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Estandarte de la medicina y la cultura

 
Estado actual de las fachadas del emblemático edificio.
Estado actual de las fachadas del emblemático edificio.  Jonay Rodríguez

El emblemático edificio que alberga el Museo de la Naturaleza y el Hombre fue construido en el siglo XVIII y es un ejemplo destacado de la arquitectura neoclásica de las islas. Hoy es un espacio para el conocimiento y la transmisión de la cultura, el alimento del espíritu. En otro tiempo albergó el Hospital Nuestra Señora de los Desamparados y su finalidad era sanar el cuerpo.

VICTORIA CABRERA | SANTA CRUZ DE TENERIFE El inmueble que actualmente acoge el Museo de la Naturaleza y el Hombre, en la capital, fue construido a mediados del siglo XVIII como centro de acogida y beneficencia y se denominó hospital de Nuestra Señora de los Desamparado, también conocido como Hospital Civil. Fue estandarte de la medicina pública de la ciudad y germen de lo que hoy es el Hospital Universitario de Tenerife (HUC). Sin embargo, de su pasado como centro sanitario sólo quedan las paredes.
La iniciativa de construir el Hospital de los Desamparados parte de los hermanos Ignacio y Rodrigo Logman (Beneficiado Rector, el primero, y Vicario, el segundo, de la parroquia de la Concepción), que al llevar el viático a los enfermos notaron que no tenían donde vivir ni recursos para atender a sus necesidades básicas, según se recoge un trabajo realizado para el Museo de la Naturaleza y el Hombre.
La realidad nacional a principios del siglo XVIII era calamitosa y esa situación se trasladó a Canarias y condicionó la vida de los isleños, especialmente la de las clases más necesitadas. En el año 1706 Santa Cruz de Tenerife tenía una población cercana a los siete mil habitantes, sin contar a los miembros de las órdenes religiosas. Las epidemias y los ataques de los corsarios y de las flotas enemigas suponían un peligro constante. Esta situación fue la que llevó a la fundación del Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados.
El edificio primitivo de Nuestra Señora de Los Desamparados comenzó a ser operativo en 1752 y tenía capacidad para treinta personas. Fue costeado por los hermanos Logman con fondos particulares, se supone que también con fondos parroquiales, y con donaciones de particulares y limosnas.
Al poco tiempo de comenzar a funcionar, el teniente general de los reales ejércitos, Antonio de Benavides, se retiró del servicio de las armas y se instaló en ese establecimiento, al que estuvo sosteniendo con sus propios medios hasta el año 1756. Gracias a su influencia, el rey Fernando VI concedió la gracia de que los buques que venían del Nuevo Mundo abonasen anualmente el importe de los derechos que produjeran doce toneladas de cacao, del Registro de las Indias. La independencia de las colonias puso fin a los ingresos que el centro recibía por este concepto. Para paliar el déficit, la Corona dictó una Real Orden por la que se le concedía al este centro 9.000 reales. El Hospital de los Desamparados contaba también con benefactores que periódicamente destinaban una cantidad a al sostenimiento de esta importante obra social.
El que fuera alcalde de la ciudad en 1807, Víctor Tomás Monjuí, solicitó a la Tercera Orden Franciscana que se encargara de la asistencia y cuidado de los enfermos pobres. La organización del centro estaba en manos de los párrocos de la iglesia de la Concepción. Posteriormente, en 1849, el Ayuntamiento tomó a su cargo el centro y nombró a una Junta Municipal de beneficencia para su administración y cuidado. Cinco años más tarde, los establecimientos de beneficencia fueron declarados provinciales y se regían por una junta de gobierno. Gran parte de los enfermos que se asistían en el hospital eran forasteros.

