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Ayuntamiento sorpresa

 
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La salida de tono de Miguel Zerolo en el pleno del viernes negando la ejecutividad a los acuerdos alcanzados causó sensación.
La salida de tono de Miguel Zerolo en el pleno del viernes negando la ejecutividad a los acuerdos alcanzados causó sensación. Delia Padrón

Cuando Zerolo decidió romper con el PP, todo el mundo pensó que ya era hora de que reaccionara ante la continua absorción de protagonismo por parte de Ángel Llanos. El misterio era cómo iba a lograr gobernar. La respuesta ahora parece clara. No puede.

ANA MARTÍNEZ | SANTA CRUZ DE TENERIFE Las reglas de la democracia son tan sumamente loables y puras en la teoría que, a la hora de enfrentarse a la realidad, tienen todas las papeletas de ser tremendamente prostituidas. Cuando ningún partido gana por mayoría unas elecciones, la lectura más usual suele ser que el hecho de tener que consensuar todas sus políticas con el resto de las formaciones traerá consigo el debate y la pluralidad. La consecuencia lógica sería que las soluciones a las que finalmente se llegase, incorporarían lo mejor de cada casa; es decir, que las ideas más notables de cada grupo pasarían a formar parte de la decisión final. Algo que, indudablemente, estaría llamado a convertirse en una inestimable ventaja para los administrados. Aunque sólo sea en aplicación de la máxima de que cuatro ojos ven más que dos.

En la práctica, sin embargo, la necesidad de buscar apoyos se traduce, sencillamente, en la compra de los mismos. Desde que Miguel Zerolo se hartó definitivamente de los continuos desafíos del PP, comenzó una partida de tetris en la cual, para que todo encajase, el secreto consistía en repartir las suficientes cuotas de poder a cada uno de los concejales del resto de la oposición (excepción hecha del PSC, que bastante tiene con lo que tiene) para obtener los votos favorables que le permitieran mantenerse en la Alcaldía.

De esta manera, la Sociedad de Desarrollo pasó a Ángel Isidro Guimerá, se creo un IMAS a medida para Ignacio González y se colocó convenientemente a Guigou en la Comisión de Sugerencias y Reclamaciones. Sin embargo, el bagaje crítico de los componentes de Ciudadanos era demasiado pesado como para que todo rodase con suavidad. Y si a ello se añaden las manipulaciones y cantos de sirena del PP y el enconamiento de las relaciones con los socialistas –cuya salida del pleno del viernes escenificó con claridad meridiana– el resultado es que, en la vida municipal, a los chicharreros no les cabe más que ir de sorpresa en sorpresa.

Cada pleno es un juego de intensas miradas, conversaciones apresuradas y chanchullos de última hora a través de las cuales unos buscan el modo de salir adelante, mientras que otros tan sólo pretender salvar la cara. Así ha sido cómo, en los dos últimos plenos, Coalición Canaria ha perdido dos votaciones que han sacado de quicio a Zerolo: la de la moción que decretaba el derribo del mamotreto de Las Teresitas y la del viernes, por la cual la mayoría de los ediles se manifestaban a favor de dejar de tirar el dinero por el pozo de las oficinas vacías del parque Bulevard.

Si el alcalde no fuese, como innegablemente es, un mago de la estrategia, ni siquiera hubiera intentado mantenerse a flote. Y, desde luego, no habría resistido tanto. Enfrenta a quien haya que enfrentar y saca de la chistera infinidad de trucos para salir del paso, un sistema que sólo es posible emplear si se parte de un absoluto desprecio por la opinión pública y una fe inquebrantable en la capacidad de olvido de los ciudadanos.

Sin embargo, en el pleno del viernes, tras ver cómo no colaba la penúltima triquiñuela para mantener el alquiler de los locales de Plasencia (ubicar allí el distrito centro y la Comisión de Quejas) cruzó tal vez la última frontera. Osó negar la ejecutividad a las decisiones del pleno.
Después de esto, es muy difícil llegar más lejos sin negar la democracia. Pero lo peor es que en Santa Cruz empieza a parecer imposible llegar a alguna parte.

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