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El símbolo del nuevo Santa Cruz

La vena de agua se hace ciudad

La capital tinerfeña salda su deuda con el barranco de Santos, el lugar al que debe su origen

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El puente que conocemos hoy se comenzó a construir en abril de 1926 y la finalización de las obras tuvieron lugar tres años después, en junio de 1929. Es el mayor de cuantos cruzan el cauce de la quebrada.
El puente que conocemos hoy se comenzó a construir en abril de 1926 y la finalización de las obras tuvieron lugar tres años después, en junio de 1929. Es el mayor de cuantos cruzan el cauce de la quebrada. josé luis gonzález

Una pléyade de las principales autoridades de Tenerife inauguraba el pasado lunes el nuevo barranco de Santos sin ser consciente del todo de que, en el fondo, la ciudad estaba saldando una antiquísima cuenta pendiente. La ciudad le debía su origen y su historia a esta quebrada escarpada, la mayor de cuantas la recorren, que baja vertiginosamente de La Laguna y viene a morir en el Atlántico. En el margen del barranco de Santos se fundó Santa Cruz y a su alrededor comenzó el desarrollo de la ciudad, aunque también de su lecho vinieron las peores inundaciones que se recuerdan. La capital del siglo XXI ya tiene otro símbolo. Santa Cruz ya puede presumir de haber resucitado a su barranco.

DANIEL MILLET
SANTA CRUZ DE TENERIFE
Los guanches poblaron sus cuevas y se bañaron en la charca de su desembocadura. La primera toma de posesión de Tenerife se produjo en sus márgenes, cuando en 1454 Diego García de Herrera sella allí el pacto con los menceyes y manda a construir una torre en los alrededores como símbolo de dominio, la primera construcción hispánica de la historia de la Isla. Tres décadas después, también desembarcó en la boca de esta serpiente de piedra el conquistador Alonso Fernández de Lugo, y hasta muy cerca de este punto los hombres de Nelson iniciaron el intento frustrado de invasión. Lo describieron como "la vena de agua" o el "muro invertido". Provocó estragos de lodo, dolores de cabeza a los urbanistas, ideas alocadas. Y hasta fue lugar de baño de los niños, pileta de las lavanderas, morada de amores clandestinos, presa salvadora de las fincas y un monumento a la desidia colectiva.

Santa Cruz le debe la vida al barranco de Santos, antiguamente llamado barranco de Añazo, pero pasaron demasiados años de deuda pendiente. Cuando en los ochenta su declive clamaba y su mayor función era la de vertedero ocasional y refugio de chabolas, los responsables del Ayuntamiento tomaron consciencia de que aquella hendidura de paredones basálticos tan histórica y vital debía ser recuperada cuanto antes. Había que meterla en la ciudad de tal forma que sirviera para unirla y para homenajear todas aquellas peripecias y leyendas que había ocultado. Ya lo dijo el cronista Luis Cola Benítez en 1995, después de que se celebrara el concurso de ideas y surgiera el primer gran proyecto, cuando escribió en Barrancos de Añazo: "Si de verdad se logra ir dando forma a lo proyectado, el barranco de Santos pasaría, de ser obstáculo y rémora para el crecimiento de Santa Cruz, a constituirse en auténtico eje de desarrollo urbano y, a lo largo de su recorrido, nacería un nuevo concepto de ciudad".

Esa nueva ciudad serpenteante ya está aquí, desde el lunes, que fue inaugurada por las autoridades. Todavía a falta de algunos retoques, posee el suficiente calado para entenderla como el nuevo eje vertebrador de la urbe chicharrera del siglo XXI. Las buganvillas silvestres de debajo del puente Galcerán han dejado paso a las canchas deportivas, las plantas ornamentales y la nueva calle que viene del TEA y sube a la avenida de Venezuela. Los escalones de plataneras han dejado paso a los jardines de diseño, las plazas y demás espacios de esparcimiento. Aún queda algún resto de la antigua atarjea, pero la presa es ahora sólo lecho, las basuras han desaparecido casi del todo y las viejas antorchas de fuego se han vuelto luces de neón que de lejos parecen confetis fluorescentes.

