La Crónica Negra
Sucesos que conmocionaron a Canarias 

La Cordera, un asesinato por encargo

Su muerte fue, según la Policía, un crimen por interés económico, pues valía más muerto que vivo

11.01.2016 | 02:20
La Cordera, un asesinato por encargo

El crimen de Emiliano Toledo Rodríguez, propietario del bar La Cordera, en La Laguna, ocurrió el 22 de julio de 1990. Este asesinato es otro de esos oscuros casos no esclarecidos y en los que todas las pruebas apuntan a que podría tratarse de un triángulo de intereses en el que algunas personas próximas a la víctima podrían estar interesadas en hacerle desaparecer. Dos días antes de su asesinato, Toledo manifestó que iba a liquidar la sociedad de bienes gananciales. Pese a que este caso estuvo a punto de ser resuelto por un inspector de Policía –hoy jubilado–, este suceso forma de la crónica negra de la Isla.

El asesinato de Emiliano Toledo Rodríguez –natural de San Andrés y Sauces, en La Palma– puede que haya caído en el olvido. No obstante, este crimen, aún sin resolver, conmovió a la sociedad tinerfeña en la década de los 90, pues el cuerpo sin vida de este palmero fue hallado por el panadero con un tiro en la frente y en el interior del establecimiento que Toledo regentaba, en concreto, en la zona próxima a los servicios.
Emiliano Toledo llegó a Tenerife procedente de la Isla Bonita y pronto se decantó por la hostelería. Sus comienzos fueron en la capital tinerfeña en un pub ubicado frente a la Plaza de Toros. Pronto decidió probar suerte en solitario y alquiló una casa de comidas, La Cordera. Al poco de tiempo, el restaurante comenzó a recibir las visitas de algunos de los personas más destacados de la Isla, pues lo mismo acudía un magistrado como un reconocido periodista, pasando por un afamado médico o el político de turno. De esta manera, Toledo se hizo un nombre en el sector.
Pese a que casi todos los protagonistas de esta historia ya han fallecido –cuatro de las personas implicadas o que tenían conocimiento sobre Toledo murieron años después–, hay datos sobre su vida personal que han salido a la luz. Emiliano se casó con su novia Ruperta Dolores García Mendoza, natural de La Gomera, quien trabajaba en el Hospital Nuestra Señora de La Candelaria.

Tras el asesinato del empresario, la Policía Nacional estuvo investigando a Ruperta Dolores García Mendoza, quien falleció víctima de un tumor cerebral en 2004, al menos diez años. "Se trataba de una relación comercial, más que de pareja", apuntó una fuente policial consultada por este periódico.

Emiliano y su esposa tuvieron un hijo, que hoy supera los cuarenta años. Este muchacho se llama Emilio José, y la opinión de tenerife pudo localizó y entrevistarlo. "Francamente, no guardo esperanza en la resolución del asesinato de mi padre", aseguró.

"La relación no era abierta entre padre e hijo", relató el hijo de la víctima, quien añadió: "Alguna vez me preguntaba por el colegio, estudié en el Luther King". "Era un trato del día a día. No tenía confianza con él. No había esa comunicación abierta entre un padre y un hijo. No existía ese vínculo de cotidianidad. En una palabra, no había cercanía. Pero eso no quiere decir que no lo quisiese", manifestó Emilio José, quien no solo accedió a hablar de la relación que mantenía con su progenitor, sino que también explicó cómo se sucedieron los hechos el día en el que su padre fue asesinado.

"Mi madre se levantó ese día muy temprano y estaba fregando la casa. Alguien gritó: ´¡Leo, Leo (luego supe que se trataba del panadero), han matado a tú marido!´, relató Emilio para añadir: "Mi madre me dijo: Despierta que el panadero me ha dicho que tu padre está tirado en el suelo". "Yo oí el grito de ella. No me dejó entrar. Mi padre estaba muerto, tumbado en un charco de sangre", apuntó.

La primera de las incógnitas que se plantearon los investigadores surgió en el mismo momento en el que fue localizado el cuerpo, pues si Emiliano Toledo era una persona tan desconfiada que no abría la puerta a nadie, ¿cómo es que ese día le franqueó el paso a su asesino? Siempre hacía entrar a sus conocidos por una pequeña puerta de la cocina. Sin embargo, su agresor entró por la principal.
Este hecho, llevó a los investigadores a barajar dos hipótesis: la primera, el autor poseía una llave y la segunda, la víctima y su asesino se conocían, había confianza entre ellos.

Para la Policía cabe una tercera posibilidad: Alguien de su familia tocó y Emiliano abrió al no desconfiar pero justo detrás de esta persona, venía el sicario. La hora de su muerte se dató entre la 01:45 y la 01:50 horas. Apenas son cinco minutos de diferencia y la certeza vino dada por el testimonio de un vecino que estaba grabando un vídeo para su hijo que al día siguiente no tenía colegio. Esta persona escuchó unos ruidos, se asomó y no vio nada.

Fue encañonado

Lo que luego ocurrió fue que el agresor mantuvo encañonado a Emiliano Toledo, quien en ese instante se estaba comiendo un trozo de sandía y tenía un pequeño cuchillo entre sus manos, y lo condujo hasta los servicios. Allí le disparó a bocajarro un tiro en la frente. El empresario cayó desplomado y su cadáver apareció rodeado de un charco de sangre.

En cuanto al arma de fuego, esta nunca apareció y, según los investigadores, pudo tratarse de una pistola descatalogada, es decir, su poseedor podría ser un miembro de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado y con conocimientos para borrar el ánima del arma. Por estos hechos, un antiguo maestro armero de la Policía Nacional destinado en la Comisaría de La Laguna fue interrogado. Pero sus respuestas no condujeron a ninguna parte.

No obstante, investigaciones posteriores llevaron a una pistola robada a un oficial de complemento, que vivía en el paseo de Las Acacias, en la capital tinerfeña, y que denunció el robo de su arma diez días antes del crimen, junto con quince cartuchos de nueve milímetros parabellum largo, de la marca Star. Incluso, se hicieron pruebas con una pistola, que fue localizada en los túneles de Güímar, y que pertenecía a un guardia civil desaparecido, pero se demostró que con ella no se había disparado.

Los investigadores se percataron de otro detalle: La noche antes del asesinato de Emiliano Toledo, su mujer invitó a cenar a todos los empleados a un conocido restaurante en las proximidades de Los Rodeos.

El asesinato del propietario del bar La Cordera se produjo el día antes de la Romería de San Benito Abad de La Laguna.
Los encargados de las diligencias número 3102/01, a las que ha tenido acceso la opinión de tenerife, comenzaron a interrogar al ambiente más cercano a la víctima, ya que, desde un primer momento, se tenía la convicción de que su asesino procedía de su círculo más cercano. Ni tan siquiera su hijo, que en el momento del crimen de su padre tenía 16 años, escapó de las sospechas. Emilio relató que aquella noche estuvo en un conocido pub de La Laguna desde las 23:00 y hasta las 03:00 de la madrugada, hora en la que unos amigos lo dejaron en su casa. Minutos después regresa su madre de la cena.

Por la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de La Laguna comienzan a desfilar desde la viuda de Emiliano Toledo hasta los hermanos de esta.

Ruperta Dolores García Mendoza, Leo, inició una relación sentimental con un antiguo novio de La Gomera, conocido como Sito el portugués, a los seis meses de enviudar. El hecho de que, con posterioridad, la pareja tuviera un hijo fue motivo de bastantes discusiones entre Leo y su esposo. Una de sus hermanas relató que "mi hermano siempre decía que para no poder atender a un hijo en condiciones era preferible quedarse con uno solo".
Otro de los ambientes en los que la Policía Nacional buceó en busca de pistas que condujeran hasta el asesino fue en el entorno homosexual, pues supuestamente era frecuentado por Emiliano Toledo. Al respecto, tanto su hijo como una de sus hermanas aseguraron que era más que probable que el fallecido lo fuese homosexual, pues "solía ir casi todas las noches, una vez cerraba el bar, a Puerto de la Cruz", explicaron.
Asimismo, la Policía averiguó que la víctima había pagado una habitación en un hotel de Puerto de la Cruz por adelantado y para tenerla durante un mes.

Por otra parte, su hijo evoca con nitidez cómo al día siguiente de la muerte de su padre, sus tíos, algunos de los cuales vivían en El Cardonal acudieron al velatorio, así como un hermano del que fuera pareja sentimental de Leo. Esta persona manifestó que la noche en que mataron a Emiliano Toledo había bajado a buscar unas películas de vídeo y relató: "Fíjate si pasan cosas raras que anoche dejé el coche aparcado en un sitio y apareció en otro lugar". La Policía Nacional también investigó a los hermanos del que fuera pareja de Leo.

Pese a tener todas estas líneas de investigación abiertas, lo cierto es que no conducen a nada, hasta la llegada de un inspector jefe a la comisaría de La Laguna, quien retoma el caso y afloran nuevos datos sobre lo ocurrido.

