La dura travesía de un 'hijo de las pateras'

El malí Mamadou Niakate logra su sueño de aprender socorrismo gracias a la ayuda casual de Vivian Machado, una voluntaria de Cruz Roja

13.10.2015 | 12:59
Mamadou Niakate posa para la opinión de tenerife en el Lago Martiánez de Puerto de la Cruz, donde trabaja.

Mientras las noticias sobre los refugiados de Siria empezaban a copar la atención de los medios informativos, Mamadou Niakate estaba preparando las maletas en su cama del centro de Cáritas de Puerto de la Cruz. Sabía perfectamente qué significaba aquella odisea que se repetía por la pequeña pantalla, en las emisoras, en los periódicos... en la Historia. Lo había vivido en sus carnes. Al fin y al cabo, más allá de la nomenclatura oficial, él había sido, como ellos, un desesperado. Unos por unas causas y otros por otras pero unos seres humanos desesperados. A Mamadou, de hecho, le había resultado tan dura la experiencia que incluso hoy, siete años después, todavía tiene heridas en la memoria. Por eso en parte había decidido hacer las maletas. Regresar a su casa. "No tenía hogar, ni trabajo, ni esperanza. Estaba cansado y echaba de menos a mi familia", comenta Mamadou mientras echa una mirada al horizonte con sus ojos color miel hinchados de magua.

Fue a mitad del mes pasado. Mamadou Niakate se había quedado sin trabajo en Tenerife. Fue uno de esos niños de las pateras a los que les hicieron la prueba de la muñeca para comprobar su edad, que se pegaron días y días en medio del océano, apretujados, mareados, orinándose encima, sin saber exactamente a dónde iban. Esos niños que fueron de un centro a otro de menores y que, de repente, un buen día, nada más cumplir los 18, sin hablar todavía bien el español, se quedaron en la calle con una mano delante y otra detrás. Estaba muy agradecido por todo lo que habían hecho por él en la Isla pero eran demasiados volver a empezar, demasiadas idas y venidas sin la menor estabilidad ni calor humano. Había regresado de vacaciones a su tierra y se había dado cuenta de todo lo que necesitaba aquel cariño familiar, los abrazos de sus sobrinos, el olor de su madre? Tenía decidido volver pero se quedaba con varias espinitas clavadas: ser socorrista y trabajar en un crucero. Soñaba con ser lo mismo que los que lo salvaron a él de aquella maldita travesía.

Una juventud intensa

Mamadou había vivido de todo pese a su juventud. Había cargado fardos en los puertos, limpiado casas, cuidado menores, trabajado de peón, heladero, ´niño de los recados´, agricultor... Nació en una humilde aldea a las afueras de Kayes, una ciudad de Malí sobre el río Senegal y capital de la región del mismo nombre. Llevaba miles y miles de kilómetros a sus espaldas, gente que le había acogido, crueldades de todo tipo, bajones, casualidades que lo mantenían vivo. Ya no podía más. Pero cuando más lo tenía decidido, cuando ya prácticamente todo estaba preparado para el regreso, apareció como caída del destino Vivian Machado, una socorrista profesional de La Orotava de 41 años y voluntaria de Cruz Roja. Dos ejemplos de superación que se habían encontrado fortuitamente.

El pasado mes de mayo, Lope Afonso, entonces candidato del PP a la Alcaldía de Puerto de la Cruz en las elecciones municipales, acudió entre las muchas visitas de su estresante agenda electoral a la Casa de Acogida María Blanca de Cáritas Diocesana, el único centro que atiende a las personas sin hogar en el norte de Tenerife. Con Lope Afonso estaba María Lourdes García, en ese momento personal de confianza del Ayuntamiento portuense y militante del Partido Popular. Lo cuenta ella misma: "Estábamos hablando con el gerente del centro cuando se puso a contar la historia de Mamadou. Nos asombró a todos. Se iba sin poder cumplir su sueño de ser socorrista. Yo conocía a Vivian de hacía tiempo y me había dicho que estaba dispuesta a ayudar a personas necesitadas, que si me enteraba de algo que ella pudiera hacer, que la avisara. Encima, ella era socorrista".

