Alberto admitió que mató a Saray al interrogarlo la Policía como testigo

"Sí, vale, he sido yo", confesó a los agentes de manera espontánea

15.11.2015 | 02:20

El ADN no fue la causa que desencadenó la detención de Alberto Montesdeoca Pérez como presunto autor del asesinato de Saray González García. Tampoco había pruebas directas que lo incriminasen, sino indicios, la sospecha de que ese 27 de octubre mintió para ocultar su fechoría. La Policía Judicial lo citó en la Supercomisaría como testigo para ahondar en las explicaciones dadas el día que encontraron muerta a su vecina y, en un momento de la declaración, no soportó la presión y confesó el crimen de manera sorpresiva, natural, casi espontánea. "Sí, vale, he sido yo", respondió a los agentes, que pararon el interrogatorio y pusieron la situación en conocimiento del juez instructor.

Eso ocurrió el martes de la semana pasada, 14 días después de que Alberto Montesdeoca matase a Saray al golpearla en la cabeza con una herramienta de jardinería, una especie de azada con dos picos, de esas que se utilizan para escarbar la tierra. El joven, que cumple 19 años en febrero, pasó de sospechoso a detenido en cuestión de segundos. Esa noche durmió en los calabazos de la Jefatura Superior de Policía por orden del magistrado Javier García García-Sotoca y, al día siguiente, le tomaron declaración con la asistencia de un abogado de oficio. Fue ahí cuando reveló cómo mató a la universitaria palmera, de 27 años, su vecina.

Mostesdeoca admitió que tenían mala relación porque ésta le recriminaba los gritos que daba cuando jugaba a los videojuegos, una de sus pasiones junto a los cómics tipo manga. Él, a su vez, le reprochaba que pusiera la música demasiado elevada.
Ese día volvieron a discutir por los ruidos. Montesdeoca cogió la herramienta de jardinería, subió a al piso de arriba y agredió a Saray nada más abrirle la puerta. Le asestó más de cuatro golpes en la cabeza , sin mediar palabra, mientras la víctima levantaba los brazos y se protegía de esas embestidas, que le causaron cortes en las manos.

Eso sucedió en la entrada de la vivienda, entre las tres y las cinco de la tarde, que fue cuando la compañera de piso de Saray regresó al domicilio. Montesdeoca, claro, ya había vuelto a su casa. Antes se deshizo del arma homicida. Luego se sentó a esperar los acontecimientos. La compañera de piso le pidió ayuda. Él, muy afectado, llamó a la ambulancia.

En esos primeros momentos engañó al Cuerpo Nacional de Policía y, también a sus padres. Pero el despiste duró sólo un par de días. Tras recabar los testimonios de las personas más cercanas a la víctima, las sospechas se centraron en él por esos problemas de convivencia. Los agentes, incluso, llegaron a buscar el arma homicida en una finca del padre, pero no la encontraron.

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