Animaladas

El gran blanco ataca de nuevo

'A 47 metros' devuelve a la gran pantalla a una de las bestias más efectivas del cine de terror, cuya imagen de ficción, que mitifica al escualo, quedó asentada por Spielberg en 'Tiburón'

13.08.2017 | 02:55

El tiburón blanco, un colosal superdepredador convertido por Steven Spielberg en uno de los iconos más poderosos del cine de terror ( Tiburón, 1975), vuelve a sembrar el pánico en las salas con el estreno de A 47 metros. Han pasado muchos años desde la primera irrupción del tiburón asesino, y demasiadas secuelas (con la misma u otras especies de escualos como protagonistas), todas muy inferiores al original, pero el gran blanco sigue estremeciendo al público con su imponente apariencia y sus enormes mandíbulas armadas con afilados dientes de hasta 7,5 centimetros de longitud, aquellas que daban título ( Jaws) a la obra maestra de Spielberg, una impecable e implacable maquinaria de suspense con ecos de Moby Dick. Esta vez, el encuentro del tiburón (varios, en realidad) con el hombre se produce durante una inmersión (en jaula) en México, uno de los pocos lugares que ofrecen la experiencia de bucear junto al gran blanco y sentir la subida de adrenalina que genera su cercanía, incluso en la seguridad (habitualmente efectiva) que proporciona el receptáculo de metal ideado por Jacques Cousteau frente a una eventual embestida.

El tiburón blanco funciona como monstruo cinematográfico por su imagen agresiva y atemorizadora (hasta seis metros y dos toneladas de fuerza bruta e instinto depredador), por la sensación de indefensión que provoca. Es uno de los animales mejor dotados para vivir en el océano y un eficiente pescador y cazador (entre sus presas figuran diversos cetáceos, leones marinos y aves). Nada rápido, propulsado por su poderosa musculatura posterior, que incluso le permite saltar fuera del agua, ataca de improviso, en silencio, y su mordisco destroza a la presa. Digno de temer. Además, sus sentidos le permiten detectar cualquier ruido, vibración, movimiento o forma a distancia, en un amplio radio y con absoluta precisión. Nada se le escapa. Identifica y sitúa a su presa, traza la estrategia de caza y lanza el ataque antes de que su víctima sepa siquiera de su presencia.

El gran blanco es un perfecto depredador. Ahora bien, ¿es un devorador de hombres?, ¿tiene algo que ver con la imagen que de él se da en las ficciones cinematográficas? Está considerado como uno de los tres grandes escualos que atacan a seres humanos, junto con los tiburones tigre y toro, estos dos con estadísticas mucho más discretas. Una página web le atribuye 244 ataques no provocados a personas y otros 71 como respuesta defensiva, así como 99 embestidas a embarcaciones. Entre estas últimas es célebre un caso registrado en las costas de Nueva Escocia en 1953, cuando un tiburón blanco cargó contra un bote de pesca hasta abrir una vía de agua que lo hundió. El tiburón no atacó a los náufragos. No obstante, existen diversos casos contrastados de ataques mortales a seres humanos, por lo general en costas donde viven leones marinos y que, precisamente, se atribuyen a confusiones con estos pinnípedos (el tiburón ataca desde abajo y la silueta a nado de unos y otros guarda similitud). Muchas veces, el tiburón suelta a la persona tras el primer ataque, pero su fuerza y su potencia de mordida son tan brutales que, si la víctima sobrevive, lo hace con graves heridas y mutilaciones. La bestia real es temible, aunque no es el monstruo terrible que han creado las fantasías del cine.

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