ELOÍSA REVERÓN
Aunque el ciudadano no sea consciente de su existencia, están ahí abajo, y son miles y miles, una auténtica invasión. Comienzan siendo una masa viscosa que puede pegarse al zapato si ha sido recientemente lanzada y se acaba convirtiendo en una fea mancha negra sobre el asfalto. Si en Santa Cruz se caminara mirando hacia el suelo se descubriría una realidad paralela, la del chicle. Y nada se puede hacer contra él. El Ayuntamiento de la capital lo tiene claro y Urbaser, la empresa a la que la corporación tiene encargada la limpieza de la ciudad, también. "Sale demasiado caro" emprender una batalla contra el chicle, entre 1,2 y 1,8 millones de euros al año. La corporación local se ha rendido en esta guerra y, mientras, el chicle sigue invadiendo las calles de Santa Cruz.
José Ismael Padrón, inspector y coordinador del área de Servicios de Limpieza Viaria y Recogida de Residuos Urbanos de Urbaser, explica que se han realizado estudios relacionados con la eliminación de los chicles, pero en todos los casos la conclusión ha sido la misma. Es tanta la cantidad de goma de mascar que se encuentra pegada en el suelo de la capital que la tarea para acabar con ella sería una misión imposible, demasiado costosa y que requeriría de un tiempo "del que no disponemos".
"Tendríamos que ir quitándolos uno a uno. Sólo en una calle nos podríamos estar perfectamente dos días. Sería un trabajo interminable. Y lo peor es que cuando acabásemos en esa vía, seguramente a las horas volvería a estar llena otra vez. Cuando un chicle toca el suelo ya es muy difícil eliminarlo", añade Padrón. Éste alerta de que están por todos lados, aunque no lo parezca, aunque la gente no se dé cuenta.
Y es que si se tiene en cuenta que cada español consume una media de tres kilos de este producto y de caramelos masticables al año, en Santa Cruz se estaría consumiendo una media de 666.000 kilos anuales, y buena parte terminan en el suelo, en la calle, en las plazas, y hasta pegado por las paredes. Además, retirar un masticable de la vía cuesta cinco veces más de lo que costó adquirirlo.
El inspector y coordinador de Urbaser comenta que lo único que queda es concienciar a la población para que no tire los chicles al suelo. "Seguro que en sus casas no lo hacen. Hasta que no se den cuenta de que nuestro entorno, nuestras calles también forman parte del sitio en el que vivimos, pues este problema no tendrá ningún tipo de solución, y nunca tendremos una ciudad más limpia", manifiesta.
En otras ciudades españolas han optado por sancionar con elevadas multas a aquellos que se atrevan a enviar un chicle desde su boca a la calzada. En la capital, la ordenanza municipal de policía y buen gobierno no habla específicamente de este masticable, pero sí determina que "queda prohibido lanzar, verter o depositar en la vía pública basuras, tierras, escombros, detritus, papeles o desperdicios de cualquier clase, tanto en las calzadas como en las aceras, alcorques y hoyas de los árboles y solares sin edificar, barrancos...". La ordenanza deja claro que se aplicarán las multas correspondientes, aunque aún se desconoce algún caso en el que alguien haya sido sancionado por tirar un chicle a la calle.
En otros lugares se ha llegado mucho más allá en la lucha contra este producto. En Singapur, masticar chicle fue prohibido en el año 1992 con pena de prisión. Ahora se permite mascar únicamente con fines terapéuticos. En China, y después de haber retirado 600.000 chicles de la plaza de Tiananmen, se plantean prohibir su consumo.
Pero es que además, estudios realizados por científicos han determinado que los chicles acumulan unos 50.000 gérmenes. Si no se retira una goma de mascar del pavimento, ésta tarda en degradarse no menos de cinco años, con el consiguiente perjuicio sobre el medio ambiente.
En Santa Cruz prácticamente no existe una esquina en la que no se encuentre un chicle pegado. Incluso puede darse el caso de que haya cincuenta por cada metro cuadrado. El equipo de Urbaser, contratado por el Ayuntamiento de la capital para la limpieza del municipio, indica que "ojalá se pudiese encontrar una solución a este problema. Nuestra labor de limpieza se notaría aún más. Da mucha pena que tú te esfuerces en tu trabajo, que se haga bien, y que luego mires al suelo y veas todas esas manchas oscuras contra las que no se puede hacer nada".
Es cierto que existe una maquinaria específica para tratar el chicle, que es utilizada en otras ciudades, como en Barcelona, pero allí se reconoce que es insuficiente. En Santa Cruz, no sólo no sería suficiente, sino que además la corporación local no puede hacer frente al coste que le supondría acabar con esta pegajosa plaga.
Quizás las solución pase porque el Ayuntamiento comience a ser más estricto ante este comportamiento tan incívico, el de lanzar un chicle al suelo. Algunos plantean una ordenanza específica para acabar con el chicle en la ciudad, con esa mancha oscura que se extiende por toda la capital.