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Portada de la edición impresa de la Opinión de Tenerife de este 22 de julio de 2017
Amalgama

Arte e integrismo

El feminismo se ha convertido en una secta que no está alimentada por la razón sino por la emotividad

20.05.2017 | 04:00
Arte e integrismo

No nos referiremos, por ejemplo, a la censura de la obra Le Fanatisme, de Voltaire, por parte de Tarik Ramadan, en 1993. Tampoco a la destrucción de los Budas de Bamiyan, en 2001, por los taliban, o a la más reciente destrucción de la puerta de Tombuctú, o de las ruinas de Palmira. A pesar de que son ataques al arte, hay más adversarios respecto a ciertas representaciones. En este sentido se desarrolla el integrismo de género que encuentra una de sus representantes en la feminista Concha Mayordomo. En un artículo en El País, el 9 de mayo, expresaba: "Visitar los grandes museos europeos, aquellos que recogen las obras que la historia del arte ha calificado como maestras, no es siempre una experiencia gratificante? A veces el tema, especialmente el de las escenas bíblicas o mitológicas, puede dejar sin aliento; raptos, violaciones, humillaciones y toda clase de vejaciones hacia las mujeres están ampliamente representadas en cuadros, dibujos y esculturas, y obedecen a una ideología visual en la que la situación social de la mujer queda explícitamente agraviada".

A partir de aquí, la señora Mayordomo analiza cuadros como El Rapto de las hijas de Leucipo, de Rubens, en la pinacoteca de Munich, y lo señala como nutrido de una de las escenas más violentas del barroco, donde las mujeres raptadas por unos seres descomunales, se resisten desesperadamente. Pasa al Museo del Prado y El Rapto de Hipodamía, donde se representa un secuestro con desgarramiento de ropajes, y sigue la señora Mayordomo enumerando obras de raptos de Rubens, considerándolo un crudo raptólogo (incluso cita erróneamente su Rapto de Deyarnira, en lugar de Deyanira). Mayordomo sigue con El rapto de las Sabinas de Juan de Bolonia, en Florencia, y contrapone lo que se ha dicho de esta obra describiéndola románticamente como un ballet para decir que realmente la Sabina agita los brazos y grita desesperadamente para lograr la libertad.

Seguidamente trae muy bien a colación la manifestación de Ortega y Gasset, en Estudios sobre el amor: "Cuando el objeto erótico es una mujer, la incitación al rapto se potencia porque también, en cierto modo, puso Dios en el mundo a la mujer para ser arrebatada, no digo que deba ser así, pero ¿qué le vamos a hacer si Dios lo ha arreglado de esa manera?". También repasa a Goya la señora Mayordomo, como defensor de la mujer maltratada en una de sus obras de Los Desastres de la Guerra, pero enseguida lo cala con el comentario manuscrito del propio Goya: "La mujer que no sabe guardar es del primero que la pilla y cuando no tiene remedio se admiran de que se la llevaron". Termina Mayordomo con La Historia de Susana y los Viejos, donde dos seres seniles quieren beneficiarse con malas artes de la joven, intentan forzarla, ella se resiste, y la acusan de adulterio, para que la condenen a muerte, y al fin son condenados ellos. Mayordomo se fija en el cuadro de Tintoretto, sobre Susana y los Viejos, y dice que "el pintor se esmera en presentar a una mujer en su espacio íntimo, cosificada y expuesta para su contemplación, no sólo para los rijosos que aparecen en la escena, también para todo aquel que contemple el cuadro". Mayordomo parece aquí querer ayudarse de una censura absoluta a la rijosidad de quienes saborean el cuadro, vinculándola a una especie de sadismo de espectador. La propia Mayordomo reconoce que "En la mitología el rapto era un acto razonablemente legitimado, cuyas víctimas propiciatorias solían ser jóvenes vírgenes, o bien mujeres honestas que los pintores de todas las épocas -incluido Pablo Picasso- han representado de manera misógina para uso y disfrute no sólo de los cuerpos estereotipados por los gustos de la época, sino también como demostración de la fuerza y la razón del género masculino frente al definido como débil. Estos hechos seguramente continuarían con una violación".

Maquiavelo dijo, en el Capítulo XXV de El Príncipe: "La fortuna es mujer y, si se quiere dominarla, hay que maltratarla y tenerla a freno". Pero todas estas estupideces masculinas no tienen relación directa con el arte, el arte es una representación del momento histórico, y está repleta, por ejemplo, de crucifixiones de Jesucristo, más que ninguna otra iconografía, y no por ello se está defendiendo, por el artista, el crimen de la crucifixión. Podríamos, también, fijarnos en otra iconografía como la de Judith y Holofernes, o Salomé y Juan El Bautista, ambas decapitadoras de hombres, pero sin cargar contra el artista, ni contra la leyenda. Pronto le tocará la crítica a Penélope, en La Ilíada, por sumisa, y empezaremos a ver mal el cuento de Barbarroja, o ciertas actitudes prosadas como las de Anna Karénina, o Emma Bovary.

El feminismo se ha convertido en una secta que no está alimentada por la razón sino por la emotividad, asume postulados circenses, pero no sólo. Hace bien poco un par de parlamentarios de Fuerteventura argumentaron que había que quitar del Parlamento canario un cuadro que representaba la conquista española de estas islas, el cual resultaba humillante para el pueblo canario. El cuadro, de Manuel González Méndez, ha estado tranquilo desde 1906, hasta estos nuevos tiempos en los que se ha desatado la fiebre de requisar la memoria del pasado y reescribirla a gusto del reinterpretador, enviando a la hoguera todo lo que molesta al inquisidor o a la inquisidora. La misma estulticia y disparate que lo de Palmira y Bamiyan, pero, todavía, sin sangrerío. Este camino de ignorancia para tratar con el pasado, indica una neurosis, sea de insatisfacción como humanos, sea un brote de sentimientos patológicos de culpa en la sociedad, o sea el preludio del ejercicio de una violencia física, que es el siguiente paso cuando se empieza así.

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