La Crónica Negra | Sucesos que conmocionaron a Canarias

Alberto Sentís, asesinado y emparedado

El hallazgo de una mandíbula en un vertedero permitió llegar al autor de la muerte del empresario lagunero, del que se sospechó desde el principio

06.03.2016 | 19:05
Alberto Sentís Vayreda con dos de sus hijos durante un viaje de vacaciones.

Alberto Sentís Vayreda, empresario de La Laguna, murió asesinado por no soportar más la extorsión de Secundino Castellano Álvarez, quien le reclamaba una supuesta deuda de 48 millones de pesetas. La víctima, tras encararse, le lanzó un puñetazo y un patada a Secundino. Sin embargo, este consiguió pegarle una fuerte patada en la boca, al tiempo que con el nudillo del dedo índice derecho lo golpeó en el pecho enterrando el mismo. Alberto Sentín comenzó a sangrar tanto por el pecho como por la boca. Finalmente murió y sus restos fueron emparedados en el garaje de su asesino.

Sus restos tardaron un año en aparecer. Las casualidades de la vida hicieron que cuando se localizó la mandíbula de la víctima se cumplía justo un año de su desaparición. Esta es la historia de Alberto Sentís Vayreda, que murió asesinado a manos de Secundino Castellano Álvarez en La Laguna en el año 2000, y posteriormente enterrado bajo un sarcófago de cemento, según consta en las diligencias 8981/01 del Cuerpo Nacional de Policía, a las que tuvo acceso la opinión de tenerife.

Los hechos se remontan al 22 de septiembre de 2000, cuando la mujer de la víctima interpuso una denuncia ante la Comisaría del CNP de La Laguna por la desaparición de Alberto Sentís, del que no tenía noticias desde el día 19 de ese mismo mes.

Asesino y víctima se conocían desde al menos quince o veinte años antes, ya que Secundino Castellano, según manifestó a los agentes que le detuvieron, había entablado una amistad puesto que le buscaba terrenos con el fin de construir en los mismos. Esta relación profesional duró unos diez o doce años.

Secundino agregó en su declaración que por cada terreno que le conseguía se llevaba de comisión el veinte por ciento aproximadamente, si bien en ninguna ocasión el fallecido le llegó a pagar la totalidad de lo acordado. La deuda, según su ejecutor, ascendía a la nada despreciable cantidad de 48 millones de pesetas (290.000 euros).

Secundino se acercó al domicilio social de la empresa de la víctima, una oficina situada en lo alto de donde estuvo la de CajaCanarias en El Cardonal, en Taco, y estuvieron hablando durante al menos quince minutos, siendo el tema de conversación el cobro por parte de Secundino de la supuesta deuda generada.

´Tranquilo que lo arreglamos´

La víctima, harta de las peticiones de Secundino, y probablemente con la intención de quitárselo de encima le dijo: "Tranquilo que lo arreglaremos". Luego le pidió que le esperase en el bar de enfrente de la oficina tomándose un café, a lo que Castellano Álvarez accedió.
Transcurridos unos quince minutos aproximadamente llegó Alberto Sentís y tras tomarse un café juntos abandonaron el establecimiento quince minutos después, dirigiéndose cada uno en su vehículo hasta la zona de Los Majuelos, donde la víctima le mostró el terreno donde se estaban llevando a cabo unas excavaciones.

Tras observar la misma, Secundino le espetó: "¿Cuándo vas a arreglar conmigo el tema del dinero?". Alberto le contestó que "ya lo arreglarían". En ese momento, según consta en las diligencias policiales, "Alberto se encaró con su asesino y le lanzó una patada en la boca, al tiempo que con el nudillo del dedo índice derecho prácticamente se lo enterraba en el pecho, comenzando Alberto a sangrar tanto por el pecho como por la boca y perdiendo el conocimiento".

