19 de noviembre de 2016
Amalgama

Sartre y Trump

19.11.2016 | 02:35

En 1933, en Francia, tuvo lugar un horrible crimen. En el mismo año en el que el nazismo surgía con fuerza en Alemania, las hermanas Christine y Léa Papin, de 28 y 20 años, el 2 de febrero, en Le Mans, asesinaron a la madre e hija de la familia Lancelin, para quienes trabajaban como servicio doméstico. Es un caso canónico en los libros sobre psicosis. De padre alcohólico y abusador, y madre que las entregó a trabajar al servicio de los Lancelin. El caso comenzó con una reprimenda de la madre Lancelin por no haber terminado las Papin un trabajo, ante lo cual ambas jóvenes se enfurecieron, se lanzaron sobre madre e hija, les sacaron los ojos y las asesinaron a martillazos y cuchilladas. Terminaron destrozando y descuartizando los cuerpos, repartiendo vísceras y tejidos por las paredes y escaleras, donde esparcieron también los globos oculares, que habían sido arrancados con las manos desnudas. Se habló de estadísticas que atribuían más los casos de psicosis e intentos de suicidio entre el servicio doméstico respecto al común de la población, se habló de homosexualidad entre hermanas, de epilepsia, etcétera. Pero lo que nos interesa ahora es la interpretación de los filósofos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes defendieron que las jóvenes eran víctimas de la lucha de clases. Sartre habla del Mal: "Existen en nuestra sociedad productos de desasimilación, desperdicios: niños abandonados, pobres, burgueses venidos a menos, un lumpenprolietariat, arruinados de todas las clases, en una palabra, todos los miserables. Con éstos estamos tranquilos: no pueden agregarse a ningún grupo porque nadie los quiere; y como la soledad es su destino, tampoco tenemos que temer que se asocien entre ellos". Pero en una sociedad en la que el peso del lumpen va creciendo, sí que éstos tienden a votar, y eso cada vez es más fácil. Tres millones de lumpen en Estados Unidos, han podido cambiar los equilibrios previstos. Es una de las posibles causas de esta ceguera de las compañías demoscópicas. En España no se ha podido prever el sorpasso de Podemos, en Colombia no se pudo prever la negación al tratado con las FARC, en Inglaterra no se pudo prever el Brexit, y en EEUU no se ha podido prever a Trump. La izquierda politiza el crimen y tiende a relativizarlo sociológicamente si lo cometen los desclasados, como defendía Sartre; a la vez, los mass media, una especie de élite intelectual separada de la población, predican un panorama que no tiene que ver con la realidad que subyace en masas normalmente mudas, excepto para el ejercicio de su derecho a voto en función de su malestar. El conjunto de situaciones nos aboca a una conquista por parte de los líderes denominados populistas del espacio del poder, como ha ocurrido tantas otras veces, y normalmente representados por la mal denominada ultraderecha y la ultraizquierda. La ultraderecha es como la ultraizquierda, pero vacunada contra los recientes crímenes históricos del marxismo, y la ultraizquierda es la heredera intelectual de estos criminales históricos. Por ende, hay países como Grecia o España, en los que una ultraizquierda popular toma el poder, y otros, casi todos los demás, en los que va a tomar el poder su contrario. Se acerca una lucha dual, y a los burócratas, los políticos correctos, se les acabó su tiempo. La izquierda de salón ve en el vandalismo de clase una especie de petición de justicia, como Sartre, y la derecha de salón no ve nada, sino que va perdiendo a sus votantes irremisiblemente. Entre tanto los populares de izquierda (como los podemitas que jalean a Bódalo) quieren usar la violencia destructiva, y los populares de derecha (como Trump) quieren usar la violencia represiva. Unos son narcisos de universidad y otros narcisos de finanzas, pero narcisos ambos. Las espadas están en alto y los demóscopos buscan nuevas metodologías porque ya saben que algo terrible está ocurriendo. Es la era de la rabia, en la que las democracias decadentes ceden el paso al autoritarismo y, por lo pronto, al liderazgo de lo campechano.

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