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El misterio de las cien caras

Las pinturas del espigón del Auditorio son del artista búlgaro Stoyko Gagamov

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Stoyko Gagamov junto a algunas de sus pinturas.
Stoyko Gagamov junto a algunas de sus pinturas.   josé luis gonzález

La primera cara que apareció pintada en el espigón que hay detrás del Auditorio de Tenerife fue la del fallecido tenor italiano Luciano Pavarotti. Ocurrió hace ocho meses. Desde entonces, han aparecido 99 rostros más. Todos a color y todos de cantantes célebres. Surgieron poco a poco, día tras día, llamando la atención de los que pasean por el lugar, que pronto empezaron a hacer fotos y a preguntarse quién pintaba aquellas caras en las rocas del mar. Hoy, en Santa Cruz, una ciudad de más de doscientos mil habitantes, sólo unos pocos han descubierto el misterio.

SOL RINCÓN BOROBIA La fina figura búlgara de 66 kilos y ojos azules que ha aprendido a mantener el equilibrio sobre las rocas del mar a base de pintar caras en ellas se llama Stoyko Gagamov. Sin quererlo, este artista se ha convertido en la clave de una historia, de un enigma.

Desde hace meses, las personas que se pasean por el exterior del Auditorio de Tenerife y se asoman para ver el Atlántico quedan atrapadas por los rostros de 99 famosos cantantes que, capitaneados por Calatrava, el arquitecto del edificio de la música, devuelven la mirada a los espectadores desde las piedras que forman el espigón.

Las pinturas son casi tan fotografiadas como el propio Auditorio y suponen un entretenimiento para los que intentan localizar a su músico preferido. Pero muy pocos saben quién es el autor de estos retratos y cuál es su historia; los que han visto al pintor en plena tarea se cuentan con los dedos de una mano.

Stoyko Gagamov se parapeta de la pobreza de Bulgaria en una azotea del centro de Santa Cruz, donde pinta y duerme. Para comer y asearse utiliza el albergue municipal; para leer, documentarse y seguir la actualidad pasa varias horas al día en el TEA.

No le importa hablar de su país, pero cuando lo hace se emociona; cuando recuerda a su hermana, se emociona otra vez; al mencionar a sus padres, se vuelve a emocionar; y cuando piensa en su abuelo, llora sobre lo llorado. Pero la tristeza no es suficiente motivo para dejar Tenerife y desandar lo andado. Gagamov se queda.

Se queda en un Santa Cruz en el que puede sobrevivir, en el que ha encontrado un hueco por el que respirar y la tranquilidad que no tenía en Bulgaria, donde no puede ejercer su oficio en la calle y donde los precios son demasiado altos para unos sueldos muy bajos. Por ejemplo, su hermana, que hace bolsos para un empresario italiano, cobra 300 euros mensuales; y un pensionista de Bulgaria recibe 100 euros.
Al aire libre

Gagamov prefiere exponer al aire libre en vez de en las galerías de arte y reflejar la realidad, mejor que inventar. Ramón Fernando Arbelo Noda, su amigo, asegura que hacer retratos, caricaturas y paisajes canarios es lo que le permite vivir en estos momentos y, por tanto, es a lo que se dedica.

La azotea en la que duerme ya está completamente pintada de retratos de pintores famosos como Goya, Van Gogh, Dalí, Picasso, Da Vinci, Velázquez... También ha forrado las paredes de dibujos florales, de paisajes y de animales. Y en su taller guarda caricaturas de célebres personajes como Obama y Charles Chaplin.

Pero las paredes de su refugio no son suficientes para él. Cuando vio el Auditorio de Tenerife sintió que le faltaba algo. Por eso, decidió aprovechar el espigón y poner algo de color al edificio de la música. Algo de color y algo de vida. Así que fue pintando, una a una, las caras de algunos de los músicos y cantantes más célebres de la historia.

Ahí están Charlie Parker, Michael Jackson, Pavarotti, Elvis Presley, Vivaldi, Verdi, Paco de Lucía, Bono, Chick Corea, John Lenon, Paul Mc Cartney, Freddie Mercury, María Callas, Bob Marley, Monserrat Caballé... Así hasta 99, y aumentando. Stoyko Gagamov sigue acudiendo al espigón casi todos los días. "Esa arquitectura, sin arte, es algo transgénico. No tiene color", opina del Auditorio.

Cada día que decide pintar una cara más, se levanta muy temprano para estar sobre las rocas a las seis y media de la mañana. A esas horas, solo en el mar, comienza su tarea, con varios botes de Titanlux colgando de las manos y pisando sobre seguro para no caer.

Para las diez ya se ha marchado, dejando atrás otro rostro más. Cada dibujo le lleva unas dos o tres horas. No se permite más, ya que el sol pega fuerte enseguida y entonces le es imposible seguir pintando.

El espigón no es el único lienzo al aire libre que encuentra de su gusto en Santa Cruz. Hay muchos más. Por ejemplo, el muro del muelle norte del puerto de la capital, donde ha pintado a la selección española que ganó el mundial de fútbol. Pedrito, Puyol, Iniesta, Del Bosque, Torres, Casillas... todos los jugadores.

De muro en muro y de roca en roca, Stoyko Gagamov va reivindicando un espacio para su arte. Le gustaría hacer lo mismo en su país natal, concretamente en Primorsko, una ciudad en la orilla del mar Negro. "Pienso en una gran exposición en la naturaleza", indica. El pintor conoce muy bien esa zona, donde ha pasado mucho tiempo hipnotizado por la flora del lugar. Pero las flores y plantas tinerfeñas también han encandilado a este artista, que ya no puede parar de dibujarlas.

El trabajo

Gagamov aprendió a pintar con su abuelo, del que, además del don para la pintura, heredó el nombre y el apellido. Todas las vacaciones escolares las pasaba con él y, poco a poco, fue perfeccionando sus pinceladas hasta poder ganarse la vida con ellas.

Ahora, en Santa Cruz de Tenerife, el poco dinero que consigue es gracias a su arte y a la ayuda de su amigo Noda, que se encarga de que nadie le time. El idioma no es ya el mayor problema. Gagamov entiende bastante bien el español. También habla ruso, alemán, checo y algo de polaco.
Sin embargo, la ayuda de Noda le es fundamental para darse a conocer y saber qué precios son los más justos a la hora de aceptar un encargo o vender una de sus pinturas. "Stoyko tiene muchos cuadros que le han encargado, pero que luego no le han comprado", se queja su amigo. También asegura que hay quienes quieren pagar una miseria por los cuadros.

Por eso, Gagamov está muy agradecido a su amigo. De hecho, su palabra favorita en todos los idiomas es "gracias", que en búlgaro es "blagodarya".

A pesar de que para comer tiene que ir al albergue municipal y que más que vivir, sobrevive, el pintor dice tener muchos motivos para dar las gracias. Por ejemplo, por haber conocido a Noda, por la persona que le ha ofrecido su azotea a un bajo alquiler, por el interés que han despertado sus pinturas en el espigón, por aquella vez que no murió aplastado contra la puerta de Brandenburgo cuando celebraba la caída del muro de Berlín y por aquella otra en la que pudo salvar la vida a dos niñas en el mar Negro.

Gagamov sólo espera ahora que las cosas le vayan bien en Santa Cruz, que la vida le sonría.

Cabildo de Tenerife

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