Análisis

Demasiado bueno para ser verdad

El viejo Nuevo Periodismo se ha encontrado con un espacio entre la ficción y la realidad que deja de vez en cuando vías de agua P El libro de Talese ya tiene más controversia y suspense detrás suyo que el propio relato sobre el fisgón del hotel

17.07.2016 | 04:42
El octogenario periodista Gay Talese.

Muchas de las grandes historias del viejo Nuevo Periodismo son tan buenas que cuesta creerlas. El discurso hiperbólico de algunos de los maestros del género, como es el caso de Tom Wolfe, ese estilo manierista suyo, probablemente le sienta mejor a la ficción que a los hechos. John Hersey era considerado un precursor de todo ello por su libro sobre la tragedia de Hiroshima. Trece años antes de morir escribió una extensa crítica de The Right Stuff (1979), el libro de Wolfe que más tarde acabaría convirtiéndose en la película Elegidos para la gloria, y llegó a la conclusión de que gran parte de lo que allí contaba se lo había imaginado el autor.

Sin embargo, las momias que se encargaban del reporterismo cuando surgieron Wolfe, Breslin, Talese, Hunter S. Thompson, Joan Didion o el recién fallecido Michael Herr, no encontraban la manera de darle sentido impreso a los vertiginosos cambios culturales y sociales que empezaban a producirse en la América de los sesenta: allí estaban el rock, las drogas, los hippies, Nixon, la guerra de Vietnam. La contracultura y el caos no hallaban el hueco donde poder ser narrados eficazmente dentro de la horma estrecha y ordenada de los reporteros tradicionales que simplemente se ceñían a los hechos de manera telegráfica y obviaban los jugosos detalles que permitían las técnicas narrativas de la ficción, mucho más libres. El sentimiento de los reporteros emergentes era, en cierta manera, que había que dinamitarlo todo y volver a Balzac.

El Nuevo Periodismo surgió en la década de los cincuenta, fruto de una doble crisis. Por un lado la marcada hegemonía del New York Times había trazado una línea elitista que excluía del reportaje con más de ochocientas palabras a la práctica totalidad del resto de las cabeceras. A su vez, en la ficción literaria, el predominio del realismo doméstico burgués daba paso a novelas que se apartaban de las preocupaciones sociales. El nuevo género que empezaba a abrirse camino trajo la solución en ambas latitudes. El problema, no del todo advertido por todos, fue que el espacio intermedio donde los hechos y la imaginación podían reunirse facilitó en algunos casos que proliferase la ficción disfrazada de periodismo. Los lectores más inquietos empezaron a hacerse preguntas de hasta dónde alcanzaba la información de los reporteros para poder escrutar como lo hacían a los personajes públicos, cuyo principal rasgo de carácter era blindarse a los ojos de los fisgones. ¿Si existían tantas reservas cómo es que aquellos reporteros con ínfulas de escritores podían penetrar de la manera que lo hacían en los sentimientos y en los detalles que rodeaban las vidas secretas? La llegada de algunos de los veteranos de la literatura, Mailer o Capote, no hizo más que agrandar el círculo de la sospecha.

Estos días hemos podido leer que el octogenario Gay Talese, uno de los más brillantes periodistas de todos los tiempos, sufre la pesadilla de su vida. Desde 1980, investigó a Gerald Foos, dueño de un hotel de Colorado que afirma haber espiado a sus huéspedes durante décadas. El libro de Talese sobre Foos, basado en entrevistas con el hotelero y en sus diarios, cuyo adelanto ya publicó el New Yorker la primavera pasada, está anunciado que verá la luz el próximo día 12. Pero en la víspera de la publicación de la historia que costó cuatro décadas fabricar ha trascendido que Foos mintió a Talese sobre algunas de las patas básicas en que se sustenta. En el New Yorker dejaba claro que sabía que su protagonista no era del todo fiable, pero el alcance de sus invenciones va más allá al parecer de lo que el propio periodista se imaginaba. Hasta el punto que nada más conocerse las revelaciones publicadas por el Washington Post, el pasado miércoles, donde quedaba en evidencia que Foos no era dueño del hotel durante uno de los períodos en que confesaba haber husmeado en la intimidad de las parejas que allí se hospedaban, Gay Talese, aparentemente desolado, manifestó que no iba a promocionar un libro con la credibilidad tan cuestionada. Apenas pasaron veinticuatro horas sin que rectificase y se comprometiese, junto con la editorial, a corregir en adelante las imprecisiones cometidas. En cualquier caso, El motel del voyeur se convertirá en una deseable y promocionada lectura del verano de la ficción literaria del mejor nuevo periodismo de todos los tiempos. Llámenlo como quieran. Pero así será. Del mismo modo que lo fueron A sangre fría, de Capote, o La canción del verdugo, de Mailer, que sin contar toda la verdad y profundizando, además, en sucesos de mayor notoriedad criminal se convirtieron en grandes clásicos del género.

El nuevo libro de Talese ya tiene más suspense y controversia detrás suyo que la que el propio relato sobre el espía mentiroso de las parejas puede abarcar. El veterano periodista se involucró en los actos de un fantasma que le dirigió por el mal camino uniéndose al voyeurismo, que es a la vez una práctica que no le debería ser ajena a ningún buen reportero. Él mismo escribió en El Reino y el Poder que la mayoría de los periodistas no son más que mirones inquietos decididos a examinar las verrugas del mundo. Él mismo, el gran Gay Talese, cayó en la trampa de las inexactitudes no sólo por negligencia en la verificación de los datos de un relato al que dedicó décadas de trabajo sino por haberse encontrado quizás con una historia demasiado buena para ser verdad.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine