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La Crónica Negra Sucesos que conmocionaron a Canarias

El anticuario muerto de 9 puñaladas

El cadáver de Arístides Hernández fue descubierto en 2003 por su hijo mayor en una casa que compartía con su exmujer. Trece años después, el autor del crimen sigue en libertad

09.10.2016 | 02:32
Arístides Hernández de la Paz, en una foto del álbum familiar.

Se llamaba Arístides Hernández de la Paz y su cadáver, con nueve puñaladas, fue descubierto el 22 de junio de 2003 por su hijo en el interior de una vivienda que compartía con su exmujer, en la parte inferior, en la calle San Cayetano nº 13, de Los Realejos. La víctima, en el momento de su muerte, tenía 66 años. Transcurridos 13 años del crimen, su asesino continúa suelto. En su momento se investigaron a varios sospechosos, entre ellos un delincuente, hijo de un policía local, y un ciudadano rumano, que fue apresado en Huelva, pero los investigadores del CNP no pudieron probar su participación.

El asesinato del anticuario Arístides Hernández de la Paz forma parte de la leyenda negra de Canarias, que cuenta con numerosos casos sin esclarecer, a pesar de que en algunos de ellos se cuentan con indicios suficientes recogidos en el lugar del crimen.

La muerte de Arístides, natural de Puntallana (La Palma), cuyo cuerpo sin vida fue localizado sobre las 11:30 horas del 22 de junio de 2003, un domingo, en el interior de la casa donde él hacía parte de sus negocios (en la calle San Cayetano nº 13, Los Realejos), presenta una serie de connotaciones que hicieron sospechar a la Policía Nacional de la Comisaría de Puerto de la Cruz que podría tratarse de una muerte con supuestos tintes pasionales, concretamente entre homosexuales.

El cuerpo sin vida de la víctima fue localizado por su hijo Fidel un cuarto de hora antes de que llegase la Policía Local de Los Realejos a la vivienda. Como nota curiosa, cuando el Cecoes alertó a la Policía Local, estos manifestaron que se trataba de una muerte natural.

Sin embargo, los primeros agentes del CNP que se personaron en la vivienda encontraron el cadáver del finado "desnudo de cintura para abajo y tan solo cubierto por una camisa de color azul, que estaba desabrochada. El cuerpo estaba caído en una silla hacia un lateral, apreciándose signos evidentes de violencia, tanto por la cantidad de sangre encontrada en el lugar como por el evidente desorden existente en el local donde pereció".

El cadáver de Arístides Hernández de la Paz presentaba nueve puñaladas que le fueron propinadas probablemente cuando él se encontraba sentado en una silla y su asesino de pie.

El domicilio donde fue encontrada la víctima es una especie de local de compra-venta de antigüedades y libros. Este se halla en la parte baja de una vivienda y la entrada es independiente de esta. En la parte superior vivía la exmujer de Arístides, Marta.

Las últimas personas que vieron con vida al anticuario manifestaron que hablaron con él tres días antes del hallazgo del cadáver. Entre ellos, su hermano Adelmo, que habló telefónicamente el día 18, tal y como adelantó a este periódico. Otro vecino lo vio ese mismo día en el bar Moisés, muy próximo al domicilio.

Fue precisamente esta prolongada ausencia y el olor que desprendía el cadáver, puesto que ya presentaba evidentes signos de descomposición, lo que llamó la atención de su hijo, que fue a buscarlo. Se encontró con el desagradable hallazgo del cuerpo sin vida. Al parecer, llevaba ya tres días muerto, hecho que fue corroborado por la versión ofrecida por su exmujer que manifestó que ese era el tiempo que la estancia olía mal.

Los investigadores se llevaron un turismo propiedad de esta persona, un Opel Corsa, con matrícula TF-9157-BF, que estaba estacionado en las proximidades de su domicilio y que no presentaba señales de haber sido forzado.

Los agentes encargados de la inspección ocular, adscritos a la Policía Científica, no hallaron durante el registro el arma homicida, un cuchillo. En cambio, si encontraron la llave de acceso a ese local, que, además, tampoco estaba forzado. Esto indica que el asesino accedió tras serle aperturada la puerta, lo que podría indicar que ambos se conocían. Por supuesto, el único ventanal existente tampoco estaba fracturado.

Lo que sí notaron los policías fue el desorden que presentaba el pequeño garaje, lleno de libros, carteles, películas y muchos uniformes militares, apilados en numerosas estanterías que llegan hasta el techo. Además, esta gran cantidad de objetos impedían la apertura desde un pasillo interior.

El cadáver fue levantado y trasladado hasta el cementerio de San Luis, en La Laguna por orden del titular del Juzgado de Instrucción nº 1 de La Orotava, para la práctica de la autopsia y de esta manera poder determinar las causas reales del óbito.

Como testigo mudo, en la acera y junto al bordillo, se halló una moneda de cincuenta céntimos de euro con manchas de sangre. ¿Se le cayó al asesino o fue una señal con la que quería dejar alguna pista?

Llamó la atención de los investigadores que ni el marco ni la puerta de la ventana presentasen señales de forzamiento. Por su parte la cerradura estaba en perfectas condiciones de uso.

