El maltrato a los podencos

Canelo es propiedad de un cazador y la mayor parte de su vida ha estado sujeto por el cuello a una cadena que apenas le dejaba moverse

14.03.2016 | 11:02
El maltrato a los podencos

Canelo es un podenco viejo, aunque él no es consciente de su avanzada edad. Realmente es sólo relativamente viejo, porque a sus diez años, de ser un perro adoptado por una familia amante de los animales, su edad no sería impedimento de nada, por el contrario, más cariño y atenciones recibiría por su condición de abuelo. Sin embargo, Canelo es propiedad de un cazador. La mayor parte de su vida, junto a otros perros de su misma raza, ha estado sujeto por el cuello a una cadena que apenas le dejaba moverse sobre un metro cuadrado de áspero, duro y frío cemento. Entre las paredes de bloques grises, bajo un techo de amianto, en las mismas pésimas condiciones, sobre sus excrementos y orines, todos con cadenas al cuello, malviven junto a Canelo una docena más de podencos. Condenados a cadena perpetua –nunca mejor dicho–, sin derecho a rechistar. En ocasiones el amo, a veces la mujer del amo, vierten sobre un cubo roto un puñado de alimento, que todos devoran con ansia, más cuando han estado dos o tres días sin comer. Canelo, como los demás, sabe que a la mañana del cuarto día sin que el amo les dé algo que echarse a la boca serán conducidos, en una furgoneta todoterreno, hasta algún lugar del monte, donde les soltarán y dejarán correr detrás de los conejos. Es el hambre que les aprieta las tripas lo que les hace volar como posesos tras los pequeños esquivos y rápidos animales de largas orejas. Pero a Canelo hace tiempo que no lo llevan a correr junto a los otros perros. Pobre Canelo, que ignora que su amo se queja de que ya son más rápidos que él los pequeños animales de esquivos movimientos. Y es que nuestro amigo Canelo desconoce que ya no le es útil a ese hombre, al que otros hombres llaman cazador.

Ahora, hace un rato que Canelo viaja con su amo en la furgoneta. Le duelen los huesos y las articulaciones al viejo podenco. ¡No van a dolerle, si ha estado la mayor parte de su existencia apenas sin moverse, atrapado en un metro cuadrado de suelo, sujeto a la pared de una mazmorra medieval!

Se para el todoterreno a mitad de un camino polvoriento adentrado en el monte, entre altos pinos, a la sola luz de los faros del vehículo. El perrito viejo se siente feliz. Es feliz con poca cosa, porque lo más poquito es mucho en la mala vida que padece. El amo lo baja del trasero habitáculo, una caja de planchas de metal agujereado, donde tantas veces Canelo y sus compañeros de desdichas, bajo un tórrido sol, han sentido muy de cerca el mismísimo infierno. ¡Cómo mueve el rabo Canelo! Estira las patas, agita la cabeza y lame la mano de su amo, cuando éste le pasa por el cuello el lazo de una larga soga. Algo masculla el hombre que no entiende nuestro viejo amigo. La soga vuela sobre la rama de un pino. Canelo mira la cuerda que parte de su cuello y rodeando la rama cae de nuevo en las manos de su amo. Siente entonces cómo la soga se estrecha en su garganta, cuando algo se mueve en la copa del pino, que le llama la atención. Es el viento que aletea sus altas ramas. Y al mirar curioso hacia arriba, entre los pinos, descubre Canelo las estrellas. Nunca antes había visto Canelo las estrellas.

Este relato, el de nuestro amigo Canelo, el de este viejo podenco, no es ficción, porque ésta es la mala vida y peor fin que padecen muchos de estos perros en manos de demasiados cazadores sin entrañas, en Canarias y en muchos otros lugares de España, donde en tierras peninsulares más se caza con galgos. No son todos, por supuesto, los cazadores que maltratan a sus perros. No son todos los cazadores los que terminan con la vida de sus viejos animales, cuando éstos ya no les son útiles, colgándolos por el cuello de la rama de un árbol o a palos en la cabeza; o los que abandonan a su suerte a los desdichados canes, condenándolos a morir por inanición o atropellados en carreteras y autopistas. No son todos los cazadores los que mantienen a sus podencos en condiciones deplorables, como la que padeció nuestro amigo Canelo. Es más, estoy seguro de que hay cazadores que detestan las canallas prácticas de otros cazadores. Por supuesto que será así. No es necesario llegar a terminar con la vida de un podenco, que "ya no vale la pena mantener" –como lo hace el criminal amo de Canelo–, para ser un abyecto ser humano; también lo eres si mantienes atado al pobre animal con una cadena de un metro al cuello; también lo eres si lo mantienes entre heces y orines; también lo eres si lo mal alimentas o si lo dejas sin agua durante todo el día por pura negligencia; también lo eres por tantas otras cosas que muchos cazadores encierran en su negra conciencia. Y son esos cazadores maltratadores de sus perros los que ensucian la imagen del conjunto del colectivo, colectivo de El Rosario, que no debería oponerse a la aprobación de una normativa que sólo pretende garantizar una mejor calidad de vida de sus podencos.