Su asesino lo arrastró hasta su coche, un Seat Ibiza de color negro e introdujo a la víctima en el maletero del mismo. En ese instante se percató de que estaba muerto, por lo que se ausentó del lugar, dejando el vehículo de la víctima donde éste lo había estacionado.
En ese instante, Secundino Castellano, con el cadáver de Alberto en el maletero, comenzó a dar varias vueltas por sitios como Taco, Barranco Grande –donde había vivido– y La Cuesta. Su sangre fría llegó al extremo de entrar en distintos bares, donde permaneció hasta las 20:00 horas. Luego se dirigió a uno ubicado en las proximidades de su domicilio en Finca España, donde estuvo realizando consumiciones hasta las 22:00 horas. Posteriormente se dirigió a su casa, dejando en el interior del coche, estacionado en la puerta de su domicilio, el cadáver de Alberto.

Una vez en la vivienda, actuó con total normalidad hasta la mañana siguiente, que se levantó como todos los días, a las seis de la mañana. Cogió su coche y se dirigió al bar El Pueblo, en la urbanización Las Nieves de la Finca España, donde permaneció hasta las 08:30 horas, en que su esposa salió del domicilio para dirigirse a su trabajo.

Cuando Secundino tuvo la certeza de que en casa no había nadie, se dirigió hasta allí, siempre con Alberto en el maletero, e introdujo el coche en el salón. Dentro de la casa abrió una zanja debajo del poyo de la cocina. Cuando acabó, fue a una ferretería de la Finca España y compró cuatro bolsas de cal, regresando nuevamente a casa.

Una vez dentro, cerró las puertas del salón, sacó a Alberto Sentís del maletero, lo introdujo en la fosa, aunque previamente le quitó al cadáver el Rolex de oro y el resto de las sortijas que usaba, y roció su cuerpo con las bolsas de cal. Luego lo envolvió en revuelto, poniéndole una especie de sarcófago, tapando el resto de la fosa con una gran cantidad de escombros. Ahí permaneció el cuerpo de la víctima casi un mes y medio. En un momento determinado decidió sacarlo y para ello empleó solo sus manos, ya que el sarcófago estaba rasgado y pudo extraerlo por partes, así como el cuerpo, que ya se encontraba en el esqueleto envolviéndolo en una sábana.
Enterrado en una fosa

El cuerpo lo subió a su coche y lo condujo hasta una obra en la calle San Alejandro, del Camino La Hornera, donde aprovechó que estaba solo para volver a enterrarlo en otra fosa que hizo, tapándolo nuevamente con una capa de hormigón, donde existía un salón. Luego regresó a su casa, donde recogió todos los escombros, y los trasladó hasta el Camino de Las Mantecas, donde los tiró a un vertedero.

Esta es la declaración que hizo el asesino a la Policía Nacional un año después de acabar con la vida del empresario Sentís Vayreda.
Los agentes sospecharon desde un primer momento de este individuo, ya que la mayoría de las personas con las que contaban apuntaban a él. Además, la viuda del empresario relató a los investigadores que de la única persona que desconfiaba era precisamente de Secundino. Cuando los agentes se dirigieron a su domicilio, este ya no estaba, pero su madre, Encarnación, relató a los funcionarios que su hijo había llegado a casa la noche anterior con una herida en la canilla por la que sangraba y que bien temprano se había ido al Sur a trabajar en la construcción.

Interrogado sobre los hechos, no confesó absolutamente nada que lo incriminara. Habría que esperar varios meses después, cuando fue denunciado por falsificar dos pagarés y un reconocimiento de deuda por valor de 16 millones de pesetas cada uno, los cuales pretendía cobrar. Por esta estafa fue condenado a cuatro años de prisión.

Justo un año después de la denuncia de su desaparición, un vecino que paseaba con su perro por el Camino de Las Mantecas localizó una mandíbula que presentaba prácticamente todas las piezas dentales. Trasladada una dotación a la zona, se verificó el hallazgo y se comprobó que se trataba del maxilar inferior con la casi totalidad de las piezas dentales correspondientes a un ser humano. En los montículos de escombros se hallaron, adheridos a los mismos, restos de ropa interior muy deteriorada y de cabello, los cuales presentaban una forma de haber contenido un posible cuerpo, pudiendo tratarse de un ser humano. Comunicado el hallazgo al Juzgado de Instrucción nº 4 de La Laguna, se personaron tanto el forense como el juez. Este último ordenó el traslado de los restos al Instituto de Medicina Legal, excepto el maxilar y los cabellos, que fueron remitidos a Comisaría para su análisis.

