La galaxia a mediodía

Mitología de la devastación: Eberhard Bosslet en Canarias

19.03.2017 | 23:32
Una pieza de Bosslet expuesta en TEA.

La primera vez que me hablaron de las intervenciones de Eberhard Bosslet (1953) fue hacia finales de la década de 1990. Tuve la impresión entonces de reencontrarme con la imagen de un recuerdo perdido en las llanuras de la memoria. (La frase es precisa: sus obras se correspondían con lugares e imágenes que en mi recuerdo se remontaban a mis primeros vagabundeos en coche por el sur de Tenerife en busca de calas solitarias y desiertos perdidos.) Más de una década habían permanecido las obras de este artista alemán olvidadas en las estepas polvorientas del sur de Tenerife, recubiertas por la ignorancia y la anonimia. No nos ofendamos, al entonces joven creador jamás se le pasó por la cabeza la majadería de dejarnos en herencia un montón de monumentos inextinguibles dedicados a la ansiedad de nuestras sociedades depredadoras. Sus ideales eran bien diferentes.

Hasta finales de los 90 aún era posible visitar sus obras. Las más conocidas (algunas eran visibles desde la autopista) son los cobertizos intervenidos con manchas rectangulares de pintura negra que, a modo de trampantojos, simulaban ventanas y puertas de compleja arquitectura. Pero en aquellos días, las acciones de Bosslet, por mucho que guardaran cierta relación con las casas-cubo de los vanguardistas canarios, no eran para mí más que elementos consustanciales del paisaje del Sur, señales ofrecidas por el azar mágico que impera en los procesos anónimos de la demolición constante que tienen lugar en nuestras islas. Veinte años después de formarme ese recuerdo, llegaron a mi escritorio, en forma de catálogo, las fotografías y el nombre de las obras que tan profundamente me habían impactado, en especial la serie Concomitancias. Únicamente entonces percibí las obras canarias de Bosslet como lo que pretendían ser, según el propio artista, como vendajes. Vendajes empapados en ungüentos sarcásticos colocados sobre un paisaje herido y enfermo, lo que recuerda a ciertas tesisartísticas de otro alemán, Joseph Beuys.

La historia de la relación entre Bosslet y Canarias, en especial entre Bosslet y Tenerife, comienza en 1981, justo en la fase febril de la depredación urbanística que asoló nuestro territorio durante más de tres décadas. Alentado por unos amigos que regresan a Berlín, felices y tostados por el sol, Bosslet desembarca en Canarias con el único propósito de disfrutar del buen tiempo de la Macaronesia mesotropical. Con apenas veintitantos años, es ya en esos días uno de los principales artistas del grupo berlinés Material und Wirkung e.V., que hace de los materiales el núcleo fundamental de su campo de investigación: "Se considerarán materiales ?-reza su decálogo-? todas las cosas, substancias, seres vivos, relaciones, sistemas y estructuras en el espacio natural, artificial, económico, científico, social y cultural". A pesar de no querer hacer arte en Canarias, como aseguraba él mismo a su llegada a Tenerife, Bosslet queda sorprendido por el frenético crecimiento urbanístico en que se hallaban inmersas las Islas: grúas y aviones, camiones de ladrillos y autocares con turistas, concreteras gigantes y súper-hoteles, excavadoras y supermercados, masas de albañiles trabajando a destajo y marabuntas de bañistas semidesnudos al sol, esqueletos de edificios por todas partes y urbanizaciones a punto de ser colonizadas por las hordas hiperbóreas. Pero sobre todo, las ruinas, las escombreras, las chatarras, los solares, el abandono del campo. Sin duda el paisaje social emergente en las Islas debió de parecerle a Bosslet una atrocidad y, al mismo tiempo, tema ideal para sus trabajos sobre la materia y sus efectos.

No tardaría mucho en viajar por los pueblos y las soledades del Sur montado en una Vespa destartalada de segunda mano y ponerse a trabajar en el silencio de los desiertos preparando intervenciones como la titulada Mobilien & Immobilien (una serie de obras creadas en continuo desplazamiento y en las que su moto y las casas multicolores son protagonistas). Lo siguiente sería sus primeras (y maravillosas) Concomitancias, que se remontan a 1984, cuando el artista solo cuenta con 31 años de edad. "Todo el rato a lomos de mi Vespa, me interné hasta las regiones y los lugares más recónditos de la isla. Las granjas abandonadas y las obras dejadas de la mano de Dios ejercían una especial fascinación sobre mí. Sobre todo me interesaban aquellas construcciones cuya función inicial me resultaba inexplicable". En medio de ese paisaje en conflicto, desolado y árido, solo una madurez artística extrema logró dotar al joven Bosslet del vigor que rezuman sus obras españolas. No resulta tan fácil imaginar al artista, sin apenas ingresos en esos días, deambulando en solitario por el Sur caluroso a la caza de las ruinas de un cuarto de aperos, tragando polvo, achicharrándose bajo el sol, acarreando pinturas y brochas de aquí para allá y muchas veces durmiendo en cuevas o pensiones de mala muerte. Sólo una mente hechizada por la fatalidad se apresta a tales rigores, sabiendo además que va a entregar sus trabajos al viento y a la nada.

Tres décadas después, la única huella que queda en Canarias de las esforzadas intervenciones de Bosslet son, en la mayoría de casos, las fotografías con que el artista documentaba sus experiencias. Creo recordar que todavía en 2010 resistían en El Hierro, casi intactas y en el más completo desconocimiento, varias intervenciones suyas del año 1983. Pero las obras de Bosslet en nuestro insulario no se limitan al siglo pasado. Para empezar, el creador vive en la actualidad entre Berlín y Tajao, un rincón solitario del sur de Tenerife. En los años 2009 y 2011 realiza en Gran Canaria y en Lanzarote su Reformación VII y su Concomitancia XIII, esta última visible desde el cielo gracias a Google Earth. Y en 2014, por fin tiene lugar en TEA la hasta el momento más amplia exposición organizada en Canarias sobre Bosslet: Chisme-Heavy Duty. No acaban aquí, desde luego, los hallazgos estéticos canarios que en el campo de la intervención sobre los materiales ha llevado a cabo Eberhard Bosslet. Canarias, en especial el Sur de Tenerife, fue ?-y en cierta manera continúa siéndolo- su campo de pruebas. Muchas de las reflexiones a las que llega Bosslet durante la década de 1980, sobre todo las derivadas de los aterradores procesos urbanísticos de construcción y destrucción, se permean en detalles cruciales dentro de sus obras posteriores. Pero no deja de ser una irónica paradoja que su obra canaria inicial, obsesionada con algo tan categórico como los efectos de los materiales, no exista en la mayoría de los casos sino como el recuerdo de una energeia fugaz apenas plasmada en unas fotos.

No importa: Bosslet no ha logrado deshacerse del virus canario ?-según su propia expresión-? y afortunadamente sus estancias en Tenerife son, a día de hoy, cada vez más largas e intensas. Queda ahora la tarea de integrar en nuestro consciente cultural colectivo las complejas (a veces vergonzantes) reflexiones estético-críticas que el artista nos ha entregado: toda esta agridulce mitología moderna de la devastación.

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