María Lourdes llamó a Vivian, le dijo que acababa de conocer a alguien a quien podría ayudar, y le dio el teléfono del centro de Cáritas. Vivian se puso rápidamente en contacto con la casa de acogida y dejó un mensaje para Mamadou. Éste llamó tan pronto como pudo sin saber quién era aquella Vivian y qué quería. Pero ella ya tenía una solución: conseguirle una plaza en los cursos de socorrismo de ASD Integral. Mamadou ya había vivido sorpresas parecidas, de esas cadenas de favores casuales y no tan casuales que salvan tantas vidas, pero no había perdido la capacidad de asombro. "Me dijo que empezaba ese mismo día el curso, así, sin más. Me buscó un gorro y todo para poder tirarme al agua", rememora el joven malí. Fue un curso intensivo de una semana que pagó la propia Vivian. "Pasé de estar fatal a ser feliz porque yo quería ser socorrista. No me lo podía creer. Tuve que deshacer las maletas".

Todo empezó cuando Mamadou Niakate tenía solo 12 años. O por lo menos eso calcula él porque no sabía exactamente cuántos eran. Un amigo de la aldea le comentó que quería viajar, emprender una larga aventura. En su pueblo apenas había salidas salvo sobrevivir en el campo a duras penas. La capital de Mali, Bamako, estaba demasiado lejos, a más de 500 kilómetros, y tampoco prometía prosperidad. Más bien todo lo contrario. Jamás había ido más allá de Kayes. Ignoraba tanto lo que le esperaba que incluso no sabía que había que tener documentación. Su madre no quería que se marchara pero por otro lado sabía que para los jóvenes como Mamadou irse era la única solución si querían una vida mejor. Así es que cogió una sola muda de pantalón y camiseta y se fue con su amigo rumbo a Mauritania. Gracias a la ayuda de algunos chicos que conoció pudo sacar la documentación. Tardó dos días en llegar a Nouadhibou.

En el deambular de un lado a otro por la segunda ciudad más poblada de Mauritania fue conociendo jóvenes de su país y de otros del entorno que como él habían partido para buscarse la vida. Se ayudaban unos a otros en todo. De ahí que pronto consiguiera trabajo limpiando casas. Apenas ganaba, sin embargo, 50 euros al mes. Tuvo que buscarse trabajos extras, hasta cinco, para llegar a los 100, dinero que con mucho esfuerzo le era suficiente hasta para ahorrar. "Trabajaba de sol a sol. El ritmo era infernal. Así estuve alrededor de un año", cuenta.

Volvió a Mali con un aparato de música, ropa, zapatos para los más pequeños de la familia, porque los que tenían estaban llenos de agujeros. "Mi madre lloraba de alegría. No había sabido nada de mí durante aquellos meses". Pero pronto partió otra vez a Mauritania. Tras unos meses, conoció a un compatriota que a su vez había conocido a alguien que le había ofrecido viajar a España. Le contaron que otros habían conseguido empleo y que era una gran oportunidad. Pero también oyó historias sobre el riesgo al que se enfrentaban aquellos muchachos. Ya en ese momento, en 2008, cuando él tenía 16 años, sabía que algunas familias habían perdido muchos miembros en aquella huida a la desesperada.

400 euros por el ´billete´

Al principio no quería pero lo convencieron. Mamadou Niakate pagó 400 euros por el billete en patera. A él le salió más barato gracias a la mediación de un amigo porque otros tuvieron que poner 900. "Nos dividieron en pequeños grupos para despistar a las autoridades. Tampoco es que hubiera mucha vigilancia, de todos modos. Luego nos metieron en un pequeño cuarto, donde había otras 60 personas hacinadas esperando a partir. No se podía respirar. Nos tuvieron así desde las 10 de la mañana hasta horas de la madrugada", relata el malí.

