LAURA DOCAMPO
GRANADILLA DE ABONA
En 1960, Granadilla de Abona tenía 8.000 habitantes. En El Médano, "sólo había unas pocas familias de pescadores", recuerda Ignacio Delgado. Él nació en una de esas familias y creció alimentándose de lo que sacaban del mar y de lo que conseguía su madre a través del trueque. "No pasamos hambre, pero hubo mucha gente que sí lo sufrió. Estábamos aislados. Para llegar a Santa Cruz había que conducir cinco horas por una carretera malísima. Era una tragedia vivir así", asegura.
En medio de aquel "desierto" de arena se escondía una playa privilegiada, como lo describe Remedios Ocón, vecina del pueblo de 86 años. Eso animó a un empresario a convertir una pequeña empaquetadora de tomates en un monumental hotel de cinco plantas, el primero del sur de Tenerife.
La obra del hotel Médano duró cinco años. Casi todo el pueblo trabajó en su construcción. Ignacio Delgado fue uno de esos obreros. Asegura que "no fue una obra complicada", pero que en muchos momentos fue el mar el que marcó el ritmo. "Había que esperar que bajara la marea para meternos en las rocas a trabajar", apunta.
En 1963, el hotel abrió sus puertas. Pese a que el único aeropuerto de la Isla era el de Los Rodeos, y que para llegar había que pasar horas en la carretera, los turistas comenzaron a abarrotar sus habitaciones desde el primer día. "El servicio era cinco estrellas. Todo profesionalidad. Venía gente de mucho dinero, incluso miembros de la realeza europea. Nosotros les dábamos todas las atenciones y ellos nos dejaban muy buenas propinas", apostilla Pastora García, ex empleada del hotel. Ella trabajó allí desde los 15 a los 45 años y hace 17 que abrió su propio negocio, el bar Náutico, justo enfrente del establecimiento alojativo. "Nosotros levantamos mucha cabeza gracias el hotel", confiesa.
El maná de dinero que representó esa empresa para los empleados, que como Ignacio multiplicaban varias veces las 700 pesetas de paga semanal con las propinas, hizo florecer rápidamente pequeños comercios en el entorno más próximo. Algunos de los primeros fueron el restaurante Familiar, que aún hoy continúa abierto y gestionado por la misma familia; y los bares Juanita y Bernardo.
Tanto Pastora como Ignacio hacen hincapié en el ambiente familiar que existía en el hotel. Tan cercano era el trato que muchos trabajadores terminaron haciéndose amigos de los huéspedes. El belga Mr. George fue el primer huésped. Desde que llegó entabló una amistad con Ignacio Delgado que sigue intacta. "Yo me paso meses en su casa y él viene con su familia a la mía", afirma.
Para los lugareños, el turismo representó una inmejorable oportunidad de progreso, aunque también tuvo otros atractivos. "Salíamos todas las noches a alternar con las extranjeras y hubo algunos que se casaron y se fueron del pueblo con ellas. Había un ambiente muy divertido. Yo después me casé y cuando tenía un día libre invitaba a los clientes a mi casa a comer y a escuchar el timple", detalla Delgado.
La relación con los huéspedes fue tan cercana que Pastora sigue hablando hoy de "sus clientes" y asegura que hay algunos que "vienen hace 40 años y otros que venían de pequeños con sus padres y ahora traen a sus propios hijos". Dice que "todos pasan por aquí a verme y a comer en mi local". Entre las miles de anécdotas que guarda de esos años destaca las "inolvidables" fiestas de etiqueta que se celebraron durante años en este rincón de la costa , y en las que se sirvieron buffets "tan espectaculares", que "la jet de Tenerife venía sólo para verlos".
El hotel Médano ha mantenido durante 47 años el impulso de sus inicios. Con gran parte de su clientela muy fidelizada y con el apoyo unánime de los vecinos y comerciantes de su entorno, incluso del Ayuntamiento de Granadilla de Abona y del Cabildo de Tenerife, continúa siendo uno de los motores de una economía local que, aseguran los vecinos, "se vendría abajo si lo cierran".
Hoy el hotel tiene 40 empleados, que atienden sus 93 habitaciones. Su actual propietario, Álvaro Alcalá Galiano, lo adquirió en 1993 en una subasta realizada por el banco BBVA, después de que la empresa inglesa que lo gestionaba inicialmente quebrara. "Después de la compra, empezaron las amenazas de derribo" recalca Alcalá.
En 1995, la Demarcación de Costas abrió el primer expediente de demolición parcial del edificio al considerar que la volumetría excedía lo establecido en la concesión otorgada —a la empaquetadora— en 1960 para ocupar terrenos de dominio público. Más tarde se abrió otro expediente, pero ambos caducaron sin que se ejecutara el derribo. Sin embargo, el pasado 19 de mayo, el Estado volvió a ordenar a Costas la demolición de dos terrazas en las que se supone que se ha incurrido en una ampliación no autorizada.
El arquitecto Carlos Schwartz, estuvo a cargo, junto a Fernando Saavedara, de la ampliación que se hizo en 1986. Schwartz subraya que presentaron un documento, "en el que se dejaba claro que se iba a alterar la volumetría" y que "obtuvimos todos los permisos, incluido el de Costas".
Lleno de incertidumbre, el propietario asegura estar "perplejo" porque "la orden de derribo llegó el 6 de abril y nos dieron dos meses para recurrir, pero antes de que expire el plazo sacan esta orden". Mientras tanto, los vecinos se arremolinan en la plaza y afirman con rotundidad que "si vienen las palas, nosotros nos pondremos delante".