Solidaridad Las consecuencias de la guerra en Siria

El dolor continúa lejos de las bombas

Isidora Manero viajó desde La Laguna hasta un campo de refugiados en Grecia para ayudar a los damnificados por el conflicto - "Ahora hay niños de diferentes religiones que han aprendido a jugar juntos", explica la voluntaria

09.07.2016 | 16:01
El dolor continúa lejos de las bombas
El dolor continúa lejos de las bombas

El trayecto en barco desde la costa turca hasta cualquiera de las islas griegas no dura más de cuatro o cinco horas. Casi es el mismo tiempo que dura el viaje que se hace desde Canarias hasta Grecia, dependiendo de la escala que toque hacer en medio. Isidora Manero decidió en abril coger su maleta e irse a ayudar directamente desde La Laguna. A su llegada, por mucho que imaginó e investigó sobre cómo estaría la situación en el país que está acogiendo a miles de refugiados sirios por el conflicto bélico, la realidad superaba cualquier expectativa. Muchos ahora se plantean cómo han podido dejar sus casas, a su familias. El destino no les ha traído tranquilidad. El sufrimiento y el dolor continúan incluso lejos de las bombas.

Isi, el diminutivo con el que la conocen todos sus seres queridos, sentía "la responsabilidad" de ayudar. "La gente de a pie es solidaria. El problema está en la clase política, que ha decidido cerrar las fronteras y no dejarles entrar", valora. "Ahora Grecia, con todo lo que tiene encima, tiene que hacerse cargo de ellos. Si esos miles de refugiados se repartieran por toda Europa su presencia no molestaría a nadie porque pasarían desapercibidos", concreta.

El problema, por su experiencia, es que los griegos tienen que acoger lo que no quieren los demás. Eso conlleva, en algunas ocasiones, que sientan rechazo hacia los sirios, irakíes o kurdos que llegan hasta su frontera. "Tienen que entender que los que huyen no son los malos. Están dejando atrás su vida, su trabajo, su casa. Están huyendo de una guerra que les ha llegado de repente", añade. "Son gente normal a la que todo les ha llegado por sorpresa", destaca.

Aunque muchos de sus conocidos ahora alaban lo que ha hecho, Isi no se considera una persona más importante que los demás. "Yo no fui a la guerra. Yo ayudé en una zona tranquila donde solo lo pasan mal ellos porque han pasado de tenerlo todo a vivir, obligados, de la solidaridad de los demás", concreta.

Oficial

Durante dos meses ha estado haciendo su voluntariado en uno de los campos de refugiados oficiales del pueblo de Katsikas. Que sea oficial, y no un asentamiento sin permisos, tiene para los refugiados ciertas ventajas pero también algunos inconvenientes.

Las ONG, grandes y pequeñas, se encargan de hacer llegar a todos los alimentos básicos y de higiene para sobrevivir. También les ofrecen casetas de campaña y -a lo que se dedicó Isi Manero- el entretenimiento en forma de educación o simplemente como actividades para que pequeños y grandes tengan sus mentes ocupadas.

La parte negativa llega con las restricciones de acceso o de funcionamiento en el interior del campamento. "Si a los voluntarios nos controlan peor es con los que viven allí; además, muchos proyectos que queríamos poner en marcha los han paralizado sin darnos motivo", explica. Uno de ellos consistía en habilitar un baño de forma exclusiva para mujeres, para que se sintieran cómodas, duchándose sin necesidad de estar pendientes del velo que deben llevar o de si un hombre puede verlas. "Lo quitaron, sin más. Y como eso, otras muchas cosas", resalta.

Aunque los adultos son conscientes de la realidad que están viviendo y se sienten impotentes por la forma de vida a la que se ven sometidos después de perderlo todo, son los niños los que realmente tienen, en estos momentos, un futuro incierto. Han paralizado su educación y se ven abocados a aprender un idioma como el inglés o el alemán para tener al menos una oportunidad. "Sin el asilo los adultos no pueden buscar un trabajo y a algunos de los que conocí tendrán su entrevista para concedérselo, o no, para dentro de años", expone la voluntaria. Ahora, estos niños, de diferentes culturas entre sí, "han aprendido a jugar juntos", reconoce.

A divertirse

Les gusta, como a cualquier pequeño de otra parte del mundo, jugar al fútbol o dibujar. De hecho, sus creaciones reflejan el dolor que han pasado en los últimos meses cuando se han visto obligados a dejar atrás todo lo que conocen. En ellos aparecen las bombas cayendo del cielo, las armas de los soldados, los tanques de guerra o el trayecto en barco por el que la inmensa mayoría ha tenido que pagar.

Hacerse entender es vital para sobrevivir y no solo lo hacen a través de la palabra. "Una niña me explicó cómo murió su madre en una matera haciendo gestos y diciendo 'glop, glop". "Las historias, por lo general, son muy duras y tienes que intentar ser fuerte para escucharlas porque al final lo que quieren, pequeños y grandes, es que se les escuche, que alguien se tome un café con ellos y comparta su tiempo como lo habrían hecho en sus casas", analiza Isi para después animar a todo el que esté dudando a que se unan al voluntariado. La única condición es pagarse uno mismo todos los gastos: viaje, alojamiento, comida... "Se va a currar y muchos. No son vacaciones", dice.

Justo el no poder trabajar es una de las razones que más lleva a sentirse desconcertados y también desanimados a los refugiados. No tienen una fecha límite para recuperar, incluso en su situación, una vida normal. No pueden decidir cómo tienen que racionar su dinero -el poco o mucho que les quede- porque desconocen por completo qué será de ellos mañana.

Sin salida

Tampoco tienen opción de regresar a sus hogares. Tomar la decisión de coger de nuevo un barco y volver a jugarse la vida en el mar no entra en sus planes. No forma parte de sus intenciones no porque no lo deseen, incluso aunque eso suponga estar rodeado de peligro, de bombas, de fuego y sangre. Simplemente ya no tienen casa. No existe el hogar que dejaron atrás porque los edificios, al menos aquellos que permanecen en pie, han sido ocupados por los militares.

Muchos abuelos y personas mayores se han quedado en la zona. El viaje no es fácil para la gente joven por lo que para ellos se visualizaba más cuesta arriba si cabe. La presencia de mujeres solas con sus hijos también es habitual en los campos de refugiados. Muchos hombres, sus maridos, han sido reclutados de forma obligatoria. Ellas, lejos de quedarse para morir junto a sus descendencia, prefirieron buscar una vida lejos del horror.

Otro grupo numeroso es el de los chicos de apenas 18 o 19 años. "Los obligan a alistarse y ellos huyen porque no quieren ir a la guerra. Al final son chicos muy jóvenes para lo que nosotros estamos acostumbrados pero que ellos, en su cultura, son vistos como hombres".

Aunque no tienen lujos de ningún tipo sí que la mayoría dispone de teléfono móvil. "Esa es la única vía que tienen para poder comunicarse con la familia que les queda en Siria", matiza Manero.

Por no tener lujos duermen dentro de sus casetas pero sobre piedras, con los consiguientes dolores de espalda. "Los bebés no aprenden a caminar porque no hay ni un sitio para que puedan echarse a andar rectos, sin tropezarse", sentencia.

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