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Visita oficial de los Reyes a la Isla

¡Ay, mi Rey, mi Reina!

Don Juan Carlos y doña Sofía asistieron ayer a la inauguración de la Fundación Cristino de Vera. El acto sirvió para agasajar al pintor canario pero también para que los laguneros se echaran a la calle a aclamar a los Reyes.

 10:43  
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Los Reyes saludan a los laguneros que les esperaban a su llegada a la calle San Agustín.
Los Reyes saludan a los laguneros que les esperaban a su llegada a la calle San Agustín. josé luis gonzález

HARIDIAN DEL PINO | LA LAGUNA El calor es tan sofocante que hasta en la sombra se puede pegar la ropa al cuerpo. La agradable brisita que, normalmente, baja de Las Mercedes decide soplar en cualquier otro momento. Mientras el sol está en lo más alto, empiezan a llegar los primeros curiosos que se apostan detrás de las vallas tapadas con un manto púrpura con el nombre de San Cristóbal de La Laguna.
A las 16:00 horas ya son muchos los concentrados delante del museo Cristino de Vera y una hora más tarde, la gente ya se ha agolpado en todo el tramo peatonal de la calle San Agustín y llenan buena parte de la calle Viana. Concretamente, la cola va desde San Agustín hasta la calle Bencomo. Una de las primeras en posicionarse delante de la Fundación es Chencha, que aguarda desde las 15:30 horas la llegada de los Reyes de España. "Yo, por don Juan Carlos y doña Sofía, hago lo que sea. Si la Reina tropieza, te juro que salto la valla para ayudarla, darle un beso y un abrazo", asegura Chencha.
"Ya vi al príncipe Felipe y a doña Letizia en la inauguración del teatro Leal, el año pasado, pero no he podido ver a los Reyes, así que estoy muy emocionada porque Juan Carlos I de Borbón ha hecho mucho por España, aunque tú eres muy joven para entenderme", explica Chencha para agregar: "Es mi Rey, es mi Reina y aunque no tengo roce con ellos, los quiero y los admiro".
Media horita más tarde llega Fina, quien afirma que "siempre les he visto por la televisión pero, como vivo en el casco, decidí acercarme a verles. A mí me gustan mucho los Reyes".
Mientras los laguneros disfrutan de un momento distendido, hablando entre ellos y abanicándose, la esperada sombra ya se ha empezado a instalar a lo largo de la calle San Agustín. Una sombra que se agradece.
Los especialistas en protocolo corren de un lado a otro ultimando los detalles de la visita. El bullicio del interior de la casona del siglo XVIII se mezcla con la escandalera que hay en la calle.
El único silencio que se escucha es el de los más pequeños. A más de uno se le ponen los ojos como platos cuando ven llegar a los especialistas en seguridad, portando unas bolsas negras y alargadas, vestidos de verde y con cara de enfado. Llegan y se colocan en las ventanas del edificio, que se encuentra situado entre la Casa Lercaro y el museo Cristino de Vera, oteando el horizonte con sus prismáticos. Al poco salen dos pastores alemanes del edificio y olisquean la alfombra roja.
La muchedumbre empieza a gritar, ya nadie presta atención a los profesionales de la seguridad. En la alfombra roja avanza una figura vestida de negro con un sombrero y cogida del brazo de una señora que sonríe. Es Cristino de Vera que llega media hora antes a su cita. Cristino se para y se quita el sombrero mientras las mujeres le gritan "¡guapo, guapo!" o "¡qué bien te conservas!".
El pintor canario entra en su museo, en el lugar en el que se expone su obra, en ese espacio dedicado a la reflexión y el silencio. La gente se calma.
Una mano coloca un gran cuadro delante de las vallas púrpuras, lo ha pintado Enrique. "Es un regalo para la Reina, para que tenga un recuerdo de La Laguna. Ella es una gran crítica del arte y espero que lo vea", explica el pintor.
La jarana se vuelve a apoderar de la calle porque llega la ex alcaldesa de La Laguna, Ana Oramas, acompañada del actual alcalde de la ciudad, Fernando Clavijo. Ambos se acercan a saludar a los ciudadanos mientras le espetan "¡guapo, guapa!". Enrique, el pintor que trajo el cuadro para regalárselo a doña Sofía, le insiste a Oramas porque le quiere entregar la pintura a la Reina. Al final, se sale con la suya, una persona de protocolo va hasta él para recoger el cuadro de Enrique y entregarlo a los Reyes.
El alboroto vuelve a llenar San Agustín. En esta ocasión es el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, quien se aproxima sonriente por la alfombra roja. Cuando las señoras más atrevidas le empiezan a decir que está muy guapo, Álvarez comienza a correr hacia la entrada del museo con el dedo en los labios y clamando al cielo silencio.
Cada vez hay más y más gente detrás de las vallas pero parece que alguien se ha dejado abierta una ventana de la Torre de La Concepción y corre algo de aire. Las señoras, algunas son auténticas profesionales, evitan a toda costa que algún despistado se abra hueco en primera fila.
Las autoridades continúan llegando: Milagros Luis Brito, Fidencia Iglesias, José Manuel Soria... Pero no es hasta que aparece Ricardo Melchior cuando las doñas se empiezan a sofocar.
El presidente del Cabildo de Tenerife, muy coqueto con su chaqueta colgando del hombro, no duda en acercarse a saludar a todas sus fans que le esperan en la primera fila. En algún arrebato de descaro, alguien le grita: "¡Qué joven estás!".
Melchior coge a Cristino del brazo y lo acerca hasta las osadas mujeres que le han vitoreado hace escasos segundos. Algo cuchichean, de algo se ríen, pero es imposible escuchar.
El pintor y el presidente del Cabildo entran en la Fundación. Los tonos de las voces vuelven a subir, la gente vuelve a aplaudir aunque muchos no saben muy bien por qué. Entonces alguien grita: "Es Paulino Rivero, no son los Reyes". Ante tal afirmación, alguien pregunta, en voz baja: "¿Quién es ese?". "El presidente del Gobierno canario", responde un señor visiblemente enojado por el despiste de la joven.
La aparición del alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo, provoca tanto ovaciones como abucheos pero ya es imposible ver la reacción del primer edil de la capital tinerfeña porque las cabezas se empiezan a amontonar detrás de las vallas. Sin embargo, las señoras de la primera fila siguen defendiendo el trocito de valla que están ocupando desde primera hora de la tarde.
El personal de protocolo se empieza a mover por el exterior del inmueble granate; los policías se hacen discretos gestos y una voz anuncia: "¡Son los Reyes!", "¡ahí están!", "¡guapo, guapa!".
"¿Vienen en coche o andando?", ¿de qué color es el vestido de doña Sofía?", "don Juan Carlos es el que lleva una corbata verde". Así, los que están en la primera fila narran a los que no pueden ver o están tan atrás que las cientos de cabezas ya no dejan ni vislumbrar lo que ocurre en la acera de enfrente.
Los Reyes saludan a las autoridades y entran en el museo Cristino de Vera, donde descubren una placa. Disfrutan del silencio que rompe, por un día, la obra del pintor canario. Fuera, la cosa cambia. Hay quienes no piensan perder ni un centímetro del territorio conquistado al de al lado. Nuevas guerrilleras se preparan para relevar en la valla a aquellas que deciden abandonar sus posiciones y batirse en retirada.
Mientras se produce todo este movimiento de gentes en una estrecha acera, un niño pequeño le pregunta a su madre con tono de disgusto: "¿Cuánto falta?". Su madre le responde: "Aún tienen que salir los Reyes".
Más de una hora después termina el acto de inauguración. Don Juan Carlos y doña Sofía vuelven a ser vitoreados por el público que queda, siempre, detrás de las vallas. Ante la sorpresa de muchas laguneras, la Reina decide romper el protocolo y acercarse a saludar a todos lo que seguían esperando para verles.
Los Reyes de España abandonan a las multitudes y se aproximan al coche. Más de una se seca las lágrimas de emoción y, cuando parece que todo ha terminado ya, doña Sofía baja el cristal de la ventanilla de su coche y se despide de los laguneros con la mano y una enorme sonrisa.

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