Afortunadamente, algunas corporaciones municipales de Tenerife han decidido acabar con esta terrible situación, y, en consecuencia, legislar a favor de los derechos de los animales, a favor de una mejor calidad de vida de los podencos propiedad de demasiados cazadores despiadados. Tal es el caso de los municipios de Los Realejos (siendo su alcalde cazador) y de El Sauzal, valgan como ejemplo, cuyas normativas han avanzado en la exigencia del cumplimiento (bajo pena de sanción) de una serie de elementales prácticas que ofrecerán una mejor calidad de vida a estos perros (tales como limitar las horas diarias sujetos a cadenas y ampliar la longitud de éstas, de modo que les permita un mínimo movimiento). Como me consta que se trabaja en otros municipios. Pero hete aquí, que se da la rocambolesca y paradójica circunstancia de que la nueva corporación municipal de El Rosario (que gobiernan a la limón el partido Iniciativa por El Rosario-Verdes –¡VERDES!– y Sí se puede) pretende ignorar las medidas razonables a favor de la calidad de vida de los podencos que han presentado dos asociaciones proderechos de los animales, Amicanes y ProDerecho Animal-El Rosario. Estas medidas no son otras que las que ya se llevan a efecto en otros municipios tinerfeños, como en los antes mencionados. Pero no queda ahí la cosa. La nueva corporación municipal de El Rosario, que encabeza Escolástico Gil Hernández, estudia derogar la vigente normativa que sanciona prácticas como el mantener atados a los perros las 24 horas del día, con sogas tan cortas que apenas les dejan capacidad de movimiento, plegándose a la presión de la Sociedad de Cazadores de El Rosario. Cualquier persona con sentido común se preguntaría: ¿Por qué una corporación municipal liderada por un partido que se denomina verde, no sólo no avanza en una legislación que pretende evitar el maltrato animal –que es lo que lógicamente se espera de cualquier partido verde–, sino que además se propone retroceder en lo ya legislado en defensa de los podencos, ignorando las propuestas de unas asociaciones proderecho de los animales, cediendo a las propuestas de los cazadores? ¿Será que ese verde alcalde y sus verdes concejales pagan turbias deudas contraídas con el colectivo de cazadores de ese municipio, cediendo a sus pretensiones, que no son otras que eliminar toda normativa que les impida hacer lo que les venga en ganas con sus podencos? En este caso, no serían más que unos falsos verdes ese alcalde y esos concejales. O lo que es lo mismo, unos farsantes que se han envuelto en la verde capa del ecologismo, el animalismo y en todo lo verde habido y por haber que les diera todos los verdes votos de los bienintencionados paisanos de ese municipio tinerfeño. ¿Alguien se imagina a Greenpeace entorpeciendo la aprobación de medidas a favor de la defensa de la vida de los cetáceos, aliándose con empresas balleneras? ¿A qué se debe que el colectivo de cazadores esté participando en la elaboración de la normativa, cuando es este sector el más implicado en el maltrato animal con mucha diferencia, y son ellos los que están acogotando a los verdes concejales para no sólo evitar una nueva normativa a favor de la calidad de vida de los podencos, sino que fuerzan la eliminación de la que ya existe hoy al respecto? ¿A qué se debe tal sarta de disparates? ¿A qué se debe este nauseabundo pestazo a la peor de las corrupciones, que es aquella que se vierte como aceite hirviendo sobre los más indefensos, los imposibilitados de defenderse, como es el caso de los podencos en manos de aquellos cazadores maltratadores de sus perros?

No quiero pensar que todas las trabas que está oponiendo esa verde corporación municipal de El Rosario a las asociaciones Amicanes y ProDerecho Animal-El Rosario; que la artificial creación de conflictos entre estas asociaciones animalistas y los cazadores (para cuya mediación contrata el ayuntamiento a un amiguete experto en estos menesteres, ¡habrase visto tamaña mamarrachada!); que artimañas como la creación del Comité Ético de Bienestar Animal (que no hace otra cosa que entorpecer el avance de las normativas en defensa de los podencos, favoreciendo las propuestas de la Sociedad de Cazadores de El Rosario), sean debidas a turbios compromisos adquiridos por el partido que lidera don Escolástico con el numerosísimo colectivo de cazadores de ese municipio, el mayor de la isla, por cierto. Estoy seguro de que don Escolástico y sus verdes concejales, así como los de Sí se puede y los del PSOE (recientemente incorporados a ese gobierno municipal), no darán un paso atrás en el avance de la mejora de la calidad de vida de los podencos. Estoy seguro de que no se plegarán en genuflexa postura a las pretensiones inicuas del colectivo de cazadores, y darán entrada a las normas (y pertinentes sanciones a sus infractores) que mejoren la calidad de vida de los podencos, protegiéndoles de demasiados desalmados. Y estoy seguro de que será así, porque el señor alcalde de El Rosario y sus concejales verdes, son eso, verdes amantes de la naturaleza y sus criaturas, como lo son los podencos. Porque de no ser así, don Escolástico y los suyos no serían más que unos miserables, tan miserables como los cazadores maltratadores de sus perros.

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