Los policías se dirigieron, ante las sospechas de que se tratasen de los restos de Alberto Sentís, al domicilio profesional de su odontólogo, ubicado en la calle Álvarez de Lugo, que tras observar los mismos no dudó en identificarlos como los de su cliente. Pero aparte de esta prueba fue fundamental el hallazgo de una factura de una ferretería donde compró la cal y en la que figuraba la fecha de adquisición, el nombre a quién fue extendida –Secundino Castellano Álvarez, en la capital tinerfeña–, así como el domicilio donde se iban a emplear dichos materiales, la calle Huelva, en Pueblo Hinojosa, Finca España. Los policías, sabedores del horario de Secundino, montaron un apostadero en los exteriores de su domicilio y, sobre las seis de la madrugada, cuando abandonaba el mismo, era detenido y conducido hasta la Comisaría de La Laguna. Ante la abrumadora cantidad de pruebas en su contra acabó confesando su autoría, manifestando que decidió desenterrar los restos al mes y medio ya que la Policía había estado en su casa, donde se respiraba un olor fétido, pero del que jamás sospecharon los agentes que estuviese el cuerpo de la víctima. Los policías, con el apoyo de personal del Ayuntamiento de La Laguna, picaron la vivienda señalada por Secundino provistos de martillos neumáticos y localizaron los restos de su víctima.

Juzgado tiempo después, solo acertó a manifestar que trató de repelar la agresión que sufrió en un intento de defenderse sin intención alguna de causarle la muerte. Contó que se sentía muy arrepentido por los hechos ocurridos y que solo podía pedir perdón a la familia de Alberto Sentís. Su condena fue de 15 años de prisión.

Antecedentes por estafa, hurto y tenencia de drogas

A Secundino Castellano Álvarez le constaban, en el momento en que fue arrestado, un total de cinco detenciones, todas ellas en Santa Cruz de Tenerife, siendo las tres últimas el 29 de octubre de 1970, por hurto; el 5 de marzo de 1980, por estafa; el 3 de abril de 1981, por tenencia de drogas; el 15 de enero de 1982, por una reclamación; y el 18 de noviembre del mismo año , por otra de similares características. Los agentes detectaron que Secundino Castellano había sido arrestado en otras ocasiones anteriores, utilizando para ello datos de filiación alterados. Quienes le conocen hablan de él como una persona con una gran preparación física. Era experto en artes marciales y además poseía una enorme corpulencia, por lo que un golpe propinado por esta personas puede tener consecuencias fatales, como le ocurrió a la víctima, que a pesar de pesar casi 110 kilos, le hundió los nudillos en el pecho, lo que le provocó una hemorragia y posteriormente la muerte. Previamente, le propinó una fuerte patada que le desencajó la mandíbula.

Secundino Castellano entra en la prisión de Tenerife II para cumplir lo acordado por la Sala de lo Penal de la Audiencia Provincial, que lo condenó a 15 años de prisión al ser hallado culpable por un tribunal popular del asesinato del empresario lagunero Alberto Sentís. El tribunal lo condenó además a seis meses de prisión por el delito de hurto de las pertenencias del fallecido.

A preguntas del fiscal, dijo que no se había entregado porque no tuvo valor. "Fui a la comisaría de La Laguna y estuve en el bar de enfrente con el cadáver en la maleta del coche, pero no tuve valor para entregarme", dijo antes de comenzar a llorar.

Cuando llega a la cárcel, es colocado como jardinero, dado los conocimientos que tenía en albañilería y otros menesteres manuales. En este puesto cumplirá la pena impuesta, aunque no penó los quince años a los que fue condenado, ya que en cuanto pudo adquirió el tercer grado.

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