Viajes con arte

Días felices en la isla iluminada

La francesa Oléron es un paraíso de las ostras, la tranquilidad salina y las playas atlánticas interminables - Recorrerla de cabo a rabo no lleva demasiado tiempo

18.07.2016 | 03:08

En 1808 Napoleón mandó construir Fort Boyard una fortificación de piedra de gran singularidad en frente de la isla de Oléron para asegurar la defensa del estuario. La obra resultó tan compleja, duró tanto tiempo y se encarecieron los costes de tal manera que no se pudo acabar como estaba previsto en los planes iniciales. Se cuenta que Vauban, ingeniero militar de Luis XIV, le dijo al monarca: "Majestad, es más fácil apoderarse de la luna con los dientes que seguir insistiendo en esta empresa imposible". Ni se atrevió a rentabilizar personalmente los sobrecostes.

El fuerte terminó por convertirse en una prisión, y muchas décadas después en un estudio televisivo para un popular programa que ha llegado a emitirse en dos docenas de países. Fort Boyard es el símbolo, en uno de los flancos, de la segunda isla en dimensión de Francia tras Córcega. Desde allí se divisa una miniatura llamada Aix, con la casa donde el Gran Corso pasó las últimas horas en el país antes de ser conducido a su destierro en Santa Elena. Está fortificada por el propio Vauban y sólo se puede llegar a ella en barco.

Salvaje y abrupta, Oléron se distingue de la vecina Ré en que tanto los lugareños como los visitantes son menos estirados. No abundan como en el otro caso los parisinos, los precios son más baratos, uno puede comer algunas de las mejores ostras que existen, cansarse de comprar sal de gran calidad y de ver a los surfistas cabalgando las olas mientras da largos paseos por interminables y magníficas playas atlánticas. Allí, en las cabañas, y en la vecina Marennes, proliferan las ostras. De hecho antes de cruzar el precioso puente que une la isla con el continente, en medio de un paisaje repleto de piscinas ostrícolas, se encuentra la boutique de Gillardeau, uno de los productores más reputados de Francia con una selección de conchas que quita el sentido.

Recorrer Oléron de cabo a rabo no lleva demasiado tiempo. Uno puede detenerse, además con toda la calma que la tranquilidad requiere, en las pequeñas poblaciones, cada cual de ellas con su particular género. En la calle principal de Sr. Pierre, la capital, para hacer compras. En Le Château d'Oléron para visitar la ciudadela y perfumarse con las brisas marinas mientras recorre las principales posiciones de defensa en compañía de turistas apacibles en pantalón corto. Ver los pesqueros llegar al puerto de La Cotiniére, asistir a la subasta de lenguados y rodaballos, y contemplar las demoiselles (cigalitas) bailando en las cajas. O comer en Le Grand Village-Plage, en el El Relais des Salines, en medio de los estanques de sal: ostras especiales o finas, frías y calientes, rayas cocinadas primorosamente con mantequilla, a la antigua o lubinas recién pescadas. Luego, antes o más tarde, ir a la playa con la certeza de que en los días largos los atardeceres resultarán tan melancólicos como solitarios porque los franceses, lugareños y visitantes, estarán cenando o ya se habrán acostado. Así es la bonheur en la isla luminosa, de arenales finos y plácida existencia.

Cuando uno regresa al continente, atravesando el viaducto mientras contempla el hermoso paisaje de la reserva natural marina, sabe, además, que lo que le espera al otro lado en dirección oeste, camino de Royan, es una costa limpia protegida por una gran extensión de pinares que camufla el paisaje de campistas y aquaparks que presagian un agosto infernal poblado de familias con ganas de descansar y divertirse, a la vez, cosa que no siempre resulta compatible en cualquier tipo de entretetenimiento.

La última parada en Saint-Palais-sur-mer, una localidad de veraneo que parece recién sacada de la Belle Époque por el tipo de edificaciones, es volver al mundo de ayer que describió Stefan Zweig. Alquilar una de las habitaciones de Villa Frivole, en 9 Rue de la Garenne, significa abrir la puerta de ese mundo para imbuirse de la atmósfera que requiere el lugar. Dar un paseo hasta la terraza de Chez Bob y pasar el tiempo olvidándose de que existe mirando el mar mientras se bebe un Picon Biere no es precisamente un mal plan.

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