Antonio López Ortega
Escritor venezolano

´La literatura es la apuesta más evolucionada para vencer a la muerte´

"Sigo la receta de los escritores franceses surrealistas de escribir temprano y en ayunas, que es cuando la mente está más fresca"

09.06.2014 | 23:46
´La literatura es la apuesta más evolucionada para vencer a la muerte´
´La literatura es la apuesta más evolucionada para vencer a la muerte´

El escritor venezolano Antonio López Ortega presenta esta tarde a las 19:00 horas en la MAC Mutua de Accidentes de Canarias su último libro, La sombra inmóvil, que edita Pretextos en España. Este periodista que vive en la isla de Margarita, pasará la mañana en la Facultad de Filología para una lectura de narrativa corta a las 12:00 horas. La sombra inmóvil recoge 14 relatos que le hicieron valerse la distinción del periódico El Universal de mejor libro de cuentos del año pasado.

–¿Cuál es el principal aporte de La sombra inmóvil?

–Me da un poco de miedo hablar de aporte. Mis primeros cinco libros son sobre narrativa breve, una primera etapa en la que me distinguí durante mucho tiempo como escritor de relato corto. A partir de 1998 publiqué tres libros de corrido, uno detrás de otro, que cambió el esquema inicial a relato largo. El primero, Fractura y otros relatos, Indio desnudo –un árbol muy conocido en Venezuela– y este es el tercero. Así que pienso que este libro viene a completar una trilogía de libros de cuentos de esta segunda etapa mía. Los relatos de los tres libros se parecen bastante porque son de larga extensión. Estoy muy contento con La sombra inmóvil. En los 14 relatos toco un ámbito que tiene que ver con la Venezuela contemporánea, pero en ficción. Son situaciones de vida que se pueden dar en el país de hoy. Como el cuento Sangre de Nicolás, que habla de la situación de estudiantes venezolanos que viven en Estados Unidos y un accidente de coche les cambia las relaciones entre ellos. Las situaciones en las que uno no está en su ambiente natural sino en otro país, otro contexto, me interesan mucho. Este libro puede aproximar a un lector internacional a ver una realidad venezolana ficcionada.

–Aunque son relatos de ficción, ¿se basan en experiencias propias?

–A mí me gusta hablar de algo que llamo autoficción: Sin duda a veces tomo elementos biográficos para meterlos en el relato y combinarlos y hacer el resultados que estoy esperando.

–¿Cree que existe esperanza para Venezuela?

–Yo pienso que sí, y te lo digo desde una perspectiva estrictamente cultural, sin entrar en la parte política. Si uno analiza la historia de Venezuela, como la de otros país, hay altos y bajos. Ver estos últimos años de degradación y de regresión, en comparación a los de prosperidad que viví de niño, es muy duro. Creo que el país ha caído en algo innecesario, pero la historia es la historia. Creo que el país tiene todos los elementos para entrar en otro ciclo y es la sensación que yo tengo. Venezuela ha vivido una especie de tormenta con muchas víctimas y ahora necesita entrar en un nuevo ciclo de vida mucho más moderno e interesante, aprovechando sus potencialidades y encarando una deuda social que sigue pesando mucho. Creo que hay maneras y recursos para hacer el cambio. Y esto se está debatiendo ahora y creo que estamos entrando en una transición. Hay dos cosas que ahora sabemos con mucha claridad: Que no hay Chavismo sin Chávez y que su éxito, entre comillas, se debió a una chequera petrolera que corresponde a la economía venezolana.

–¿La inspiración le llega o tiene un ritual para buscarla?

–Más bien un ritual. Soy un autor que escribe de mañana, lo más temprano posible. Sigo mucho una receta de los escritores franceses surrealistas que decían que había que escribir muy temprano en la mañana, apenas uno se despierta, en ayunas, y de manera corrida. Ellos decían, y no les falta razón, que en ese momento era cuando la mente estaba más fresca, más despejada y más cerca del sueño, que aún lo tiene revoloteando. Para mí es el mejor momento de la mente. Tengo una rutina: A la hora que me despierte –y eso varía mucho, de 4 a 5 de la mañana– inmediatamente voy mi estudio. Puedo estar de corrido escribiendo 4 ó 5 horas, hasta que el cuerpo aguante. He leído fragmentos de La sombra inmóvil que no recuerdo de haberlos escrito. Son cosas que se dan y que yo celebro.

–En estos tiempos tan rápidos, ¿dónde queda la literatura?

–Por un lado, los medios electrónicos han sido maravillosos para crear nuevas ventanas y tribunas. Así, toda esa problemática de comunicación es automática y los escritores se han convertido en editores de sí mismos. Por ese lado esta bien porque hay muchas posibilidades pero lo que hay ver del otro lado es que no todo lo que sale es bueno. Hay que diferenciar entre buena y mala literatura. Esto ocurre a la par que el libro vive un reto importante: Resistir a esta presión de los medios electrónicos. Pero fíjate que cuando surgió la televisión todo el mundo vaticinó la muerte de la radio y no fue así, se recolocó. Ni el ascenso de los medios digitales es tan rápido como pensábamos ni la muy vaticinada muerte del libro como lo concomes está aquí a vuelta de la esquina, no. Los procesos son más complejos y lentos. Creo que todo libro de soporte informativo (diccionario, enciclopedia) va a ser mucho más fácil consultarlo en una plataforma digital pero me cuesta pensar que un libro de poemas lo vamos a leer en una pantalla. Creo que el libro palpable es más afín a la literatura. Creo que podemos vivir felices con estos dos canales.

–¿Por qué es importante que se mantenga la literatura en la vida de la gente?

–Porque la literatura, como el gran arte, es, sin duda, la apuesta más evolucionada que la humanidad ha hecho para vencer la muerte, para vencer el límite de la condición humana, que es la desaparición. Estamos sentados en este café y podemos leer un soneto de Quevedo de hace 400 años y sentir que, de alguna manera, está vivo. La literatura tiene esa condición extraordinaria de hacernos creer que la muerte no es un límite. El arte es una herramienta que vence los límites físicos y eso hace que nosotros no podamos olvidarnos de lo que es, quizás, nuestra máxima creación como género.

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