Trazado primitivo
La falta de documentación impide conocer el trazado primitivo del edificio. Parece que constaba de una pequeña construcción a la que se adosó una capilla. Ya a comienzos del siglo XIX el edificio tenía dos plantas. La fachada principal tenía dos entradas, una daba al zaguán y otra, bastante mayor, era el acceso público a la iglesia. En medio de estas dos estancias se ubicaban dos cuartos que era donde se desvestía a los enfermos.
Al principio, en el lado este del edificio estaban las habitaciones del general Benavides pero, con posterioridad, se añadieron nuevos espacios. En la parte posterior se ubicaban dos enfermerías, mientras que la parte oeste estaba ocupada casi en su totalidad por la iglesia. El patio tenía uso de huerta, donde se cultivaban tanto productos para el abastecimiento doméstico como plantas medicinales.
El hospital antiguo sufrió un incendio en 1888, que destruyó gran parte de la fábrica original, especialmente la que pertenecía a la primera época. El arquitecto Manuel de Oráa fue el encargado de realizar los trazos del nuevo edificio, para el que utilizó piedra que se traía de la parte alta de la calle de San Sebastián. Manuel de Oráa murió antes de que se terminara el edificio y fue Antonio Pintor el encargado de finalizar la obra. Realizó las fachadas que miran a las calles San Sebastián y San Carlos, en las que supo amoldarse a la estructura diseñada por Oráa.
El edificio es de tres plantas y de división tripartita en su fachada, que está coronada en su parte central por un frontón clásico. El interior del edificio se organiza alrededor de dos patios interiores, claustrados en el bajo y sostenidos con columnas de hierro de fuste estriado y capiteles con decoración vegetal. El edificio aparece coronado por una imagen de la Caridad, de procedencia francesa, que hace alusión a las religiosas encargadas del cuidado de los enfermos.
Entre los años 1859 y 1863 pasaron por este centro hospitalario más de 3.000 enfermos, de los que falleció una cifra bastante elevada debido a que hubo una una epidemia de fiebre amarilla. En 1881, las Hermanas de la Caridad se hicieron cargo del cuidado y dirección de los asilos de beneficencia de la ciudad.
Ya en el siglo XX, el hospital pasó a depender del Cabildo Insular, y se acometen una serie de reformas para ampliar las instalaciones que habían quedado insuficientes para atender a la demanda. El proyecto lo hizo el arquitecto Antonio Pintor en el año 1920. Ya en esta época el Cabildo de Tenerife tenía idea de construir un gran hospital en otro lugar. Era el primer paso para crear el Hospital Universitario de Canarias.
En 1970, el Hospital de los Desamparados tenía unos 300 enfermos que atendía una plantilla formada por unos cincuenta médicos y treinta Hijas de la Caridad, además de diverso personal sanitario. Los médicos que prestaban su servicio en este centro lo hacían en su mayor parte de forma desinteresada. Algunos tenían su plaza en propiedad, pero otros eran "honorarios gratuitos". No era raro que alguno de ellos, sobre todo en especialidades, se llevaran parte de su propio instrumental quirúrgico para las intervenciones. El Hospital por dentro fue siempre sobe todo limpieza y blancura. Los enfermos se encontraban en salas de desigual tamaño. Pero tan solo un año después, en 1971, el hospital dejó de desempeñar su cometido como centro sanitario.

Vivencias en el hospital

Muchas son las vivencias que se produjeron en el Antiguo Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados durante sus años de servicio como centro sanitario. El segundo domingo del mes de mayo de cada año era fecha destacada en el calendario tanto para las autoridades, como para los familiares y los propios enfermos. El hospital se transformaba con las esperadas visitas. Las camas se vestían con la lencería más bonita y de mejor calidad, los enfermos se ponían pijamas nuevos y se adornaban las salas de forma especial. Cada sala tenía una imagen religiosa en un altar y ese día se celebraban concursos para ver cual era el altar más bonito. Y todo, porque era el día señalado para la tradicional visita a los enfermos. Durante el recorrido que hacían las autoridades de la época por el centro sanitario, una banda de música les acompañaba. El Obispo repartía la comunión a los enfermos por todas las salas. Ese día también había comida extraordinaria para las personas hospitalizadas. Otro tipo de visitas era la que realizaban las niñas del Colegio que dependía de las Hermanas de la Caridad y que estaba ubicado frente al mismo Hospital. Ese día también era especial porque se vestía a las niñas de una forma diferente para visitar a los enfermos. Las pequeñas recorrían las salas cantando canciones que alegraban un poco la vida a los pacientes allí ingresados. Algunos dicen que después de la guerra estuvo ingresado en el Hospital de los Desamparados, en la sala de distinguidos, un Príncipe que tenía hasta un asistente propio. Al parecer se encontraba en muy mal estado debido a los males que había padecido. Algunos decían que tenía algún parentesco con el Papa Pío XII. Al parecer fue un personaje pintoresco y enigmático, ya que las Hermanas no sabían hablar su lengua. Otra vivencia curiosa es la que sucedió en el año 1953, cuando las lluvias provocaron una gran subida del caudal del Barranco de Santos. Se cuenta que los animales eran arrastrados por el agua, barranco abajo, sin control, y llegaban al mar. Las Hermanas, ante la alarmante situación salieron del Hospital a tirar imágenes milagrosas para que el agua retrocediera. Cuando todo pasó, en el lugar se encontró multitud de medallas que la gente recogía.

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