "Antes, la gente tenía menos formación pero había más humanidad, más solidaridad. Había esa humanidad que no se aprende en la escuela". Y así creció él, con esa solera que sólo se logra cuando uno madura a fuego lento y con ingredientes de la tierra, sanos y fuertes.

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