Y de repente, en la calle

Daris, que era empresario, y Jesús, repartidor, son dos de los 25 ´sin techo´ acogidos en el centro Café y Calor de Cáritas

29.11.2015 | 02:00

Daris Rodríguez y Jesús Salvador Rodríguez nunca pensaron verse en la calle pero hace varios años su situación económica les llevó a hacer de las plazas, vías y avenidas su lugar de residencia. Sin embargo, hace algunos meses encontraron un lugar donde resguardarse. Se llama Café y Calor, un centro de acogida de Cáritas donde duermen cada día 25 personas. Son dos historias que demuestran la importancia de la red asistencial solidaria y que cobran valor hoy, justo cuando se conmemora el Día de las Personas sin Hogar.

El centro proporciona a sus inquilinos un desayuno cada mañana, una cama donde dormir y el calor de sentirse al menos acompañados de personas que están pasando por su misma situación.

Ninguno de estos dos usuarios de la instalación llegó nunca a pensar encontrarse en esta situación. Daris, de origen cubano, llegó a la Isla hace 25 años. Montó varios negocios, entre ellos un restaurante, una peluquería y una empresa de construcción. "Pero mi socio me hizo una mala jugada y a partir de ahí todo fue a peor", afirma.

Durante un tiempo pudo vivir de alquiler gracias a una paga no contributiva pero, cuando dejó de percibirla, tuvo que abandonar la vivienda dejando una deuda de 6.000 euros. Los sótanos del Intercambiador de Santa Cruz y un coche abandonado se convirtieron en su improvisado hogar.
Jesús es otra de las muchas personas a la que la crisis económica le desbarató su vida. En 2007 se quedó en paro cuando trabajaba como repartidor y, después de divorciarse y vivir en casa de algunos familiares, la calle se convirtió en su residencia habitual. "El primer día que duermes en la calle es muy duro. Se te pasa todo por la cabeza, incluso quitarte la vida", asegura.

Jesús afirma que al no refugiarse en el alcohol, todo se vive de forma más real. "Cuando bebes, vives en una burbuja, no sientes ni padeces, pero si no consumes, las cosas se viven de manera diferente", explica.

Ambos aseguran que uno de los tópicos que está más relacionado con las personas sin hogar es que sufren algún tipo de adicción. "Hay diferentes perfiles pero la gente solo piensa que somos personas problemáticas", añade Jesús. Pero nada más lejos de la realidad. Hasta hace algunos años, Daris y él eran dos hombres integrados en la sociedad con un trabajo y un hogar. "Esto le puede pasar a cualquiera, hasta a un banquero", aseguran. Ser una persona sin una residencia habitual es muchas veces un estigma muy difícil de superar, señalan. "Aunque la gente no te lo diga, sientes el rechazo", comenta Daris.

Para ambos es difícil ver cómo las instituciones públicas se centran en llevar a cabo otras acciones y dejan de lado la atención de los sin techo. Daris asegura que le ha dolido especialmente la rehabilitación del Parque de La Granja, que se encuentra justo en frente del centro donde duerme cada noche, en la que se incluye la creación de un parque para perros con un presupuesto de alrededor de 30.000 euros. "Cómo es posible que dediquen miles de euros a hacer un parque para perros y tengas a 400 personas pidiendo viviendas", reclama.

Por su parte, Jesús asegura que si se tuvieran en cuenta a todas las personas que demandan una casa en las Islas y residen como okupas en algún lugar, habría miles de personas más censadas en la indigencia. "No son reales las cifras de las que se habla. Seguimos viviendo en una burbuja y no lo queremos ver", argumenta.

Ambos matan el tiempo durante el día buscando actividades en las que entretenerse. Mientras que Jesús intenta apuntarse a todos los talleres que organiza la asociación, Daris acude cada día al TEA a leer la prensa.

La situación que atraviesan no les hace decaer y desean poder dejar pronto su sitio libre en el centro para que sea utilizado por otro usuario. Daris, que tiene actualmente 74 años, espera poder acceder a una pensión no contributiva para alquilar al menos un piso compartido, mientras que el objetivo de Jesús sigue siendo encontrar un empleo y ponerse a trabajar. "No me quiero ver sentado en un plaza cobrando 420 euros", afirma. Aunque asegura que tiene derecho a prejubilarse, mantiene que necesita trabajar al menos tres meses para poder acceder a su pensión.
Mientras tanto, seguirán peleando en su día a día hasta conseguir, por fin, ser ellos quienes puedan llevar alguna mañana café con churros al caluroso hogar que los acogió en los momentos más duros de sus vidas.

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