La habitación, según relató Arístides Hernández, uno de los tres hijos de la víctima, estaba llena de volúmenes de libros, revistas, colecciones de sellos, monedas, películas antiguas, ropas, etc.

Los agentes, durante la inspección ocular, no encontraron que dentro del desorden existiese indicios de lucha, no hubo ninguna pelea entre la víctima y su asesino, lo que indica que ambos se conocían y que el asesinato se produjo en un momento de descuido.

Precisamente su hermano Adelmo Hernández contó a la opinión de tenerife cómo era el fallecido. "Se dedicaba a la venta de antigüedades, fundamentalmente sellos y monedas que vendía en un puesto en el Rastro, en Santa Cruz de Tenerife, donde tenía buenos amigos. Si es cierto que era muy reservado y el dinero lo guardaba en casa, aunque a veces venía conmigo a un terreno que tengo en La Esperanza a recoger pinocha y parábamos en la Caja de Canarias para que él retirase dinero".

"Algunos allegados me contaron que la Policía Nacional, que todo hay que decirlo trabajó muchísimo para intentar resolver el caso, se desplazó a La Palma y a Las Palmas. Lo cierto es que nunca se detuvo a su asesino", sentenció con amargura.

El asesino de Arístides Hernández mostró un elevado grado de ensañamiento puesto que los investigadores hallaron numerosas muestras de sangre en diversos objetos tales como un libro, un vídeo, un álbum de fotografías y en cuya superficie había una mancha que podría ser saliva.

Un objeto que llamó poderosamente la atención a la Policía Científica fue el hallazgo de un guante que contenía heces debajo de los genitales del cadáver y una servilleta de color verde claro, la cual estaba empapada de un líquido que al parecer podría ser orina, tal y como viene recogido en diversos informes policiales y judiciales. Fueron estos dos elementos, entre otros, los que llevaron a inclinar la investigación hacia la intervención de un hombre, quien por motivos que se desconocen decidió apuñalar de manera brutal a Arístides y acabar con su vida.

La sangre de la víctima presentaba elementos de proyección, es decir, que se produjo en una situación de sorpresa y que saltó hacia los libros y el suelo. Además, la Policía Nacional recogió un pantalón verde claro, tipo chandal, empapado en un líquido que podría ser sangre y que apareció entre la puerta de entrada y una mesa. Probablemente, esta prenda la llevó puesta Arístides hasta el momento en el que llegó su asesino.

En cuanto a las huellas aparecieron bastantes, concretamente en el armario de una librería, aunque no arrojaron resultado puesto que no correspondían a ningún delincuente fichado en el Sistema Automático de Identificación Dactiloscópica (SAID).

Su hijo mayor, Fidel Hernández González, con quien este diario pudo hablar, relató que "hasta el momento no ha habido una resolución positiva del caso. Todo son suposiciones". Con respecto a si su padre pudiera mantener una relación homosexual, manifestó: "Creo que no, al igual que así lo afirmó siempre mi madre, pero de puertas para adentro nunca se sabe como son las personas. Lo que sí puedo señalar es que era una buena persona y nunca se llevó mal con nadie. No tenía enemigos". Fidel añadió que "el día del hallazgo del cuerpo sin vida de mi padre, al que encontré tirado en el suelo solo me atreví a empujar la puerta un poco, vi los pies y no tuvo el valor de entrar por lo que avisé a la Policía. Precisamente, al ser domingo uno de los investigadores que apareció lo hizo en bermudas y cholas, como si viniese de la playa, algo que parece que le molestó. Sin embargo, el resto de sus compañeros, creo recordar que algunos se desplazaron desde la Península, hicieron un buen trabajo".

El forense de guardia de La Orotava notó durante la inspección ocular que en una de las piernas del cadáver de Arístides Hernández había varios pelos que fueron recogidos por indicación suya. Se trató de una prueba dubitada, es decir que hacía referencia a aquel material ofrecía duda y que no eran de la víctima.

El caso fue seguido de cerca por los principales medios de comunicación del Archipiélago. Este interés creció tras la detención de un sospechoso, un ciudadano rumano que fue arrestado en la provincia de Huelva y que, tras ser interrogado por los agentes quedó en libertad a pesar de que incurrió en diversas contradicciones.

Las versiones que ofrecían los diarios en 2004 apuntaban siempre en dos direcciones, que el móvil tuviese un origen pasional, frente a la otra teoría de que fuese producto de un robo.

La primera fue mantenida como principal al aparecer la víctima sin ropa interior, con un guantes con heces junto a sus genitales y vestido tan solo con una camisa.

En cuanto a la segunda, todo indica que a pesar de que tenía gran cantidad de objetos que no valían prácticamente nada; en cambio si guardaba sellos y monedas principalmente que si podían poseer gran valor. Sin embargo, sus hijos varones contactados por este medio no pudieron cuantificar el valor ni si faltaba algún objeto determinado.

Arístides Hernández fue, además, un destacado miembro del Partido Socialista, incluso una fuente policial consultada agregó que actuó en la clandestinidad hasta la llegada de la democracia.

Hoy, transcurridos 13 años de su asesinato, su caso se atisba como otro de los tantos que acabará en una estantería d0e los juzgados sin que su culpable pague por estos hechos que sembraron la alarma en un vecindario tranquilo y destrozaron a sus hijos.

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