Historia

Un lagunero en la guerra de Filipinas

José Hernández Arocha resistió 337 días sitiado en una iglesia de la localidad de Baler durante la Guerra de la Independencia de la que fuera colonia española

07.12.2015 | 23:08
José Hernández Arocha, junto a sus 32 compañeros.

Jamás pudo pensar José Hernández Arocha, vecino de Taco –donde aún viven sus nietos repartidos entre La Laguna y La Gomera– cuando fue llamado a filas en 1895 para defender lo que quedaba del imperio español en Asia, que su gesta se iba a estudiar en la academia militar de West Point, en los EE.UU. En 1889, junto a 32 compañeros más, este soldado de 2ª, perteneciente al batallón de cazadores expedicionarios nº 2 de Infantería, resistió sitiado en el pequeño pueblo filipino de Baler, situado al norte de la isla de Luzón, en la provincia de Écija (próxima a la de Vizcaya), nada menos que 337 días frente a una multitud de tagalos.

La historia no se ha encargado de hacerle justicia, como tampoco al otro canario, Eustaquio Gopar Hernández, natural de Tuineje, en Fuerteventura.

Hernández Arocha llegó al destacamento de Baler el 13 de febrero de 1898. Componían el destacamento un total de 54 hombres al mando de un capitán con dos segundos tenientes. Pronto destacó Arocha por sus cualidades y su poderosa voz, por lo que el teniente Saturnino Martín Cerezo lo eligió como su hombre de confianza y lo nombró como tal.

Contaba Cerezo que le debía la vida al lagunero cuando durante el sitio, varios soldados se sublevaron e intentaron asesinarlo. En otro documento, este oficial dejó constancia del valor de varios de sus hombres. "Los soldados Eustaquio Gopar, José Hernández Arocha y siete más, siendo por sus buenas cualidades y subordinación los mejores soldados del destacamento, Manila 10 de julio de 1899".

Martín Cerezo siempre tuvo palabras de agradecimiento y le decía "el animoso y siempre alegre cantando folías canarias levantaba el ánimo y la moral a todos los soldados". Esto sucedía a cada ataque de los insurrectos filipinos y Arocha respondía entonando el cancionero canario.

El asedio propiamente dicho comenzó el 27 de junio, lo que obligó a que la guarnición española se tuviese que refugiar en la iglesia de Baler. Los tagalos llegaron a colocar escaleras en los muros para facilitar el asalto, pero fue tal la defensa de la tropa que se apoderaron hasta de las escalas.

Arocha fue entrevistado a su llegada a Tenerife, donde contó la crudeza del asedio. "Las paredes de la iglesia eran gruesas y fuertes, a prueba de terremotos. Además, la artillería de los tagalos no era muy temible. El recinto se componía de la nave principal, que era nuestro cuartel, el bautisterio, destinado a prisión militar, la sacristía, que tenía el destino más triste, puesto que era nuestro cementerio. Seguía la casa del cura, medio destruida, pero con los muros en buen estado, de manera que nos servía como patio. Ese era nuestro mundo en todo el tiempo que estuvimos sitiados".

Intentaron quemarlos

El asedio propiamente dicho duró desde el 27 de junio de 1898 hasta el 2 de junio del 1899. En el transcurso de los combates los filipinos apilaron leña delante de la sacristía con la intención de prenderle fuego. Sin embargo, los españoles salieron y los rechazaron con lo que evitaron la pira. "Teníamos la convicción de que la suerte que nos estaba reservada era la de la muerte, que combatíamos más por morir con honra que por defender la vida. En el tercer asalto usamos agua hirviendo al mismo tiempo que de nuestros certeros tiros y siempre con buen resultado". Fue Hernández Arocha el soldado que abrió un pozo con sus propias manos en el patio de la casa del cura, de donde brotó agua de buena calidad. Sin embargo, en comida no estaban muy sobrados. "Fui el encargado de construir un horno y donde pudimos comer algo parecido a pan. Pude construir el horno con los ladrillos del piso de la iglesia y tierra amasada", contaba José Hernández Arocha.
Cuando se acabaron los víveres los sitiados se alimentaron con ratas, culebras, lechuzas y perros. "En nuestras salidas solíamos apresar algún caballo y entonces celebrábamos un verdadero festín".

La disentería acabó por cobrarse la vida de 19 defensores, más otros dos a balazos. Contaba Hernández Arocha que entre los muertos por enfermedad habían otros dos paisanos. Para acabar con los sitiadores, los españoles se turnaban para salir reptando y de esta manera llegar hasta las casas más cercanas y con un paño empapado en petróleo prenderles fuego y huir, antes de ser sorprendidos. "De esta suerte íbamos saliendo todos, por turnos con el empeño de ver quien quemaba más viviendas".

Un día se presentó un teniente coronel del Estado Mayor de Ejército español que dijo que venía comisionado por el general Diego de los Ríos para recoger al destacamento español en un vapor que había llegado y llevarlos a Manila. Como quiera que ya habían intentado engañarles con ofrecimientos parecidos, el teniente Martín Cerezo se negó a creerlo ante el temor de encontrarse ante una encerrona. El teniente coronel se retiró no sin antes dejarles unos periódicos.

Cuando preparaban la salida con el fin de romper el cerco el teniente ojeó los periódicos y encontró una noticia donde un antiguo compañero suyo teniente había sido ascendido y trasladado. No podía haber duda, eran auténticos y el teniente coronel un verdadero militar español. Ante ello se acordó la capitulación para el 2 de junio y el presidente filipino Aguinaldo, reconociendo su valor, ordenó darles toda clase de facilidades.

El Gobierno filipino publicó un decreto que decía: "Habiéndose hecho acreedores a la admiración del mundo, las fuerzas españolas que guarnecían el Destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo de este puñado de hombres aislados que han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y Pelayo.
Rindiendo culto a las virtudes militares, el Ejército de esta República que tan bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi secretario de Guerra y de acuerdo con el Consejo de Gobierno, vengo a disponer los siguiente: Artículo único.- Los soldados españoles que componen las expresadas fuerzas de Baler no serán considerados prisioneros de guerra, sino por el contrario, como amigos, y en su consecuencia se les proveerá de los pases necesarios para que puedan regresar a su patria. 30 de junio de 1899. El Presidente de la República. Emilio Aguinaldo. El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores".

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