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El símbolo del nuevo Santa Cruz

Vidas a la orilla del cauce

Vecinos de Santa Cruz hacen memoria y explican cómo era el barranco de Santos antaño

 14:39  
Blas Pérez García se asoma al barranco de Santos en la zona de La Concepción.
Blas Pérez García se asoma al barranco de Santos en la zona de La Concepción. josé luis gonzález

En los tiempos en los que en el bar más bohemio de la capital tinerfeña una persona podía jactarse de haber pegado un tiro en la nuca a otra y reírse de ello sólo para provocar, en el barranco de Santos había personas que vivían y pasaban hambre en las cuevas del cauce. Eran años de posguerra y, como en el resto de España, en Santa Cruz todo andaba revuelto. El barranco fue refugio maldito de la gente con menos recursos y más desarraigo. Pero también fue lugar de ocio para los niños, sitio de trabajo para las lavanderas y trampolín de suicidas. La ciudad crecía a su alrededor y los santacruceros lo cruzaban, lo flanqueaban, lo ignoraban o lo disfrutaban.

SOL RINCÓN BOROBIA
SANTA CRUZ DE TENERIFE
Paulino, de profesión militar, intentó suicidarse varias veces y de diferentes formas mientras estaba en las milicias en Santa Cruz de Tenerife. Pero no era un hombre con suerte. Un día se pegó un tiro y sólo consiguió deformarse el parietal. Por mucho empeño que ponía no había forma de acabar con su vida.

Otro día saltó al barranco de Santos y no sólo no se mató, sino que cayó encima de una plantación de plátanos y le multaron por dañar parte del cultivo. Son recuerdos de hace al menos 30 ó 40 años de José Pérez, profesor de Navegación Astronómica en la Universidad de La Laguna.

Paulino no fue el único que se tiró por el barranco. Otros lo hicieron también, sobre todo desde el puente Galcerán, cuya barandilla era lo suficientemente baja para facilitarles la tarea.

"La gente era más romántica que el demonio", sentencia José Pérez. "Tan romántica como Larra, que se puso delante del espejo y se pegó un tiro", en referencia al escritor Mariano José Larra, considerado uno de los exponentes del romanticismo español.

Blas Pérez García también recuerda a Paulino y sus planes para quitarse de en medio. "Se tiró al menos dos veces por el barranco". Blas pasaba hasta cuatro veces al día por el puente Galcerán cuando era niño para ir de casa al colegio y del colegio a casa. En alguna ocasión llegó a ver el cuerpo de un suicida estampado contra el cauce. "El capitán de Paulino le preguntó un día qué le pasaba", cuenta . "Las chiquillas, mi capitán, las chiquillas, que no me dejan vivir, contestaba".

El barranco de Santos fue una vez uno de los límites de la ciudad y cuando Santa Cruz empezó a expandirse y se vio obligada a saltar el cauce, éste marcó dos zonas bien diferentes. En el lado que da a la Rambla vivía la gente más acomodada de la capital, mientras que la otra orilla estaba reservada para las familias más humildes, informa Demetrio González, de 86 años. Había dos vidas, la que transcurría "antes del barranco" y la que se hacía "después", una vez cruzado el cauce, añade.

Pero en medio también pasaban cosas, además del agua en los meses lluviosos. Había gente viviendo en cuevas. Demetrio cree que sólo lo hacían indigentes, gente sin techo que pasaba allí las noches. Pero otros vecinos de lugar aseguran que las habitaban familias de Santa Cruz. Uno incluso recuerda a un taxista que se instaló con su familia.

"Esas cuevas fueron viviendas para algunas personas durante la posguerra y hasta principios de los años 60, aproximadamente", asegura José Pérez. También había gente que dejaba a sus animales en el cauce, como si fuera un corral. Los santacruceros podían ver cabras, vacas, gallinas... Por eso, cuando llegaba una gran riada morían muchos de ellos. Pero, sobre todo, el drama lo sufrían las personas que vivían en las cuevas.

Francisco González Poleo, que lleva cruzando el barranco desde 1938, rememora con tristeza cuando tenían que acudir los bomberos para sacar a la gente de las cuevas y evitar que se ahogaran. "Era una tragedia y muchos vecinos se prestaban voluntarios para ayudar a esas familias".

En la zona más próxima al puente Serrador había varias plataneras pertenecientes a distintas familias y muy cerca, en verano, se allanaba el terreno del cauce para habilitar un campo de fútbol para los chiquillos. Ayudaban muchas personas, que con picos y palas trabajaban juntos para abrir lo antes posible la temporada futbolística estival.

Se venden camellos

El barranco fue también punto de venta de camellos traídos en barcos desde Fuerteventura. "Entonces se utilizaban mucho como animales de carga y los vendedores dejaban en el cauce 40 ó 50 camellos", indica Blas.

Tanto él como otros vecinos de la parte baja del barranco, de los que llevan toda la vida viviendo en la orilla, han visto esos partidos de fútbol entre niños, los plátanos crecer, el agua pasar, lavanderas lavar la ropa, la gente ir y venir de las cuevas y a los gitanos cantar.

Cuando los salesianos abandonaron los locales que tenían cerca del puente Galcerán, los gitanos los ocuparon, informa Blas. Otra vecina asegura que, de noche, se ponían a cantar y a bailar y la música se oía por todo el barranco.

Eran días en los que hasta había cascadas en algunas zonas del cauce y todavía estaban en pie los almacenes de la Concordia, justo donde ahora están los aparcamientos de Ramón y Cajal.

En esos almacenes se guardaban mercancías diferentes como hierro, cemento, paja... "Muchas veces se podía ver al encargado con un grupo de trabajadores sentados de cara al barranco en tertulia", dice Blas.

Por su parte, José Pérez, que entonces frecuentaba el bar El Águila, "el más bohemio de la ciudad", explica que en esos días había una considerable altura desde el puente del Cabo, no como ahora, que casi está al nivel del cauce. "Eso es porque no se draga".

José, que añora aquellas tertulias que los artistas e intelectuales mantenían muy a menudo en El Águila - "recuerdo que un día se fueron indignados porque al lado había uno de las Brigadas del Amanecer contando cómo había tenido que pegar dos tiros a una persona porque no la mató con el primero"- no echa de menos, sin embargo, la situación en la que se encontraba el barranco en esa época.

Ahora, por el contrario, una vez terminada la obra de remodelación y construcción de la vía arterial, está encantado de poder pasear con su perro Scot durante dos horas diarias arriba y abajo del barranco, disfrutando de las vistas al cauce.

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