Luto en el periodismo tinerfeño

Ricardo Acirón, entre dos viajes a Pamplona

"Era un hombre entregado a su triple e intensa devoción: periodismo, enseñanza y familia" P "Tenía empeño en ser un profesional independiente"

19.12.2015 | 02:00

Hay personas que te cambian la vida. No sabes cuando lo hacen. Pero, llegado un punto, miras hacia atrás y te das cuenta. Y a veces se lo insinúas, se lo dices más o menos, pero no se lo reconoces con la rotundidad de lo que es un hecho cierto y confirmado. Una verdad rigurosa, entre dos viajes a Pamplona.

Hoy he de dar testimonio de uno de esos casos. Ricardo Acirón, que se nos fue a Pamplona a morir –sin saberlo–, en su último viaje, fue el aragonés cabezón que hace 35 años se empeñó en que yo –soldadito navarro en el cuartel de Almeyda–, quedara amarrado por siempre a Tenerife y Canarias por oficio, casa, familia y amigos, por esos cuatro vínculos que nos enraizan profundamente con una tierra y con su paisanaje humano. Y, por si alguna duda me asaltaba, Ricardo tuvo la osadía de aprovechar otro viaje a Pamplona para buscar entonces la complicidad de mi novia (hoy , mi mujer, Berta) y para que también se sumara, los dos juntos, a nuestra aventura vital en Canarias. Pasados los años, la canariedad de mis hijos es también un poco cosa a él debida.

Recuerdo esos gestos de entonces para recrear el lado más humano y entrañable de Ricardo, su vertiente más desconocida, que ocultó siempre tras su fachada de implacable profesor, capitán de redacción y adicto irremediable al trabajo desde la madrugada, mucho antes de que supiéramos qué era eso de ser un workalcoholic.

Y ya metidos en las veredas profesionales, es la palabra "rigor" la que primero asocio con Ricardo Acirón como periodista. Era una palabra que le gustaba mucho en aquellos años, una cualidad que siempre buscaba en cada pieza, en cada texto y en la concreción exacta de esos titulares por los que a veces peleábamos; conscientes de que una gran mayoría nunca baja a ver la letra pequeña.

Algunos han visto en el rigor de Ricardo esa primera acepción del diccionario: "Rigidez o firmeza en el trato o en el cumplimiento de ciertas normas". Pero yo siempre aprecie y aprendí de él la segunda: "Propiedad y exactitud o precisión en la realización de algo, especialmente en el análisis, el estudio o el trabajo científicos". Porque ese era el rigor que vi practicar a diario a Ricardo Acirón en nuestros ocho años juntos en El Día y Jornada: la búsqueda del dato preciso, contrastado, verdadero... riguroso, lo que ahora se viene llamando "periodismo de verificación" y que entonces era ,simplemente, "periodismo bien hecho", información contrastada.

Rigor, sí, y pertinaz empeño en no casarse con nadie a medio y largo plazo, en ser profesionalmente independiente, aunque en el corto plazo las circunstancias empresariales, las necesidades y la condición humana hacen del periodista un hombre tan vulnerable y formidable como todos. Pero en el horizonte hacia el que se camina –sostenía Ricardo–, la aspiración de independencia del periodista ha de ser indeclinable, tozuda, permanente. Y eso tiene sus peajes y sus costes, porque mucha gente no es capaz de entenderlo.

Cuando alguien se va definitivamente, la vida nos muestra algunas lecciones que nunca acabamos de aprender . Nos dice que cualquier saludo y encuentro puede encerrar una despedida. Y que, por ello, hemos de saludarnos y encontrarnos siempre con la pasión que el corazón nos dicte, más allá de lo que digan las reglas de urbanidad y cortesía o nos imponga la desgana. Hoy me duele la pérdida de Ricardo y me duele no haberme "despedido" de él más intensamente a lo largo del tiempo, para combatir su fugacidad y llenar más nuestras horas de afectos.

El pequeño tributo de estas líneas no subsana nada de lo no vivido. Apenas quiere esbozar unos trazos de un hombre entregado hasta el último día a su triple e intensa devoción –periodismo, enseñanza y familia–, y arraigado ya, para siempre, en el recuerdo de los que tuvimos la suerte de disfrutarle en alguna etapa de la vida. Y quiere también recordar que, si alguna vez necesitamos sentir a Ricardo cerca, siempre podemos acercarnos a mirar en el fondo de los limpios y vivos ojos de Carmita.

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