Remontar el museo

03.07.2016 | 01:11
Cuadros y fragmentos de esculturas expuestos en el Almacén visitable del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. r. c.
Cuadros y fragmentos de esculturas expuestos en el Almacén visitable del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. r. c.

El Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife tuvo detractores entre los medios de comunicación y sectores influyentes en el mundo cultural, casi desde su nacimiento, en 1900, hasta su reciente remodelación. Así, en 1911 desde las páginas de El Archipiélago se despreciaban las obras que tenía en depósito como "desechos de las exposiciones nacionales". Y ya en los años treinta, algunas de las figuras más destacadas de la vanguardia insular lo caracterizaban como "museo provinciano, no provincial" (Juan Manuel Trujillo), "desván de objetos inservibles: cuadros de aprendices y aficionados al arte sin ningún valor" (Domingo López Torres) y almacén de "malas reproducciones y un caudal de obras de las desgraciadas exposiciones nacionales" (Eduardo Westerdahl). En buena medida no les faltaba razón. Pero ocurre que a lo largo de este centenar largo de años el suelo sobre el que se asentaba esta estructura de mediación cultural que es el museo moderno se ha abierto. Ello sumado a circunstancias de gestión y administración -deficitarias condiciones de conservación que exigían una actuación inaplazable, desalojo del espacio que ocupaba la Sala de Arte Contemporáneo y su previsible programa de exposiciones- puso las condiciones para una intervención en el recinto. El resto lo pusieron unos gestores eficaces que contrataron a un equipo de museólogos inteligente y audaz que hizo de lo heteróclito de la colección su principal atractivo.

Para ello este equipo comandado por Gilberto González decidió hibridar el museo y el archivo -el teatro del primero, la máquina ciega del segundo- y más que un conjunto de monumentos-la mayoría de las piezas no resiste un pase como tales- tratarlas como documentos. Así, en el almacén visitable, que abre unas horas concretas cada tarde, y se ha convertido en el centro de gravedad de la casa, el público puede mover los peines de los rieles, donde coexisten cuadros de Botas Ghirlanda con caricaturas de Paco Sánchez (no confundir con el pintor canario) o detenerse, según le dicte su deseo, ante una tirada antigua de los Caprichos de Goya, una representación de la plaza Weyler realizado por la pintora suecofinesa Tanja Tanvelius en estilo popular brasileño o disfrutar de la pintura de una chabola de Santa Cruz realizada en 1930 por Martín Janés.

Escapularios españoles robados por los tagalos durante la guerra de Filipinas y vueltos a recuperar por los soldados patrios, caparazones d e tortuga, restos del primer cable telegráfico que conectó a las Islas con la Península, cartelas de cuadros que están en otra parte del museo o han desaparecido, anuncios que indican que está prohibido escupir en el museo... El objeto en este espacio no se presenta como portador de un verdad unívoca y tiene que compartir foco de atención con el sujeto, el público, al que hasta no hace tanto los museos consideraban un ser carente de agencia.

Aventar pues la curiosidad del público, o mejor de los públicos, agitar la capacidad de asociaciones repentinas de su memoria individual en una época en la que el sistema busca controlarla a toda costa. En la sala donde se acumulan las reproducciones en yeso de esculturas que representan a proceres, reyes obispos y al poeta Pedro García Cabrera el visitante siente una extrañeza vivificante y si extrema la atención puede que hasta sienta los pasos del fantasma de Serguei Eisenstein, contemplando como sus recursos fílmicos, como la elipsis y el fuera de campo, informan un modesto museo de provincias. Y es que si hay que resumir en tres palabras la operación realizada aquí estas serían remontar el museo. Remontarlo en el sentido de subir en dirección contraria a la corriente de sus aguas pesadas, las del relato historiográfico único, como en el de volver a montar el cuerpo de un museo que nació muerto y al que se ha dado vida mediante descargas galvánicas.

Cuando se piensa esta institución en medio del paisaje museístico canario es inevitable sentir una mezcla de perplejidad y desazón. Así , si se lo parangona con el TEA: contenedor firmado por arquitectos de primera división internacional y escasa actividad neuronal, cuyo corolario es la exposición permanente de Óscar Domínguez, con un sostén comisarial extraído de algún folleto turístico.

Melancolía también cuando se piensa como, obscenamente, en los peores momentos de la crisis un alcalde saliente de Las Palmas, inauguraba a final de su mandato un museo, el de la Ciudad y el Mar, cuya narración está hecha con ignorancia insolente o con negligencia con parapeto académico, tras lo cual el alcalde entrante daba su plácet para instalar en un castillo que es patrimonio colectivo una fundación privada, la Martín Chirino, sostenida con generosas aportaciones públicas y dotación poco sustantiva de su fundador, y constituida no para fomentar el pensamiento crítico sino el culto a la personalidad de un artista que hace décadas perdió el pulso inventivo.

Con todo, no queda otra que seguir mirando al futuro y para ello hay que mirar el pasado, pero sin querer dominarlo. Pues el pasado es un abismo, como muestra el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz, que no admite sutura.

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