Vuelta al mundo con La Opinión de Tenerife
África (IV)

Namibia, horizontes sin límites

Con la maleta cargada de historias de Soweto y Mozambique, emprendemos una nueva aventura volando hasta Windhoek, la capital de Namibia. Allí nos espera nuestro productor ejecutivo, Pablo Oramas, que se suma a este road trip de 17 días por África austral.

09.11.2017 | 18:08
Namibia, horizontes sin límites

La Opinión de Tenerife invita a sus lectores a dar la vuelta al mundo. Este es un nuevo reportaje del serial sobre la experiencia de un periodista tinerfeño, Fernando Palarea, que realiza una vuelta completa al globo junto al empresario Pablo Oramas y el viajero César Sar, para la realización de la segunda temporada del exitoso programa de viajes El Turista. Este diario ofrece las experiencias de estos aventureros, que visitarán más de 50 países de los 5 continentes en 14 meses. Tras los preparativos llega hoy la segunda parada: Mozambique.

Antes del reencuentro, acudimos junto a nuestro guía Jordi Rovira a tomar el que será nuestro compañero de viaje en este tramo de la vuelta al mundo. Nuestro vehículo 4x4, totalmente equipado, que además de servirnos para recorrer los miles de kilómetros que tenemos por delante, a su vez será nuestro hogar. Llevaremos nuestra casa a cuestas. Un vehículo confortable que en su parte superior dispone de dos casetas en las que dormiremos varios de los días que tenemos por delante y que está provisto de todo lo necesario para disfrutar de una acampada en modo luxury: Sacos de dormir a estrenar con el grosor necesario para no pasar frío, utensilios de cocina, bombona, ruedas de repuesto ante posibles imprevistos, mesa, sillas? ¡Una auténtica pasada que nos invita a comenzar la travesía cuanto antes!

Aunque es domingo y no podemos disfrutar, ni conocer cómo es la vida en Windhoek; nos viene bien el pequeño descanso para temas logísticos y dejar cerrados todos los detalles. Sin embargo, aunque las cámaras están guardadas, el trabajo de oficina (producción, edición, redacción, redes sociales?) es también pan de cada día en un proyecto televisivo como El Turista.

Con todo preparado, iniciamos la semana, dirección a Sesriem, la puerta del Parque Nacional del Namib. Tenemos por delante muchos kilómetros en esta etapa del viaje y para que César Sar y yo podamos ir grabando, lo ideal es que Jordi y Pablo tomen los mandos de nuestro coche-hogar, y conduciendo por la izquierda, lleguemos a buen puerto cada día para cumplir con nuestro intenso itinerario.

El desierto más antiguo del mundo

Nuestro paso por Namibia comenzó por todo lo grande: el desierto del Namib. El origen de este desierto legendario está en otro desierto, el del Kalahari. El río Orange, transporta la arena bajándola hasta esta zona del suroeste de África y es depositada en Namibia por la corriente de Benguela que sube por el Atlántico Sur proporcionando este clima desértico que moldea el viento.

En Sesriem nos esperaba una avioneta para realizar uno de los vuelos panorámicos, que está considerado como de los más espectaculares del planeta. No les falta razón a los que así lo catalogaron. Al atardecer, para disfrutar de la Magic hour, que es cuando la luz del sol está más bonita e ideal para la filmación, nuestro joven piloto despegó su avioneta. Teníamos ante nuestros ojos el desierto más antiguo del planeta, con dunas de arena roja de hasta 380 metros de altura. La avioneta provista de cámaras en el exterior y en el interior realizó el vuelo casi acariciando cada una de las dunas que componen este paisaje de ensueño. Con un ojo en la cámara y otro en la ventana, resultaba normal que los minutos del vuelo pareciesen segundos, incluso milisegundos que deseabas saborear en su plenitud, pero sin dejar escapar el más mínimo detalle. El color, las sombras, la altura y formación de las dunas, e incluso las características Fary circles, unos hoyos en el terreno que encontramos cuando regresábamos y que disponen de varias teorías sobre su formación, semejante al misticismo que rodean las famosas Líneas de Nazca en Perú. Descendimos pletóricos, emocionados, con unas imágenes fenomenales y con la sensación de ser afortunados de poder comprobar de primera mano la belleza de nuestro planeta.

Pero queríamos más. Y si nos había gustado sobrevolarla al atardecer, queríamos contar como es subir las dunas al amanecer. Para ello, madrugamos fieles al refrán de que a quien madruga Dios le ayuda, para así poder ser de los primeros en entrar al Parque Nacional -que abre una hora antes del amanecer para los que pernoctamos en su campamento interno- y dirigirnos a la Duna 45, la más popular y una de las pocas accesibles. Ascendiendo a su cima, con el tiempo necesario, se convertirá en nuestro mirador para ver salir las primeras luces del alba tras el resto de dunas. Llegamos con tiempo hasta su falda, pero el ascenso a la duna -que parecía más fácil- resultaba algo más complicado. Los tenis se nos llenaban de arena, a veces dando dos pasos atrás para contrarrestarlo con uno que avanzaba; la mochila se hacía cada vez más pesada y la temperatura subía. Sin embargo, las ganas e ilusión superaban cualquier adversidad y coronamos la cima. Plantamos los trípodes y realizamos un timelapse de uno de los amaneceres más bonitos que jamás habíamos visto. El esfuerzo y el madrugón habían merecido la pena, pensábamos mientras el inmenso sol salía tras las dunas, alumbrando de un intenso naranja nuestros rostros y este paisaje, de dos mil kilómetros de ancho y más longevo que la Era Terciaria, en la que se extinguieron los dinosaurios; que parece totalmente extraterrestre.