"Muy contento" por el resultado final de aquel anhelo, Luis Cola suspira de alivio al recordar las ideas que fracasaron. "Menos mal", dice, que no se taponó completamente el barranco, ni se construyó aquel inmenso aparcamiento subterráneo, ni se hicieron aquellos trenes elevados que propusieron políticos, periodistas y hasta vecinos participativos. Lo del jardín botánico tuvo sus seguidores, pero tampoco cuajó. Hasta que llegó el concepto de multifuncionalidad cuya forma final sigue acaparando las tertulias de las calles santacruceras.

Los asentamientos de los colonos después de la conquista castellana también comenzaron a crecer alrededor del barranco, el germen de lo que hoy conocemos como Santa Cruz. Había una razón principal que explicaba aquella elección, el mismo elemento que había construido en cientos y cientos de años éste y los otros barrancos que cortaban las tierras frondosas de Anaga en grandes zanjas: el agua. Aquel vergel duraría poco. "A partir de la fundación de la villa de Santa Cruz de Añazo, en 1494, toda la masa vegetal comenzó a ser auténticamente esquilmada", precisa Cola en su libro. La laurisilva estuvo cerca mientras pobló gran parte de la cordillera. "Al talarse los bosques, se secaron los manantiales, desapareció la vegetación arbustiva y disminuyó la pluviosidad de la zona, iniciándose su desertización", añade Cola. Ya a mediados del siglo XVIII, como contó Cioranescu, "en las tierras que lindan con el barranco de Santos, en dirección a la ermita de San Sebastián, no hay más que higueras".

Dejó de llover tanto y las casas reemplazaron a los árboles. Sin embargo, las escorrentías siguieron causando problemas a un lado y otro, anegando terrenos y casas, destruyendo los puentes, desbordándose infinidad de veces en la parte del puente del Cabo, cerca de la desembocadura. No se conoce exactamente qué año se hizo el primero de la lista innumerable de puentes que tuvo el accidente geográfico. Sólo se sabe que se mantuvo con sus características iniciales –de madera y sólo para peatones y caballerías, como apunta Barrancos de Añazo– hasta mediados del siglo XVIII. Pero se sucedieron las inundaciones, los derribos, los nuevos puentes más robustos. No había forma: estos volvían a ceder.

El repaso histórico de Luis Cola incide en las escorrentías catastróficas del 8 de marzo de 1837: "Comenzó a llover intensamente a las dos de la madrugada y no cesó de caer agua hasta las diez de la mañana. El barranco de Santos se desbordó por varios sitios, sus aguas pasaron sobre el puente del Cabo, derribaron dos casitas, se llevaron parte de la huerta del hospital e inundaron la iglesia de La Concepción, amenazando con anegar las viviendas de la calle de La Noria [también recuperada para la nueva Santa Cruz], la plaza de la Iglesia y el barrio del Cabo". El fenómeno ha seguido repitiéndose con tal regularidad que la contención ha sido una de las principales premisas para los que diseñaron el nuevo Santos.

El crecimiento de la ciudad era ya imparable cuando en los años 30 del siglo pasado a la ciudad le entró la fiebre de los puentes. La necesidad de sortear aquel impedimento y conectar adecuadamente el margen izquierdo con el derecho se estaba pasando de la raya. Ya en ese momento existían los del Cabo, Galcerán y Zurita, y los ciudadanos críticos hacia la gestión del Ayuntamiento le llegaron a reprochar al alcalde que "ya está bien de puentes" y que "ya se terminó la era de los sueños". En 1940, no obstante, comienza la construcción del puente Serrador, que se inaugura cinco años después. Quedaban sueños para rato.

Puentes, parques, el primer tranvía, las grandes urbanizaciones, luego torres, centros deportivos, edificios, centros comerciales... Santa Cruz le debía la vida al barranco, pero ahora al barranco le ha devuelto la vida Santa Cruz. Hasta tal punto que comparar la ciudad de aquellas quebradas vírgenes, por donde manaba la lluvia salvaje, con la ciudad de este nuevo parque pionero, por donde corren las líneas más contemporáneas del diseño urbanístico internacional, es como comparar ante un espejo el Santa Cruz de ayer con el Santa Cruz de mañana. Es otro mundo. Es otra ciudad.

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