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Visitas guiadas con mucho tacto

La Laguna es la única ciudad tinerfeña que ofrece recorridos turísticos para invidentes

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Dominga Rodríguez (i) recorre la ciudad junto a Pedro Mas, Paqui Cuevas y su perra lazarillo Xeica.
Dominga Rodríguez (i) recorre la ciudad junto a Pedro Mas, Paqui Cuevas y su perra lazarillo Xeica.  delia padrón

LAURA DOCAMPO Paqui Cuevas y Pedro Mas visitan el casco de La Laguna junto a su perra Xeica. Dominga Rodríguez, la guía de la oficina turística de la Casa de los Capitanes, los acompaña por un recorrido en el que el tacto y el olfato suplen a la vista. Su extraordinaria sensibilidad les permite percibir la textura del suelo aún con los zapatos puestos, adivinar la presencia de un muro o el camino hacia la salida de un patio, al sentir la brisa sobre sus rostros, o saber en qué calle están incluso después de cambiar de dirección media docena de veces.

La Laguna es la única ciudad de Tenerife que ofrece rutas turísticas adaptadas para invidentes. Según relata la guía, la actividad fue propuesta por la Fundación Once y el Ayuntamiento aprovechó la oportunidad para sumar un servicio gratuito que, según Cuevas, "engrandece" al municipio.

La visita se inicia en la sede de la Alcaldía. Mientras la voz enérgica de la guía entona un relato histórico en el que se describe a La Laguna como un valle de tierras fértiles, lejano a la costa y, por tanto, a salvo de los ataques de los piratas, las manos de los invitados recorren los muros y las columnas del patio interior. Pedro siente el ruido del agua que corre y alerta de la presencia de una fuente. Es en realidad un aljibe, como el que había en las viviendas de los señores feudales que gozaban del privilegio con el que evitaban ir a buscarla a la fuente pública.

Con paso seguro se dejan conducir por Xeica, entrenada para advertirles de cualquier obstáculo o peligro que se les cruce por delante. Huelen la madera mientras sus manos tantean las columnas de corazón de pino canario que sostienen la balconada de la primera planta. La guía hace hincapié en las cualidades de este material resinoso e ignífugo que ya se ha quedado para siempre en la memoria olfativa de los visitantes.

Toca salir al exterior y Xeica avisa del escalón que separa la casa del siglo XVII de la calle La Carrera. También refunfuña y Pedro acota que "el empedrado se calienta mucho con el sol y le quema las patitas. Por eso se queja". Refugiados bajo la sombra, es momento de pasear la yemas de los dedos por muros con años y años de historia, ventanas de guillotina de proporciones descomunales, fachadas y columnas de cantería y puertas que, según el detalle y la complejidad de su tallado, denotan la importancia de la familia que moraba en su interior.

Sus manos están tan adiestradas que son capaces de percibir si una piedra ha sido labrada de forma artesanal. Notan las diferencias que dejó el cincel que las talló que resultan imperceptibles para los ojos de cualquier paseante.

La pareja lleva cerca de 20 días en la Isla. Vienen de Sabadell. Él es catalán y ella lagunera. Su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron en La Cuesta, hasta que a los 16 años se trasladó definitivamente a la Península. Según comenta Paqui, cada cuatro o cinco años hacen las maletas rumbo a Tenerife para visitar a la familia. En este último viaje confiesan hacer encontrado "todo muy cambiado". "La ciudad está muy limpia. No hemos pisado nada de basura", destaca. Pero sin duda lo que más les entusiasma es el tranvía. "Para nosotros es un diez. Nos da libertad para movernos cómodamente", afirma Pedro.

La plaza del Adelantado es una escala obligada dentro de este itinerario por la ciudad Patrimonio Mundial. "Aquí confluyen tres poderes: el político, el eclesiástico y el judicial", recuerda Dominga Rodríguez mientras las máquinas levantan el nuevo edificio de los juzgados y al mismo tiempo derriban el del antiguo mercado. Las raíces de los árboles añosos que llenan de sombra la plaza han terminado por levantar las baldosas del suelo creando montículos caprichosos. El desnivel acecha. Cada paso puede acarrear una caída y Paqui toma con fuerza las riendas del lazarillo.
Es hora de cruzar la calle y hacer una pequeña pausa para el paladar. La guía les habla de la piedra molinera que recubre algunas de las fachadas y de su utilidad en los antiguos molinos. Les entrega un sobre con gofio de millo sin decir de qué se trata. "¡Esto es gofio!", exclama Paqui inmediatamente. A Pedro, en cambio, parece no entusiasmarle demasiado y después de probarlo lo deja escurrir disimuladamente entre sus dedos.

Delante de ellos se levanta el monumental Palacio de Nava. La rugosidad del revestimiento de cantería tiene varios huecos. Pedro pregunta si el edificio pertenece a correos. Los orificios rectangulares no son para depositar la correspondencia, sino para dejar que entre aire y ventile los sótanos del inmueble. Pero no es el primero en confundirlos. Como él lo hicieron antes muchos tinerfeños que durante años depositaron cartas con el poco dinero que habían ahorrado para sus familiares que habían emigrado al otro lado del Atlántico. El triste descubrimiento tuvo lugar en los años 50, cuando el Palacio fue vendido. Según relata Dominga, el Ayuntamiento envío todas las misivas a América, pero para muchas ya era demasiado tarde y fueron devueltas.

Al otro lado del callejón se levantan como testigos mudos las paredes del convento de las Catalinas. Unos pasos más adelante se abre una puerta hacia el interior de un patio. El aroma de las flores se hace más intenso y se mezcla con el olor a pintura y barniz de la obra que se lleva a cabo en sus entrañas. De vuelta al callejón, conocido como el de las monjas o el de la caza, la guía pregunta a los turistas sobre sus sensaciones. "Aquí se siente más fresco; corre bastante aire", explica Paqui sin soltar el brazo del que va agarrada a Pedro.

Sus sentidos les dan la razón una vez más. La corriente de aire de esta estrecha calle era aprovechada por los cazadores que solían colgar sus capturas para que se orearan. Una vez en la esquina, Dominga intenta hacer una descripción de la calle que tienen enfrente para situarles, pero Pedro se adelanta. "Estamos en la esquina de Viana", suelta con desparpajo y deja a la cicerone estupefacta. Siguen camino hacia la catedral acariciando la valla que aísla el edificio religioso. Se quedan con las ganas de tocarlo como se quedaron con las ganas de ir al Santuario del Cristo, porque confiesan que una vez en la plaza no encontraron la puerta. Termina el paseo y hacen balance: "Los aromas a flores, los maceteros por todos lados, el olor a madera... Esta ciudad da sensación de grandeza", afirma Paqui. Pedro cree que todavía quedan algunas cosas por mejorar. Recomienda "hacer algún mapa con relieve de la ciudad, que nos sería muy útil". La pareja parece cautiva de los encantos de Aguere. Preguntan por los precios de los alquileres y por un momento sueñan con cambiar Cataluña por San Cristóbal.

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