En cuanto a la viuda, los agentes contaron con el mandamiento judicial de intervención telefónica, dos ocasiones, a lo largo de diez años, pero nunca reveló nada.

Los agentes también investigaron a una cocinera que mantenía relaciones con un policía nacional, pero tampoco se llegó a nada concreto.
Obra de un sicario

Para este profesional, hoy retirado del servicio activo, el asesinato fue obra de un profesional, un sicario que cobró por su trabajo. "Probablemente, pudiera tratarse de un delincuente de Cuesta Piedra", manifestó. Sin embargo, esta certeza no era absoluta, puesto que este policía se entrevistó con una de las personas que fue considerada autor o al menos cómplice y la pista tampoco condujo a nada.

Este sospechoso, vecino de Tegueste y trabajador de una multinacional tampoco reveló nada en los últimos días de vida que le quedaban, falleció de cáncer. Incluso, relató que cuando fue a buscar a Toledo, con el que solía ir habitualmente a Puerto de la Cruz vio a un hombre de espaldas con una camisa blanca, pero no aportó nada más. La juez lo envió un mes a prisión, pero cuando salió de la cárcel varió su testimonio y dijo que esa noche no había ido a La Cordera.

Sin embargo, un testigo que estaba en la ventana del inmueble cuando escuchó el disparo creyó reconocerlo.

El que durante un tiempo se creyó pudiera tratarse del brazo ejecutor murió hace un año de leucemia, pero no se le pudo imputar nada.
Lo que sí se sabe es que el asesino, nada más entrar, encañonó a Emiliano Toledo y lo condujo hasta un lugar apartado del restaurante donde, a unos 15 centímetros de distancia de su rostro, le disparó un único disparo a la altura de la ceja izquierda. La víctima falleció en el acto. Entonces, su agresor se agachó, recogió la vaina y se la guardó. Luego arrastró el cuerpo de la víctima hasta la zona de los servicios.

Emiliano Toledo tenía en sus brazos restos de pólvora, como si hubiese tratado de taparse la cara para evitar el disparo. En el suelo quedó un rastro de sangre que permitió averiguar que el asesino arrastró unos metros el cuerpo por las piernas hasta llevarlo a la zona de los baños, que no se divisan desde la calle.

Además, el asesino permaneció en el interior del bar unos 15 minutos, según relató el único testigo, un vecino de los pisos superiores que escuchó un tiro y se asomó a una ventana. No obstante, tras esperar cinco minutos a ver si salía alguien del interior del negocio, se apartó de la ventana de su casa.

Con el fin de agotar todas las vías posibles, la Policía también contó con la colaboración de una pitonisa, pero sus conclusiones no condujeron a nada, salvo que el asesino tenía ojos azules.

Móvil económico

De lo que no cabe duda es que, según la Policía Nacional y una vez descartado el robo, Emiliano Toledo tenía en uno de sus bolsillos 55.000 pesetas, en el momento de su muerte. Por ello, se piensa que su asesinato pudo obedecer a un móvil económico y donde personas próximas a su entorno estaban muy interesadas en hacerlo desaparecer.

Tras una discusión con su hijo el día antes de su asesinato, Toledo manifestó –y así consta en las diligencias policiales– que "el lunes voy a liquidar todos mis bienes, aunque los tenga que malvender". Dos días antes le había dicho a su letrado que preparase los documentos para liquidar la sociedad.

Emiliano Toledo tenía en el momento de su fallecimiento el bar que era traspasado, cuatro pisos en el edificio Guañaque, el piso en la parte superior del negocio y dos parcelas en Las Mercedes, de unos 500 metros cuadrados cada una. Además, según le había confesado a uno de sus amigos, "escondía 700.000 pesetas en una lavadora vieja del trastero".

Las diligencias continuaron con la investigación del ambiente en el que se movía Toledo. Hasta los inquilinos de los pisos alquilados, alguno de ellos a menores tutelados por la Casa Cuna, se estudiaron pero todas las pesquisas dieron resultados negativos.

Emiliano temía por su vida, pues había dejado varias notas manuscritas en cartones de tabaco, que fueron analizadas por la Policía, donde decía: "Yo no tomo café", "por la noche, no abro la puerta a nadie", "este es un chulo, tranca al que pilla", "cuando no está ella, hace lo que quiere", entre otras. Otra de las personas que conocía perfectamente a Emiliano Toledo fue su abogado, Guillermo Marrero Santos, quien en el momento de su muerte, estudiaba Derecho a la vez que ejercía como taxista y era la persona que lo trasladaba todas las noches hasta Puerto de la Cruz. Él también falleció años después.

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