Con un par de kilos de arroz, piezas de carne en mal estado y un par de garrafas de agua, Mamadou y otras 60 personas se metieron en la débil embarcación. Era la primera vez que veía el mar. Su estancia en Mauritania había sido tan ajetreada que no le había quedado tiempo.
Nunca pensó que fuera tan inmenso. Como tampoco el sufrimiento que se le venía encima. Fueron tres días sin poderse levantar, aplastado por el resto de los pasajeros, entre olas. Pronto se quedaron, encima, sin comida ni agua. "Y lo peor era que no sabía a dónde iba aquella patera que amenazaba con llenarse de agua de la cantidad de gente que iba, ni cuánto iba a tardar. Pensé que me moría. Llego a saber que aquel viaje iba a ser así y no me habría subido ni loco".

Al tercer día vieron el Teide. Mamadou pensaba que en un momento estarían en tierra pero todavía les quedaban 10 horas. Después vieron un avión y ondearon las camisetas apelmazadas por la humedad. Y entonces apareció la embarcación de Salvamento Marítimo, que los remolcó al Puerto de Los Cristianos. Fue tal el alivio que desde ese mismo instante en que vio el anaranjado chillón del barco de rescate quiso ser como ellos: socorrista. "Yo pensé que estábamos en la España continental no en unas Islas. No sabía que existía Canarias. Había gente sacando fotos, otros atendiéndonos. De lo cansado que estaba no tenía fuerzas ni para reflexionar sobre lo que estaba pasando. Lo primero que me dieron fue una manzanilla. Pero yo lo que quería era comer...", recuerda Mamadou.

"Fila". Esa fue la primera palabra que aprendió del español. La repetían los policías que los recogieron en Los Cristianos y los llevaron a la comisaría. "En fila, en fila...". Y "14" fue su primera identificación en Tenerife, el nombre que le pusieron en la ficha por su edad. Tras separarlos de los adultos, los llevaron al centro de menores de La Esperanza. Recuerda que eran varios niños, casi una decena. Ahí empezó el peregrinar de un centro social a otro de Tenerife: La Esperanza, Tegueste, Icod de los Vinos, otra vez Tegueste... Les daban apoyo, un techo, clases –sobre todo de español– y a él le ayudaron a contactar con su familia para que le mandaran un pasaporte. Sin él, no tenía nada que hacer cuando pasara de los 18.

Cual fue su sorpresa cuando se percató de que el pasaporte que le habían enviado de Mali ponía que tenía 17 años, en vez de 14, asegura. "Ya no podía hacer nada porque bastante me había costado conseguirlo. Pero lo peor es que me quedaba sin poder ir al instituto de repente", precisa. De golpe, a los pocos meses, cuando pensó que podía seguir formándose, se vio en la calle al cumplir oficialmente los 18. No le quedó otro remedio que refugiarse en el albergue para personas sin hogar de Santa Cruz, donde asegura que lo trataron "muy bien".

Para pasar el tiempo, mientras esperaba poder conseguir un trabajo, Mamadou Niakate acudía al TEA y al Parque de La Granja. En este último espacio se topó un buen día con un valenciano que le invitó a jugar a baloncesto al verlo aburrido. Su vida iba a dar otro giro sorprendente. El peninsular le invitó luego a tomar un cortado y le preguntó que dónde vivía. Mamadou mintió y le dijo que estaba en un centro de menores. Entonces le ofreció trabajo en Mercatenerife para descargar contenedores.

Su primera paga fue de 50 euros, que no estaba nada mal teniendo en cuenta que no tenía ni un céntimo. Era su primer sueldo en España. Además, el valenciano le regaló un teléfono móvil, lo que supuso un salto muy importante. El viento soplaba por fin a favor.

El giro del Parque La Granja

Pero iban a venir más giros en los siguientes meses. Un día se dejó los documentos en la Casa de la Cultura del Parque de La Granja, a donde acudía, como al TEA, a navegar por internet. Leonor, una mujer que trabajaba allí, se había percatado del extravío. Casualidades de la vida, Leonor estaba casado con un hombre de Mali. Conoció a Mamadou y le invitó a su casa para que conociera a su esposo. Y sin apenas pasar mucho tiempo, la familia lo invitó a quedarse en su casa. "Me hicieron un contrato por cuidar a sus hijos. Los llevaba al colegio y la piscina. Se portaron muy bien".

A continuación se fue a una finca, donde lo contrataron para trabajar en todo lo que surgiera. Pasó a vivir en la misma finca, sin agua ni luz, y a cobrar 200 euros por 10 horas diarios de dura labor. Al mes lo dejó y volvió a casa de Leonor, para luego pasar a la Casa de Acogida María Blanca de Cáritas Diocesana, donde había unos cuidadores que había conocido durante su periplo por los centros de menores.

Sin estudios pero con papeles, estaba condenado a trabajar en lo que saliera, fuera lo que fuera. Lo llamaron de una heladería en Toscal Longuera, Los Realejos, un lugar que no conocía. Lo eligieron a él pese a no tener ni idea de cómo se hacía un helado. Le enseñaron y empezó verdaderamente a disfrutar. "Los niños que venían me querían especialmente. Iba todo de blanco. Me contrataron por nueve meses pero, cuando acabó el periodo, me quedé en paro". El malí pensaba irse a Francia pero los dueños de la heladería lo volvieron a llamar y se quedó. Su destino estaba atado a Tenerife.

Pasó dos años trabajando en Los Realejos pero todo acabó por diferentes razones que Mamadou asegura que "no vienen al caso". Fue en ese momento cuando le entró nostalgia de su país. Compró los billetes, empaquetó los regalos y se fue para Mali a pasar un mes. "Todo había cambiado tanto que no sabía ni dónde estaba mi casa. Mi madre se llevó un alegrón tremendo. Apenas había contactado con ellos. Mis sobrinos me trataban como si fuera un padre para ellos. Fueron días muy felices. Me costó volver pero no me quedaba otro remedio", comenta.

Trabajos pasajeros

Trabajó para el Cabildo durante seis meses en un programa de empleo para parados y logró otra vez plaza en la casa de acogida de Puerto de la Cruz. Ahí entró en juego la socorrista Vivian, una especie de hada madrina para él.

Vivian también había experimentado en sus carnes la crudeza de la vida. En eso se parecía a Mamadou. Tuvo una juventud complicada, hasta el punto de admitir que se enganchó a la cocaína y al alcohol. Y si Mamadou había pasado de salvado a salvador en el mar, gracias al curso que le consiguió esta orotavense, ella antes había pasado de estar cerca de la muerte a salvar vidas como socorrista profesional.

El joven africano trabaja ahora en el complejo del Lago Martiánez de Puerto de la Cruz. Recoge las hamacas y hace todo lo que le mandan pero su ilusión es encontrar un empleo como socorrista. El Ayuntamiento portuense, en el que Lope Afonso se ha convertido en alcalde y María Lourdes García, aquella que ayudó a Mamadou, en su secretaria, está intentando que su aspiración se haga realidad. María Lourdes asegura, de todos modos, que los responsables del Lago están "encantados" con él.

Vivian se mantiene en contacto con él. Es voluntaria de Cruz Roja y sigue echando una mano en todo lo que puede. Sabe que la solidaridad puede dar un vuelco a una existencia traumática como le pasó a ella.

¿Y Mamadou? Sigue trabajando como el que más en el Lago, con la ilusión del primer día. Además, se ha hecho todo un atleta y llega a correr hasta 10 kilómetros al día. No ha dejado de añorar a su familia, sobre todo a sus sobrinos, pero espera regresar algún día a Mali con la suya propia. "Ahora a ver si consigo una mujer con la que emprender un camino", concluye entre suspiros.

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