Diez años del 28-N

El día que 'Delta' sembró el caos en la Isla

La tormenta llegó a Canarias el 28 de noviembre de 2005

28.11.2015 | 12:33
Estado de una de las torres del tendido eléctrico tras el vendaval.

Nada de aquel lunes de noviembre hacía presagiar la peor de las noches. Incluso cuando a media mañana la Agencia Estatal de Meteorología alertaba de la llegada del fuerte viento, la población mantenía el escepticismo más absoluto. Los tinerfeños hacían sus tareas cotidianas tan tranquilos que cuando cerca de las 20:00 horas la tormenta Delta hizo su estruendosa aparición en la Isla, el miedo se apoderó de ellos.
Hoy hace diez años de aquel desastre. Una década desde que la fuerza del viento, que registró 147 kilómetros por hora, dejara a Tenerife sumida en el caso y la oscuridad. 120 meses han pasado desde el terror de aquella noche y la desolación del día posterior. Un tiempo en el que los ciudadanos han aprendido a respetar el clima. No tanto a hacer caso a los meteorólogos.

La tormenta Delta llegó a Canarias con el aviso de fuertes vientos. Huracanados, se llegó a decir. Pero mientras el Gobierno de Canarias avisaba a la población de que era mejor regresar a sus casas y evitar los desplazamientos, el fenómeno meteorológico adverso no aparecía por ningún lado. Un repentino aumento de las temperaturas fue la antesala a Delta.

El viento sopló con especial virulencia en la cumbre, donde se llegaron a registrar 200 kilómetros por hora. Pero el máximo de fuerza en el Teide no distaba tanto de los 147 kilómetros de media que azotaron el resto de la Isla. Zumbidos atronadores, ramas volando, coches tambanleándose en las vías,... Un paisaje dantesco que consiguió convencer a los más escépticos de que había que quedarse a resguardo.

No todos tuvieron la suerte de regresar a sus hogares. Varios fueron los centros comerciales que tuvieron que cerrar sus puertas y servir de alojamiento durante la noche a sus clientes y trabajadores. Aún así, mayor relevancia cobró el hotel improvisado en que se convirtió el Aeropuerto Tenerife Norte. La situación en el aeródromo de Los Rodeos dejó a 400 pasajeros en tierra. Pasaron la noche en la terminal, sin saber cuándo podrían coger su vuelo y ante las críticas por el trato.

Ana Oramas, entonces alcaldesa de La Laguna, fue la primera en alzar la voz por la falta de comida y bebida para los 400 viajeros, hasta que una gasolinera cercana se solidarizó y les envío viandas.

Y se hizo la oscuridad. Un apagón generalizado tornó en negro la Isla, aunque en aquel momento nada hacía presagiar que las tinieblas se alargarían durante varias jornadas.

Ya sin luz los vecinos de la Torre I de Santa Cruz de Tenerife (la segunda seguía entonces en construcción) protagonizaron una junta improvisada en medio del terror. Las alturas no son buenas amigas para el viento y el edificio temblaba tanto que los propietarios decidieron trasladarse hasta la planta baja donde pasaron buena parte de la noche. Además, las placas de revestimiento literalmente volaron desde los pisos más elevados al suelo.

Algo similar ocurrió en el Hospital Universitario de Canarias, donde las planchas de la torre que da cabida a la helisuperficie desaparecieron de la fachada. El riesgo ante la rotura de cristales obligó a la dirección del centro hospitalario de desalojar las plantas octava, novena y décima y trasladar a los pacientes a otros espacios.

Desolación

La población pasó del miedo nocturno a la más absoluta de las tristezas al amanecer del día siguiente. Con la luz del sol, y aún con la amenaza de la fuerza del viento, tocaba empezar a hacer balance de daños y el panorama se tornó en desastre. La mayor parte de las imágenes quedaron ancladas en la retina y todavía hoy, diez años después, resulta incomprensible que el Delta no se cobrara ninguna vida en la Isla. Los daños fueron y el Cabildo de Tenerife llegó a cifrar las pérdidas en 108 millones de euros.

Invernaderos prácticamente desparecidos y plantaciones perdidas, sobre todo en el Valle de Güímar y en la Isla Baja, provocaron que los agricultores llegaran a plantearse la solicitud del campo como zona catastrófica. Además, fueron objeto de una de las partidas para ayudas programadas de carácter de urgencia por parte del Gobierno de Canarias.

Los puertos también padecieron la fuerza del viento. La mayor parte de las rutas con origen o salida en Tenerife fueron canceladas, sobre todo en el muelle capitalino. En el recito de la ciudad sufrieron daños un total de 150 grandes contenedores y un remolcador se hundió tras ser embestida por el JJ Sister.

Ante la alerta del Gobierno de Canarias y por la probabilidad de la situación del viento se repitiera a lo largo del martes 29 de noviembre de 2005, las clases en los centros escolares quedaron suspendidas, al igual que la Universidad de La Laguna (ULL). Los desperfectos en el caso de los colegios e institutos se repararon con rapidez, salvo en ocho de ellos donde la situación regaló a los alumnos unos días más en casa.
En la ULL, los espacios del Campus de Guajara fueron los más perjudicados, con caída de árboles y planchas, especialmente en los edificios departamentales, que perdieron parte del falso techo de la pasarela exterior.

Apagón

No obstante, entre las consecuencias más relevantes se encuentra la rotura o caída de hasta 30 torres del tendido eléctrico, lo que dejó sin suministro prácticamente a toda la Isla. La electricidad se recuperó enseguida por zonas, pero al ser las torres de Geneto y la central de Caletillas las más afectadas, unos 80.000 vecinos de la vertiente sureste y la zona metropolitana estuvieron varios días a oscuras, salvo reposición intermitente.

Los propios responsables de Unelco, compañía encargada de la distribución energética en 2005, admitieron que el viento es el peor enemigo del tendido. Ante la magnitud de los desperfectos, la empresa destinó el mismo martes a un refuerzo de 110 técnicos, además de diverso material, con la intención de reponer cuanto antes el suministro. Se fue recuperando a escala, siendo la zona metropolitana la última en iluminarse, lo que provocó protestas espontáneas por parte de los vecinos a través de caceroladas.

El viento también afectó al resto de Islas, aunque en menor proporción que el desastre en Tenerife.

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