Como también lo parece el escenario de nuestra siguiente historia televisiva. El Deadvlei, cuya traducción es lago muerto, dicen los expertos que fue la localización en la que se inspiró el artista catalán Salvador Dalí para pintar su famoso cuadro de los relojes. La muerte queda patente en los vestigios petrificados de los árboles, que poblaban esta zona hace casi mil años, y que por la extrema sequedad, la ausencia de humedad y el reinante sol que evitan su descomposición, han quedado condenados sobre la cuarteada y árida cuenca de arcilla de este lago extinto. Las lluvias torrenciales del pasado, que formaron lagos y lagunas que favorecían que se poblara de vegetación este enclave en el corazón del Namib, dieron paso a un escenario desértico debido a un drástico cambio climático. Un dramático entorno, rodeado de rojizas y legendarias dunas, en las que la muerte y la belleza se vinculan; supone esa majestuosa postal que además captamos a vista de dron.

La mítica Costa de los Esqueletos

Dejamos atrás esta zona desértica en busca del mar, alcanzando la turística Swakopmund. Esta ciudad costera de unos 35.000 habitantes fue fundada en 1892 como puerto principal del África del Sudoeste Alemana. Su pasado alemán queda de manifiesto paseando por sus calles, siendo uno de los mejores ejemplos conservados de la arquitectura colonial alemana en el mundo, y uno de los pocos lugares en nuestro planeta, fuera de Estados Unidos o Europa, donde una importante minoría de la población tiene raíces germanas y habla alemán. Además de ser el primer balneario de Namibia y uno de los destinos predilectos para los afrikaans como lugar vacacional, está considerado el punto de inicio de la mítica Costa de los Esqueletos, nuestro siguiente objetivo, y posee maravillosos restaurantes en los que darle un placer al paladar con deliciosas ostras frescas a precio de saldo. ¡Lo testificamos, qué ricas estaban, el mar en la boca!

La mítica Costa de los Esqueletos tiene 2.000 kms de largo, que comprende Sudáfrica, Namibia y Angola; y se ha ganado a pulso su nombre. Las nieblas y el fuerte oleaje característicos de esta región, provocaban que muchísimas embarcaciones quedaran encalladas en la arena. En otras muchas ocasiones, los navegantes dejaban la embarcación principal fuera de la línea del oleaje y accedían a tierra en pequeñas embarcaciones a remo. Al llegar, comprobaban que estaban ante un inmenso desierto pero que no podían volver al barco principal, debido a este fuerte oleaje, y quedaban atrapadas y finalmente perecían. El naufragio más popular fue en 1942, del carguero británico Dunedin Star. La astucia del capitán permitió que la tripulación y el pasaje pudiesen desembarcar de la nave, pero una vez en tierra, el calvario de los náufragos se alargó durante los dos meses en los que se prolongó la operación de rescate por tierra y aire. A nuestro paso, captamos con nuestras cámaras cómo aún en la costa perduran los esqueletos de las embarcaciones allí varadas; así como una antigua refinería que también ha quedado abandonada, en medio, del que posiblemente sea uno de los rincones más inhóspitos de la Tierra.

Sin embargo, atravesando la costa llegamos a un sitio donde sí hay mucha vida, concretamente animal. En Cape Cross se encuentra una reserva natural de más de 250.000 leones marinos. Además, este punto fue el primero pisado por un europeo en 1486, cuando el navegante portugués Diego Cao llegó a estas costas en busca de una ruta alternativa hacia las Indias. El sonido de los rugidos de los leones marinos es ensordecedor, pero lo que sobre todo impresiona es cómo se produce una estampida hacia el mar, de miles de ejemplares ante cualquier señal de peligro que altere el hogar de la mayor colonia reproductora de esta especie endémica de leones marinos que sólo se encuentra en esta costa del sur de África. Una digna imagen de la naturaleza, trasladaremos a sus pantallas.

Camino a Spitzkoppe, para captar este conjunto de moles de granito que constituyen un patrimonio natural inigualable y además suponen uno de las localizaciones sagradas de los primeros habitantes del Sur de África, entendimos el porqué se dice que Namibia es un país de horizontes sin fin. Nos perdimos entre sus extensiones que parecen infinitas y acabamos en el cauce de un río, acompañados por salvajes babuinos, intentando descifrar dónde nos localizaba el GPS y cuánto nos aguantaría el tanque de gasolina hasta llegar a una zona habitada antes de que el sol se ocultase en el firmamento. Un revés, que nos impidió disfrutar de Spitzkoppe, pero que nos sirvió para entender que África es siempre una aventura y hay que contar con los innumerables imprevistos. ¡También esto es parte del viaje!

Nuestra ruta por Namibia prosigue, la aventura continúa, pero eso se lo contaremos en el siguiente episodio.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine